Lecturas
En un comienzo, en su tramo primitivo, aquel que se extiende entre La Punta y el monumento a Antonio Maceo, el Malecón recibió el nombre de Avenida del Golfo. Después a ese tramo se le llamó, sucesivamente, Avenida de la República, Avenida del general Antonio Maceo y Avenida de Antonio Maceo. Eran los tiempos en que esa vía, la más cosmopolitas de la urbe, terminaba justamente donde se encuentra la estatua del prócer. A partir de 1936 se fue extendiendo hasta la desembocadura del Almendares y los nuevos tramos recibieron los nombres de Avenida de Washington, Avenida Pi y Margall y Avenida Aguilera.
No hay quien los identifique así, si es que aún tienen esos nombres, y todos, los habaneros y los que no lo son, aluden a esa vía por el nombre genérico y popular de Malecón. Así ha sido siempre y así será.
Esta es, a grandes trancos, su historia.
El Malecón comenzó a construirse el 6 de mayo de 1901, en tiempos de la primera intervención militar norteamericana. Al cesar esta e instaurarse la República, el 20 de mayo de 1902, la vía llegaba a la esquina con la calle Crespo. Esto es, había recorrido un tramo de 500 metros. A causa de la irregularidad de los arrecifes, los cimientos del muro presentaron muchas dificultades en ese primer tramo, precisaba Juan de las Cuevas, historiador de la Construcción. El proyecto norteamericano contemplaba la colocación de árboles y farolas en el muro, pero la idea fue desechada al llegar la temporada invernal y entrar los primeros nortes.
La obra continuó su curso. En 1909 llegaba a Belascoaín, donde abrió sus puertas el café Vista Alegre. Siete años después se extendía hasta el torreón de San Lázaro, para lo que se impuso rellenar la caleta del mismo nombre —frente al actual Hospital Hermanos Ameijeiras— que tenía 93 metros de ancho en la boca y 5,5 metros de profundidad. El huracán de 9 de septiembre de 1919 —el llamado ciclón del Valvanera— afectó grandemente ese tramo: le arrancó trozos inmensos de hormigón y los adentró en la ciudad. A partir de 1921 la obra avanzó hacia la Avenida 23, pero habría que esperar un par de años más para que se reconstruyera el tramo de la caleta.
La obra, al pasar frente al promontorio de la batería de Santa Clara —Hotel Nacional— hasta la calle O, exigía separar el muro unos 30 metros del litoral y rellenar un área de más de 100 000 metros cuadrados con vistas a la construcción del monumento al acorazado Maine, embarcación que explotara en el puerto habanero en febrero de 1898 y que fue el preludio de la guerra entre EE. UU. y España.
Los estudios para prolongar el Malecón hasta la desembocadura del Almendares datan de 1914. Extenderlo hacia el sur, desee el Castillo de La Punta hasta la Capitanía del Puerto, fue una idea que surgió en 1921. Esta avenida se uniría con el tramo del Malecón ya construido y daría un fácil acceso al puerto desde El Vedado. El proyecto comprendía ganarle 111 000 metros cuadrados al mar, gran parte de los cuales se destinarían a parques y soluciones viales.
Las obras del muro, sin el relleno, las obtuvo en subasta la firma de contratistas de Arellano y Mendoza a un costo de 2 101 000 pesos y se calcula que el costo del relleno fue de otro millón. Para acometer la obra se colocaron a lo largo de toda la línea donde se construiría el muro dos hileras de tablestacas de hormigón armado; también se hincaron pilotes en profusión cada 2,5 metros. Sobre las tablestacas y los pilotes se corrieron arquitrabes de hormigón armado.
El muro se realizó a base de unos grandes bloques huecos de hormigón armado, prefabricados en una planta que para ello construyeron los contratistas en la Ensenada de Guasabacoa. Esos bloques, aunque de dimensiones variables, tenían como promedio cinco por cuatro metros de área y dos metros de altura, descansaban sobre un fondo preparado con una base de hormigón y se rellenaban después también con hormigón, dejando fuera las cabillas que se empataban con todo el muro fundido a lo largo de la línea de los bloques.
Precisaba Juan de las Cuevas que en ese tramo se gastaron 17 000 toneladas de cemento Portland, 22 000 metros cúbicos de arena, 45 000 metros cúbicos de piedra picada, 35 000 metros cúbicos de rajón, 4 200 toneladas de barras de acero, 295 toneladas de vigas de acero y un millón de pies de madera.
La obra comenzó en marzo de 1926 y se terminó en 1929. Para hacerla posible hubo, en un comienzo, que demoler la glorieta de Prado y Malecón, frente a La Punta, donde la Banda Municipal de Conciertos amenizaba las retretas. Obstaculizaba el tráfico hacia el puerto. Esa glorieta, decía el arquitecto Bay Sevilla, fue la primera obra de hormigón armado, esto es, con cabillas, que se realizó en Cuba.
En tiempos de Machado, su ministro de Obras Públicas, Carlos Miguel de Céspedes, extendió el Malecón hasta la calle G. Precisamente en G y Malecón quería Céspedes, en un acto de adulonería insuperable, erigir un monumento a Machado, pero el dictador fue derrocado y quedó sin monumento.
Otro dictador, Fulgencio Batista, alrededor de 1955, adelantó el Malecón hasta la Avenida Paseo, pero allí se le interpuso el Palacio de Convenciones y Deportes, situado donde desde 1978 donde se encuentra la Fuente de la Juventud, frente al hotel Habana Rivera.
Desde 1950 se hablaba de prolongar el Malecón hasta el nivel de la calle 12, en El Vedado, para, a través de un puente colgante, enlazar con la Avenida Primera de Miramar, cerca de donde en 1955 se construyó el hotel Rosita de Hornedo, hoy hotel Sierra Maestra.
En esa época, al oeste del Palacio de los Deportes no se había trazado el Malecón ni existían viviendas ni otras edificaciones de importancia. Pero la construcción del túnel de Calzada, bajo el río Almendares, en 1958, determinó que el Malecón enlazara con esa vía subterránea que terminaría uniéndolo, ya en 1959, con la Quinta Avenida.
No se concibe La Habana sin la Rampa, la escalinata universitaria, la Plaza de la Revolución ni la heladería Coppelia. Tampoco se concibe sin su Malecón. Son algo más de siete kilómetros de muro, de los que se adueñan enamorados y pecadores. Desde hace más de cien años, cuando empezó a trazarse el Malecón, el habanero lo hizo lugar de preferencia para el paseo. Y parejas de enamorados, acunadas por la brisa marina, acudieron en busca de intimidad; una intimidad que consiguen inexplicablemente, aunque casi a su lado se hallen sentadas otras parejas con idéntico propósito.
Eso ocurre sobre todo por las noches. De día, el Malecón es de los pescadores. Los de aquí son, como todos los pescadores del mundo, gente callada, de paciencia infinita, de una constancia y un optimismo dignos de mejor causa y exagerados a más no poder cuando aluden a su ocupación. Aunque las aguas de la zona no están exentas de contaminación, se mantienen habitables para numerosas especies gracias al movimiento incesante de las corrientes mar afuera; la famosa corriente del Golfo, y, pegada a la tierra, la contracorriente costera, que marineros españoles, llamaron en el pasado la reversa de La Habana… Llegan con sus avíos, los despliegan y ¡a pescar! Aunque a veces nada pesquen o cobre solo una pobre captura tras muchas horas de faena bajo un sol de justicia que deja caer barretas encendidas sobre sus cabezas.
No importa. Nada los desanima. Son toda una estirpe. Tienen linaje y nobleza. Son los pescadores del Malecón y volverán al dia siguiente para más de lo mismo.
Lo curioso es que a la mayoría de ellos no los alienta el interés material. Solo el gusto de hacer lo que hacen para después de comentar con otros pescadores que en ese mismo Malecón de siempre consiguieron atrapar el peje más grande del mundo, que solo existió en su imaginación y en su deseo.