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Carlos Manuel de Céspedes escribió con sangre su última enseñanza

¿Qué importaba que la ingratitud, la cobardía o la traición llevaran a su San Lorenzo, en 1874, hace 135 años, al enemigo armado? Su corazón inmenso sangró hasta vaciarse por Cuba Documental Céspedes, el Iniciador, hoy en la Mesa Redonda

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Juventud Rebelde

Sobre los hombres más grandes de nuestra historia, aunque se piense lo contrario, aún quedan muchas cosas por dar a conocer, sobre todo a las nuevas generaciones.

Un día como este fue prácticamente asesinado Carlos Manuel de Céspedes, en un paraje sin santos a la vista, a no ser él mismo, llamado San Lorenzo, cuyo nombre aparece seguramente en los libros de historia de nuestros estudiantes.

Pero se ignora todavía que el Padre de la Patria, antes de serlo, fue un irreductible e impenitente patriota, armado, más que con el machete, plomo y pólvora, con el coraje de su espíritu.

Si nos ponemos a observar desde el «telescopio» con que es preciso mirar la historiografía cubana, veremos a lo lejos, allá en el fondo de los tiempos de nuestra lucha independentista, algo como si fuera un sol que nace a la libertad, y las cadenas rotas de la esclavitud entre las manos de Carlos Manuel de Céspedes.

Los hombres que lo vieron como Presidente de la República de Cuba en Armas, aseguraron, cada uno a su manera, que Céspedes retó al poder de España con un puñado de amigos y vecinos, sin armas ni pertrechos, sin contar apenas con el país, sin saber qué ocurriría 24 horas después de lo que a primera vista parecía una soberana locura.

El Generalísimo lo llamó «hombre del 68» y con esa simple frase quiso hablar del gesto heroico y trascendente de aquellos varones como Céspedes, que todo lo dieron al holocausto de una empresa que a muchos pareció una loca aventura.

De ese modo el General en Jefe del Ejército Libertador de Cuba hablaba de aquel hombre que resumía en su persona sencilla un pasado legendario que se agigantaba en el recuerdo y en el tiempo con la gratitud de un pueblo entero.

A los que conocemos todo el sacrificio de los peleadores de 1868 a través de narraciones más o menos fidedignas, nos parecerá que la fantasía y la leyenda aumentaron y embellecieron aquella etapa de la revolución de Yara.

Los cubanos de aquellos combates eran nobles personas que tuvieron también sus humanas presiones, yerros y prejuicios, pero que siempre, por sobre todo, se sintieron guiados por la pasión del patriotismo, cuyo ejemplo supremo nos queda en páginas indelebles que han llegado a las conciencias.

Lo que llegó a hacer el hombre que hoy rememoramos, en una etapa el Presidente cubano de la primera guerra, después abandonado y sin las escoltas que merecía en la comarca montañosa adonde había ido a parar, debe ser como un resorte impulsor.

Había señalado el camino a los que necesitaban decoro para vivir. En su época precisa, hombres había de corazón y de ideales, pero faltaba el genio, el carácter decidido que, rompiendo prejuicios y temores, se echara «pueblo a los hombros» para llevarlo hacia la luz y echarlo a andar.

Los acontecimientos o el destino inevitable, iban a decir quién era el guía... un oriental, Carlos Manuel de Céspedes, tendría el arresto que a muchos faltaba. En la región montañosa del este del país, donde los montes son más altos, bullía el volcán ya próximo a estallar.

¿Qué sucedía entonces en Oriente? En una junta celebrada en el lugar llamado «Rompe» —simbólico nombre— Céspedes propone levantarse enseguida contra España. El primero de septiembre, en la finca Muñoz, acuerdan esperar hasta el fin de la zafra, atendiendo a consideraciones de conveniencia económica y revolucionaria.

El Apóstol, al analizar la razón de un levantamiento guerrero, expresaría: «¿Que un alzamiento es como un encaje que se borda a la luz hasta que no queda una hebra suelta? Si no los arrastramos, jamás se determinarán».

No estaba Carlos Manuel de Céspedes en aquella reunión de Muñoz. Los jefes orientales, los camagüeyanos, los prohombres habaneros con Morales Lemus, desconcertado, y Aguilera y Cisneros, convencidos, pero indecisos, reflexionaban al medir la desproporción entre las fuerzas débiles inconexas del país, ignoradas además, y el ostensible poderío abrumador de la metrópoli. Se podría esperar a cuando estuvieran preparados, y la preparación consistía en una sacudida gigante de los ánimos, en el reventar del polvorín, como diría un pensador del patio.

«¿Quién fue el hombre que dio la sacudida? Aquel que, sin más armas que un bastón con puño de oro, decidió, cara a cara de una nación implacable, quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quita a un tigre su último cachorro», escribió el Maestro.

Nacimiento del elegido

Nació en Oriente Carlos Manuel de Céspedes, entre riquezas y opulencias, el 18 de abril de 1819. Así lo asegura en una conferencia memorable Diego González Gutiérrez, miembro de número de la Academia de Historia de Cuba, en La Habana, en 1938.

Cultivó su espíritu en el estudio y viajó por las naciones de Europa, donde aprendió idiomas y conoció las ideas filosóficas de aquellos pueblos ya maduros, de algunos de los cuales incorporó también el amor a la libertad.

Pero el recuerdo del rincón nativo le hizo volver a Cuba. Era ya entonces, además de hombre de leyes, orador famoso y literato culto.

Pero el choque fue rudo. Más rudo por su espíritu cultivado que ya no podría resignarse a vivir como siervo despreciable. Más rudo por el contraste que ofrecían las bellezas naturales de su patria, con el panorama político que la aherrojaba y oprimía.

El mar que baña el Guacanayabo le recordaba el don infinito e insondable de la libertad. El cielo sereno y azul de Cuba le decía que los ideales del hombre, y la cima del Turquino, con su soberbia espesura, despertaron en él los ímpetus del revolucionario.

El joven veinteañero y también abogado Fidel Castro, muchos años después diría en el juicio del Moncada lo que la redondilla de un poeta resumiría en una décima: «En oriente se respira,/ todavía el aire bravo/ de quien odia ser esclavo/ y hacia la montaña mira».

Se ha combatido a Carlos Manuel de Céspedes —expresó en la conferencia citada el historiador— por lo que algunos juzgaron una precipitación al adelantarse a la fecha del 14 de octubre de 1868, fijada, en el Rosario, para el alzamiento. Pero muchos de quienes lo han hecho no meditaron en lo que hubiese ocurrido de no haberse dado el grito de la Demajagua, sabiendo que ya el Gobierno conocía los planes revolucionarios.

Y se preguntaba el ponente: «¿Quién puede decir lo que habría de suceder si no hubiera existido un hombre decidido y enérgico como lo era Céspedes?».

José Martí, tan sincero en los juicios, no se atrevió a emitir en esto el suyo.

Más alto que el turquino

No es preciso repetir las hazañas y hechos de la epopeya que se conoce. El desastre de Yara, primer combate de la guerra empezada, sirvió para medir los quilates del caudillo. Fue cuando los suyos, ante la sorpresa sufrida allí donde creían desguarnecido el pueblo, huyeron en desorden y, ya en las afueras, se oyó la frase derrotista: «¡Todo está perdido!». A lo que replicó Céspedes, magnífico y sublime: «Aún quedan doce hombres: bastan para hacer la independencia de Cuba».

Se había consagrado con eso un conductor de pueblos. Diez días después, tras heroico luchar y luego de honroso armisticio en que se dejó a salvo al honor de los vencidos, entraron estos por las calles de Bayamo con Céspedes a la cabeza. Y allí se rubricó, el 27 de diciembre, el decreto de abolición de la esclavitud.

Como quiera que se examine, su vigencia representó una disposición extremadamente atrevida si se tiene en cuenta que la misma afectaba a una clase numerosa y pudiente que podía volver la espalda a la revolución como muchos le indicaban a Céspedes.

De Céspedes puede decirse, con Martí: «Ni Cuba ni la historia olvidarán jamás que el que llegó a ser el primero en la guerra, comenzó siendo el primero en exigir el respeto de la ley».

Tenía sobrados antecedentes que le enaltecían como patriota. Confinado en Palma Soriano en 1851, destinado a Baracoa después, retenido en el navío Soberano en 1855 y acusado en 1876 de conspirar de nuevo contra España, Céspedes resultaba la figura principal del movimiento revolucionario en el departamento oriental.

Se ha tachado al Padre de la Patria por haber tratado de sobreponerse a la Cámara. Pero se olvida que otros también cometieron errores. Unos pecaron de más, otros de menos. Y muchos hechos demuestran su temple.

Surgió la lucha entre el Poder Legislativo y el Presidente, y Céspedes fue depuesto por unanimidad. Ese mismo día le fue comunicado el acuerdo. Ese mismo día le fue pedido el Archivo y las pertenencias oficiales del Gobierno de Cuba en Armas. Ese mismo día él contestó desde la Loma de La Somanta, donde tenía su albergue.

Céspedes, más alto que el Turquino y más soberbio, rechazó alguna que otra oferta de varios generales.

Rehusó sembrar discordias partidarias, una guerra civil en medio de una revolución por la libertad, un cisma, una escisión que solo serviría a España.

Los genios siempre se superan a sí mismos y había sido, por eso mismo, antes que padre, patriota.

Y lo que no pudo concluir con las armas, lo quiso completar con la enseñanza y hasta el mismo día de su muerte estuvo enseñando a leer y escribir a los niños. Murió marcando el derrotero de la patria futura. Había dado la libertad a los esclavos y había luchado por la de todos los cubanos.

¿Qué importaba que la ingratitud, la cobardía o la traición llevaran a su San Lorenzo, en 1874, hace 135 años, al enemigo armado? Su corazón inmenso sangró hasta vaciarse por Cuba. Allí estaba él para escribir con su sangre su última enseñanza.

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