Betty con sus hijos. Autor: Luis Raúl Vázquez Muñoz Publicado: 07/03/2026 | 11:24 pm
CIEGO DE ÁVILA.— Risueña, con un candor que ha permanecido en la memoria, la abuela de Betty contaba que su nieta le había descocido los muebles de la casa porque allí sentaba a sus compañeritos para darles clases, como si fuera la maestra.
Pasado el tiempo, Beatriz Ruiz Otero, graduada de Licenciatura en Pedagogía en 2010 y profesora de la secundaria básica Pablo Elvio Pérez Cabrera, recuerda esos momentos de niña como los anticipos de su vocación por el magisterio.
«Yo lo que hacía —recuerda— era seguir el ejemplo de Rosalía, una maestra muy buena que tuve de niña y que me acompañaba en los concursos, a todas partes. Era el cariño en persona y cuando se organizaban las casas de estudio, yo la imitaba».
El otro paso llegó con la convocatoria de Fidel para formar profesores generales integrales (PGI). Entonces, ella era del secretariado provincial de la FEEM y lo más lógico, dice, era ser coherente y dar el paso.
«¿Cómo yo iba a captar maestros
—se pregunta—, pedir a los muchachos que tuvieran interés por una carrera para que fueran a estudiar Pedagogía, y yo no iba a ser consecuente con ese llamado? Así que me dije: voy a ser maestra».
Madre de dos niños, Carlos Miguel y Luis Miguel, Betty tiene unos 15 años de experiencia. Cuando da clases su voz se escucha en el pasillo de la escuela. Al preguntarle, cómo es impartir clases hoy a adolescentes con celulares, redes sociales, éxodos migratorios y problemas económicas, la maestra se echa a reír y dice: «Mijo, no es fácil».
Redes, celulares y algo más
—¿Es para halarse los pelos en la secundaria?
—Resulta difícil. Es la etapa de la adolescencia..., y los teléfonos con las redes sociales están haciendo mucho daño.
—¿Tú crees?
—Cuando crean una adicción hay un daño. Dejan de dormir, de concentrarse en las clases. Además, provoca problemas visuales. Antes, en una escuela de 400 niños, eran normal tener uno o dos con situaciones en la vista. Hoy es común tener a 12 o 14 alumnos con espejuelos en un aula.
—Entonces, ¿cómo manejar eso? Porque los problemas de la adolescencia siempre han existido. Eso no es nuevo.
—Lo nuevo ahora está en la saturación de las redes sociales.
—¿La educación cubana está preparada para enfrentar ese fenómeno?
—Yo creo que sí. Hay programas, estrategias, existe una experiencia. Lo que el fenómeno no se puede manejar de forma colectiva, sino individual. Y como maestra tienes que estar preparada porque en cualquier momento te hacen una pregunta o plantean una situación en lo político, lo cultural, lo social. Tienes que estudiar y mantenerte informada todo el tiempo.
—Dices que el sistema de educación está preparado. ¿Y la sociedad?
—No tanto. Los muchachos están insertados en un contexto, y por las redes se escriben y ven cosas o los adultos hablan temas delante de ellos sin tener en cuenta que, al final, es un niño a quien tienen al lado.
«Yo he tenido debates fuertes sobre el bloqueo y la emigración. Los alumnos plantean temas o enfoques desde lo que escuchan o ven, ya sea en las
redes o en la familia o el barrio. Y no puedes cerrarte».
La decisión final
«Sobre el tema de la emigración, les digo: yo no me meto con el que se vaya del país. Ahora, a mí nadie me puede cuestionar por qué yo decidí quedarme».
—¿Porque cuestionan que estés aquí?
—No, ellos vienen con los criterios. Yo pregunto: díganme, ¿ustedes creen que con irse van a resolver el problema?, y pongo mi ejemplo. Yo no me fui porque no quise. Yo podía haber vendido mi casa, mis cosas, como han hecho tantas personas; pero no lo hice.
—¿Realmente te podías haber ido?
—Legalmente, quizá no. Pero económicamente sí podía haberlo intentado. Sin embargo, mi esposo y yo decidimos que no. ¿Por qué? Por mis hijos, mi familia. Yo no quería estar alejada de lo que es mi paisaje, mi aire, mi manera de hablar.
Parece que no, pero sí
—¿Logras convencerlos?
—El problema no es convencerlos. El problema es oírlos. Yo, al menos, les pongo mi posición. Sí, yo quiero que mi país mejore; pero conmigo adentro y haciendo cosas para que sea mejor. Yo no quiero la mejoría del país conmigo afuera. Yo quiero esa mejoría conmigo aquí, trabajando para ese objetivo.
—¿Y tú crees que realmente te escuchen?
—La experiencia me ha demostrado que sí escuchan, aun cuando tú creas que no. En el aula siempre hay niños que captan la idea de lo que tú dices. Te das cuentas por las preguntas. Y eso es una señal de que están buscando más allá de lo que tú les enseñas.
—En medio de ese debate, esas irreverencias, ¿cómo un maestro puede lograr que lo respeten?
—Dando buenas clases.
—¿No haría falta un poco de carácter?
—Hay profesores que dan buenas clases, los alumnos lo respetan y no son impositivos. Ser un profesor pesado, como dicen los muchachos, es muy contraproducente. Los muchachos terminan por rechazar la asignatura. No aprenden. Luego vienen los bajos rendimientos, las preguntas de los padres y la causa está ahí: en el rechazo al profesor, que se extendió a la asignatura. Los gritos y la violencia no caminan con los adolescentes.
—¿Cómo compaginar el rigor de las clases con una vida cotidiana?
—Poniendo el extra. Es difícil, pero hay que hacerlo. Planificando una buena clase, buscando la forma de entusiasmar a los estudiantes, eso lleva tiempo. No vamos a hablar del tratamiento metodológico o del sistema evaluativo. Lo que tienes que buscar es el espacio y no darte por vencida.
—¿Te hallas trabajando en otro lado?
—No, y lo he pensado, para que veas. Pero siempre llego a la misma conclusión: no me voy. Y no es para darse brillo. Hoy la situación laboral del maestro no es la mejor. El salario apenas alcanza, pero no. No me hallo en otro lugar.
—¿Qué te ata?
—Los niños, enseñar, hablar con ellos. Eso es especial, y te sorprenden, ¿sabes? El momento final de la enfermedad de mi abuela fue muy rápido. Un derrame y ya. Cuando eso pasó, yo estaba en Morón atendiendo al niño más chiquito y mi mamá llama: «Aquí estuvieron unos muchachos para saber de ti». «¿Quiénes eran?» «No, no sé. No dijeron». Al regreso pregunté de nuevo. ¿Sabes quiénes eran? Los más intranquilos del aula. Venían para saber cómo yo estaba. Me quedé…, vaya. ¿Tú crees que así yo me puedo ir? ¿Crees que yo pueda dejarlos? No, no puedo hacerlo.
