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Perucho Figueredo, el redentor

Muchos desconocen los detalles —simples o extraordinarios— de la vida del autor del Himno Nacional, de cuyo vil fusilamiento se cumplen 140 años en este agosto

Autores:

Osviel Castro Medel
Aldo Daniel Naranjo

BAYAMO, Granma.— Se nos han pegado, por la costumbre, las mismas palabras: Perucho Figueredo fue el autor del Himno Nacional.

Eso es lo más conocido del patricio. Sin embargo, muchos cubanos —nuevos o viejos— desconocen la tremenda historia de este hombre de carne y hueso, el mismo que se negó a arrodillarse ante el pelotón de tiradores que lo fusiló, el 17 de agosto de 1870, en Santiago de Cuba.

Haber tejido el Himno de Bayamo —con su música y letra— era ya suficiente para infiltrarse en la eternidad, mas Pedro Felipe Figueredo Cisneros, nacido el 29 de julio de 1819, tiene miles de episodios que deben relatarse con pasión.

Físico y carácter

Pedro Figueredo, primogénito de Ángel y Eulalia, era miope, usaba lentes octogonales que, al decir del coronel independentista Fernando Figueredo Socarrás, «le quedaban tan bien en la cara que parecía que formaban parte de su fisonomía». Alto, delgado, esbelto, sonriente, dulce y comunicativo; así pudiera hacerse su apretado retrato.

Creció en cuna rica, pero eso no le frenó las excursiones campestres ni las travesías al río, mucho menos las «atrevidas correrías» por la ciudad y los montes cercanos.

Sus biógrafos, que no son muchos, coinciden en que tenía una vasta cultura, seguramente ensanchada en el colegio habanero de Carraguao —donde se hizo bachiller en Filosofía— y en la Universidad de Barcelona, donde concluyó su carrera de abogado, en 1842.

Figueredo nunca resultó fácil de domar, y esto no viene solo por sus repetidas conspiraciones contra la colonia, que comenzaron bien temprano: en 1848. Ya en La Habana había dado muestras de su carácter avispado, por lo que lo apodaron el Gallito Bayamés.

Pero dos hechos mostrarían su arresto: cuando se enemistó con Francisco Maceo Osorio, quien ejerciendo como Fiscal de la Alcaldía, lo condenó a 14 meses de prisión domiciliaria por haber mostrado su desacuerdo, en carta pública, con el Alcalde Mayor de la ciudad; o cuando Tomás Estrada Palma trató de disuadirlo del levantamiento armado, en octubre de 1868, y contestó orondo: «Con Céspedes me uniré y con él iré a la gloria o al cadalso».

Por suerte para la historia, Maceo Osorio y Perucho, en el fragor de la conspiración, se hicieron amigos y dejaron atrás aquellas rencillas, que los llevaron, incluso, a voltearse la cara y a echar «una muralla entre ambos... y sus respectivas familias». Por suerte también, ambos dieron sus vidas por la patria.

Músico y poeta

Perucho hacía llorar al piano. La afirmación no nace como hipérbole sino como imagen cercana a la verdad, reafirmada en el relato de sus contemporáneos.

Fernando Figueredo Socarrás decía, acerca de la época en que el patriota vivió en su finca azucarera Las Mangas, ubicada a varios kilómetros de Bayamo: «Era un músico consumado. Tocaba distintos instrumentos, pero tenía pasión por el piano. De noche, cuando cesaba el ruido de la faena; cuando la máquina dejaba paralizada la obra portentosa de sus funciones, Perucho rasgueaba el blanco teclado de su piano y hacía que sus cuerdas, hendiendo los aires, produjeran las más dulces y armoniosas melodías».

El propio Fernando repetía en un extenso discurso que el autor del Himno, en su hogar de Bayamo, «se complacía en ofrecer en su casa veladas y conciertos». Y es categórico al señalar sobre la familia, compuesta por 11 hijos y su esposa Isabel Vázquez: todos eran músicos; «era una familia de artistas».

Pero sus creaciones no se limitaron a la música. Se cuenta que era un caricaturista inimitable y un experto dibujante. Gustaba de archivar esas obras, que se convirtieron en cenizas cuando él mismo prendió fuego a su lujosa mansión en la épica Quema de Bayamo, en enero de 1869 (debemos acotar que, además de su casa en la ciudad, tenía joyas y lujos, varias fincas, más de 700 cabezas de ganado vacuno, más de 250 caballos, un ingenio azucarero y unos 30 esclavos, pues desde antes del 10 de octubre de 1868 contaba con decenas de obreros asalariados).

Brillaba, además, como literato. «Manejaba la crítica con gracia y con ironía: en el epigrama era intencionado y chispeante (…) escribió muchos cuadros de costumbres y poesías satíricas», dijo Fernando Figueredo.

Por esas virtudes no fue casual que los conspiradores bayameses, casi todos masones como él, en los preparativos del levantamiento le pidieran a Figueredo «componer nuestra Marsellesa».

En Perucho se resumían tres condiciones: músico, literato y patriota. Como es conocido, la música del que luego sería el Himno Nacional fue dada a conocer a los patriotas más cercanos inmediatamente. ¿Y no tenía letra? Es difícil y casi ilógico pensarlo, como hemos dicho en otras ocasiones. Por eso todo induce a pensar que aquel 20 de octubre de 1868, Perucho no compuso sino que memorizó, en el lomo de su caballo, las dos primeras estrofas de las seis que, evidentemente, ya había escrito.

Amigo y padre

El autor del Himno fue condiscípulo de Carlos Manuel de Céspedes durante los primeros estudios en Bayamo. De ahí nació una amistad que al pasar de los años se volvería indestructible.

Este lazo crecería porque una de sus ocho hijas, Eulalia, se casó con Carlos Manuel de Céspedes (hijo) y otra, Blanca, contrajo nupcias con Ricardo Céspedes, hijo de Francisco Javier y sobrino del Héroe de la Demajagua.

Perucho, desde Las Mangas, secundó el alzamiento, el 13 de octubre de 1868; y por eso creó la división La Bayamesa, que atacó la Ciudad Monumento —todavía sin ese apelativo— con centenares de hombres. La abanderada de esta fuerza fue, nada más y nada menos, que su hija Candelaria (Canducha), quien entonces solo tenía 17 años.

Pedro Figueredo, a la sazón Teniente General del Ejército Libertador, secunda a Céspedes en Guáimaro. En esa asamblea es electo Secretario de Guerra, puesto en el que no desmaya.

Pero pocos meses después enfermaría de tifus, y se produce un viraje en su vida. Convertido en un esqueleto puro, casi inválido, tiene que irse a morar en la jurisdicción de Las Tunas, con su familia, «recluida en miserable rancho», obligada a hacer «largas y penosas jornadas a pie, a través de montañas y sabanas» y con la constante persecución de los españoles y las guerrillas de voluntarios, quienes disfrutaban la cacería de familias desvalidas.

Así, en las cercanías del río Jobabo, en la finca Santa Rosa, en agosto de 1870, por una delación, la familia Figueredo Vázquez es apresada completa, excepto Candelaria, Luz y Ángel, el menor de los varones.

Perucho, desprendido del grupo, casi sin fuerzas, combatió con su sable-revólver hasta el último tiro, y viendo que le venían encima los voluntarios trató de quitarse la vida tirándose contra el sable. No pudo. Fue capturado el día 12.

Inmediatamente es trasladado por mar a Manzanillo y luego a Santiago de Cuba —junto al brigadier Rodrigo Tamayo Cisneros y su hijo Rodrigo Tamayo Faura—, y condenado a muerte. Antes de la ejecución, un emisario del conde de Valmaseda llegó hasta su cárcel para intentar que el patriota se retractara y «no hiciera más armas» contra España si le perdonaban la vida.

A esta oferta replicó: «Diga usted al Conde que hay proposiciones que no se hacen sino personalmente para escuchar personalmente la contestación. Yo estoy en capilla y espero que no se me moleste más en los últimos momentos que me quedan...».

El 16 de agosto, antes de morir, escribiría a su esposa, tan culta, y en otro tiempo acaudalada como él: «Hoy se ha celebrado consejo de guerra para juzgarme y, como el resultado no me puede ser dudoso, me apresuro a escribirte para aconsejarte la más cristiana resignación (…) la última súplica pues, que te hago, es que trates de vivir y no dejes huérfanos a nuestros hijos (…) en el cielo nos veremos y mientras tanto, no olvides en tus oraciones a tu esposo que te ama».

Antes de ser ejecutado, Figueredo pidió un coche para trasladarse al pelotón de fusilamiento; apenas podía caminar con sus pies enfermos. Un jefe español le ofreció, sin embargo, un burro. «No seré el primer redentor que cabalgue sobre un asno», dijo con la frente altiva. El 17 de agosto de 1870, antes de que sus enemigos dispararan aquellas letales descargas, Perucho repasó en su memoria, de pie, un fragmento de su propio himno: «¡Morir por la Patria es vivir!...».

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