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El bandolero sentimental

Fue, se dice, un bandolero sentimental y algunos lo comparan con Manuel García, «el rey de los campos de Cuba». Gozó de simpatía en los sectores populares y la leyenda lo convirtió en héroe. Jamás manchó sus manos de sangre y tuvo un sentido rudimentario de la justicia social: lo que robaba a los ricos lo repartía entre los pobres con la generosidad de un millonario loco. Pablo de la Torriente Brau, que lo conoció en el Castillo del Príncipe, recordaba a la distancia de los años a Ramón Arroyo Suárez como un hombre bajito al lado suyo, muy blanco y limpio, grueso, parlanchín, rodeado de dos o tres como si dentro de la misma prisión siguiera siendo capitán de banda y satisfecho de sí mismo y de su nombre. «Al penetrar los visitantes al patio, cuando aún no habíamos preguntado por él, varios presos se nos acercaron para preguntarnos si queríamos conocer a Arroyito. Sin duda ya era costumbre… y yo era demasiado joven entonces para no sentir la tentación de su fama y la leyenda que lo rodeaba, por eso me pasé todo el tiempo hablando con él…».

Sus «hazañas» pasaron a la décima y a la música («Ay, Pancontibiri, ay Pancontibiri, Arroyito a Cañizo secuestró…») y a juicio de Pablo, la relación de sus plagios, fugas y desprendimientos pudo haberse compilado en cuadernos como los de Dick Turpin y Buffalo Bill. Enrique Díaz Quesada, uno de los pioneros del cine nacional, filmó en 1922 la película Arroyito o El bandolero sentimental. El bandido la vio, no le gustó y remitió una carta de protesta a los periódicos en la que decía, entre otras cosas, que la cinta «no se ajustaba a la verdad histórica». Pablo concluye: «Si Castells llega a ser yanqui, en vez de matarlo le hubiera sacado dinero».

Pero el capitán Pedro Abraham Castells Varela, supervisor del Presido Modelo de la Isla de Pinos, ordenó su asesinato. Trasladado desde el Castillo del Príncipe, Arroyito ni siquiera llegó a conocer la cárcel pinera. Le aplicaron la ley de fuga en el camino en virtud del artículo 10 de la Ley Militar. Para dar visos de realidad a la supuesta evasión lo mantuvieron en la noche, esposado con otro recluso, a merced de la plaga de jejenes y mosquitos, y lo ultimaron a balazos en la madrugada, al igual que a su compañero. El preso al que se le encomendó recoger y enterrar los cadáveres diría que Arroyito tenía la cara tan desfigurada por las picaduras que apenas podía reconocérsele.

Seis muertos, los mismos que conformaban aquella «cordillera» de presos, fue el saldo de la trágica jornada del 28 de septiembre de 1928.

Informe oficial

En el informe oficial que rindió sobre los hechos, el capitán Castell dice que en el lugar conocido como playa de Columpo, donde existen matorrales espesos, y al amparo de la noche, los reclusos, a la voz de Arroyito que los conminó a hacerlo, corrieron hacia la manigua y que los soldados que los escoltaban, con antecedentes de la propensión a la fuga de dichos sujetos, para evitarla, hicieron uso de sus armas y resultaron muertos los pensados Julio E. Pintado, «Güelelea», Julio Ramírez, Andrés Calderón «el Mexicano», y José Ramos «el Moro», mientras que Arroyito y Luis Díaz, «Cundingo», lograron internarse en el monte.

Añade que, enterado del suceso, ordenó la captura de los dos evadidos y que la tropa que los persiguió, imposibilitada de darles alcance, se emboscó en lugares convenientes al suponer que los prófugos habían penetrado en la Sierra de Caballos. A la mañana siguiente dos soldados los divisaron en un claro del bosque. Les dieron el alto, pero ellos emprendieron una veloz carrera para ganar de nuevo la espesura. «Entonces —escribe Castells— se dio la orden de hacer fuego».

El recuento de los hechos que hace el superintendente del Presidio Modelo al presidente Gerardo Machado es falso de principio a fin. Tres de los seis reclusos tenían expediente por buena conducta y solo «Güelelea» y Ramírez, que era de la banda de Arroyito, y más valiente —se dice— que su jefe, habían protagonizado, aparte del cabecilla, fugas con anterioridad. Lo cierto es que la suerte del bandolero sentimental y por extensión de sus cinco compañeros de «cordillera» estaba echada de antemano.

Al margen

Un hecho fortuito lo empujó a ponerse fuera de la ley y al margen de la sociedad. En su automóvil hacía Arroyito frecuentes viajes entre la ciudad de Matanzas y el poblado de Ceiba Mocha. Un día recibió un recado de la madre: su hermana se moría, y voló por la carretera desesperado con la idea de no encontrarla viva.

Apunta Torriente Brau: «En esas circunstancias, sin que los frenos ni su pericia lo pudieran impedir, el carro arroyó a un niño que, imprudentemente, quiso atravesar el camino. Arroyito lo recogió y volvió hacia Matanzas con un doble pesar. El niño murió y el abogado le dijo a Ramón Arroyo que iría a la cárcel de todas maneras, y este, desconocedor de la justicia legal, se rebeló, manifestando que no podía ir a la cárcel por culpa de la casualidad. Y se puso en rebeldía comenzando su carrera de secuestros y fugas, arreglándoselas de tal manera que… siempre estuvo en la primera plana de los periódicos».

A partir de ahí, dice Pablo, contar las peripecias de Arroyito sería inútil porque todos conocen la leyenda, «que es la verdadera historia de los hombres capaces de originar leyendas».

Verídica historia

Tras la caída de Machado (1933), mientras acometía la investigación para su libro Presidio Modelo —una de las cimas del gran periodismo cubano de todos los tiempos— Torriente Brau pudo reconstruir la historia verídica de la muerte de Ramón Arroyo.

Los reclusos salieron del Príncipe amarrados por parejas. La escolta que los custodiaría hasta Surgidero de Batabanó, donde abordarían el cañonero 24 de Febrero de la Marina de Guerra, que los llevaría a Isla de Pinos, sostuvo una entrevista con Castells en su casa de El Vedado. En el camino a Batabanó, el camión que los conducía prestó auxilio a un carro de leche que había sido empujado a la cuneta por un automóvil. El chofer de este vehículo preguntó al del camión sobre los presos que trasladaba, a lo que respondió el aludido que de la «cordillera» solo conocía a Ramírez y a Arroyito. Ante la sorpresa del otro, explicó que iban dos guardias por cada penado y un sargento al frente del grupo, sin contar que los llevaban esposados. Precisó: Creo que no llegan al Presidio.

El cañonero arribó al muelle de la playa de Columpo a las cuatro de la tarde y el capitán de la nave se cansó de llamar al penal. Pero nadie acudió a recoger a los presos hasta bien entrada la noche. No se había alejado aún el barco del muelle cuando cuatro de aquellos hombres, esposados todavía, eran abatidos por tiradores expertos. A Arroyito y a Cundingo le esperaba una muerte horrible pues si los otros perdieron la vida súbitamente, ellos supieron cuál sería su destino y debieron aguardarlo bajo el acoso desesperante de mosquitos y jejenes. Vanos resultaron sus intentos de provocar a los asesinos para que les precipitasen la muerte.

En la versión oficial se aseveraba que Arroyito cayó a ocho kilómetros del Presidio, y Cundingo, a cuatro. Sin embargo, el preso que recibió el encargo de recoger los cadáveres y conducirlos al cementerio encontró los seis cuerpos juntos en el sitio conocido por El Guanal, entre la Avenida Zayas Bazán y la carretera del muelle. Solo les quitaron las esposas en el momento de colocarlos en los ataúdes.

Escribe Pablo: «Mas la versión oficial no debe interesar demasiado en la búsqueda de la verdad… La que nos debe interesar es la popular, la de los presos, la que llegó hasta ellos por filtración, por las mismas imprudencias jactanciosas de los soldados asesinos, cuando alardeaban de su hazaña para aterrar a los castigados con el ejemplo infligido a los que (como Arroyito) tanta fama tenía entre los reclusos».

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