La prueba de Cenicienta

Tenemos millones de receptores que detectan el más mínimo estímulo en cualquier punto del cuerpo y envían señales al cerebro, donde una especie de mapa sensorial se ilumina según el punto de origen para que otras estructuras cerebrales decidan cómo reaccionar

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

¿A quién le doy tantas caricias

que sobraron, aquellas que olvidé

ponerte sobre el pecho?

Carilda Oliver Labra

El tacto es un aspecto esencial del erotismo. Parece obvio, pero mucha gente lo olvida en el momento de la verdad y termina perdiendo oportunidades por no saber usar sus manos y pies con habilidad e imaginación.

Al decir del doctor Daniel G. Amen, neuropsiquiatra norteamericano, cuando nos tocan cariñosamente aumenta la dosis de oxitocina que recibe el cerebro y, por ende, el nivel de confianza, confort y deseos de intimar.

Pero los resultados dependen en gran medida de cómo y dónde se inicia la caricia. No es buen amante quien va directo a los genitales, que deberían ser de lo último en ese abordaje sensitivo.

Tanto en hombres como en mujeres es mejor rozar primero ciertas áreas que actúan como interruptores de la libido. Algunas son muy conocidas, como el dorso del cuello, el pabellón de la oreja, la zona baja de la espalda o la palma de las manos, pero cada quien tiene su propia zona mágica, descubierta en experiencias que pueden remontarse incluso a las inocentes caricias de la infancia. De ahí ese efecto relajante que te prepara para nuevas oleadas de arrumacos.

Es magnífico cuando la pareja encuentra esos puntos erógenos, pero si no lo logra no hay nada malo en darle algunas pistas o simplemente conducir sus manos con picardía. Lo que no tiene sentido es perderse un toque placentero por falta de destreza o suspicacia afectiva.

Tenemos millones de receptores que detectan el más mínimo estímulo en cualquier punto del cuerpo y envían señales al cerebro, donde una especie de mapa sensorial se ilumina según el punto de origen para que otras estructuras cerebrales decidan cómo reaccionar.

Esas fibras están en toda la piel y órganos internos, pero el modo en que se agrupan no es uniforme y la localización de su reflejo en la corteza somatosensorial es bastante curiosa. Un ser humano, cuyo cuerpo resultara proporcional a esa distribución, tendría la simpática figura que ilustra esta página, modelo que en mundo de la medicina es conocido como el homúnculo de Penfield, en honor al neurocirujano que descubrió este fenómeno a mediados del siglo XX.

Por ejemplo, las yemas de los dedos tienen una de las mayores densidades de receptores nerviosos: cerca de 2 500 por centímetro cuadrado. Por eso es tan delicioso pasarlos suavemente por cualquier superficie agradable, y si se trata del rostro, los brazos o la espalda de la persona que te gusta, ¡mucho mejor!

¿Masaje o fetiche?

Los labios, dientes, manos y lengua tienen mucho más fibras sensoriales que los pies, pero el resultado de lo que estos sienten se ubica justo al lado de la información que proviene de los genitales externos, así que un buen masaje o una sesión de pedicura en pareja resultan maneras ingeniosas de estimular el clítoris o el glande y «relajarlos» tras un día agotador, hasta provocarles  deseos de más…, sin despreciar el efecto antiestrés y analgésico de estas caricias, bien comprobado científicamente.

Esta reacción responde a un fenómeno descrito por el citado neurólogo en su libro Sexo en el cerebro: las áreas vecinas a nivel sensorial «dialogan» mejor que otras cercanas anatómicamente, pero distantes en su reflejo en el cerebro, como la cintura y los órganos intrabdominales.

Por eso es tan común el fetichismo u obsesión erótica con los pies, zapatos y artículos asociados a esos órganos, recurso explotado ventajosamente por los canales de moda y productoras de audiovisuales desde hace décadas.

Mientras más estilizado, bonito y confortable sea el calzado que portas, más posibilidades hay de que te sientas a tono para el sexo y proyectes a gusto tu sensualidad.

La buena noticia es que el estímulo funciona, aunque solo estés probándote el zapato, sin adquirirlo de verdad… Pero también funciona al revés: si eliges unos apretados o de horma incómoda para estar a la moda, no podrás esconder el rictus de sufrimiento que aparecerá en tu rostro en poco tiempo (¡ni las hermanas de Cenicienta lo lograron!).

Cuando el martirio se prolonga muchas horas, esa irritación la sentirán irremediablemente otras partes que, por lo general, prefieren ser tratadas con ternura, no abusadas, así sea indirectamente por vanidad o falta de sentido común.

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