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Los «apestados» del mundo y la solidaridad de Cuba

El 16 de marzo de 2020, el barco inglés MS Braemar vagaba a la deriva en el océano pandémico del coronavirus sin que ningún puerto le abriera las entradas. Ante la urgencia de la situación y el riesgo para la vida de las personas enfermas, el Gobierno de Cuba decidió permitir el atraque de esta embarcación y adoptó las medidas sanitarias establecidas para recibir a todos los ciudadanos a bordo, bajo los protocolos establecidos

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

La fecha parece ya muy lejana entre tanta maldad contra Cuba y los dolorosos acontecimientos mundiales. Era el 16 de marzo de 2020 y el barco inglés MS Braemar vagaba a la deriva en el océano pandémico del coronavirus sin que ningún puerto le abriera las entradas.

Eran como los apestados del momento, junto a los navegantes de otros cruceros que, como narró Ignacio Ramonet en un reportaje estremecedor, se le cerraban todas las exclusas.

Un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores explicaba que el 13 de marzo de dicho año, el Gobierno del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte solicitó a las autoridades cubanas el permiso de atraque en un puerto nuestro del crucero MS Braemar, con un pequeño número de viajeros afectados por el coronavirus, y su repatriación por vía aérea.

Ante la urgencia de la situación y el riesgo para la vida de las personas enfermas, el Gobierno de Cuba, explicó la nota ministerial, decidió permitir el atraque de esta embarcación y adoptó las medidas sanitarias establecidas para recibir a todos los ciudadanos a bordo, bajo los protocolos establecidos.

De conjunto con las autoridades británicas se organizó que, una vez los cruceristas arribaran a territorio nacional, se procediera al retorno seguro e inmediato de los viajeros al Reino Unido en vuelos chárteres de compañías aéreas a ese país.

La ahora aislada Cuba, cuyo pueblo es sometido a castigo colectivo y satanizada en plataformas y medios mientras el imperio le cierra la entrada de combustible y arrecia el cerco genocida, decía entonces que los tiempos de la COVID-19 —como debiera ser hoy para este pueblo hostigado— son de solidaridad, de entender la salud como un derecho humano, de reforzar la cooperación internacional para hacer frente a nuestros desafíos comunes, valores que son inherentes a la práctica humanista de la Revolución y de nuestro pueblo.

Solo una nación había sido capaz en medio de aquella grave crisis de salud mundial de desarrollar un sistema sanitario y de prevención de desastres, además de una concepción humanista, en capacidad de afrontar ese tipo de situaciones.

Junto con suficientes especialistas altamente calificados, contaba con una muy especial infraestructura y con la sensibilidad humanista para afrontar este tipo de riesgo.

Las autoridades confiaron en que tendrían la comprensión y la confianza de la inmensa y amorosa mayoría de sus ciudadanos, que estaban al tanto de los esfuerzos por protegerlos con el mismo empeño del más solvente de los cruceristas. A esa voluntad también se le intentó cortar el oxígeno por el Gobierno yanqui cuando fallaron nuestras plantas de producción de oxígeno medicinal. Cuba tendía la mano a los cruceristas británicos mientras a las autoridades y el pueblo del Archipiélago se le extendía el cerco.

La Revolución que triunfó en enero de 1959 solo dio cuerpo de política de Estado a algo que está en la naturaleza del cubano: el sentido del bien común, del desprendimiento, del sacrificio por el prójimo. Para el alma de la nación cubana, determinada por la martianidad de que en la suerte suya va la del mundo, y en la de este la nuestra.

Ello tiene su santuario en La Higuera desde que el Che, encarnación universal de la utopía del desprendimiento y la solidaridad, cayó asesinado como otro Cristo de los pobres.  Antes de partir de aquí dejó una carta de despedida, en la cual acentuaba que: «Dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano, y como tal actuaré». Con el Guerrillero, la hermosa vocación universal y humanista de Cuba encontró su símbolo.

Todo esto debería ser recordado ahora por quienes pretenden reducir a vulgares actos mercantiles o maniobras de influencia diplomática los hermosos y enaltecedores gestos de altruismo de quienes partieron hacia el África Occidental a combatir el virus del Ébola y hacia otros incontables confines a curar cuerpos y almas.

Si de cuentas se trata, no hay dinero suficiente que pueda pagar el valor de una vida. Cuba ha ido levantando una economía de servicios, de la cual los médicos son un puntal especial, y lo ha hecho desde durísimas condiciones económicas, pero ello no está reñido con su raigal vocación universal y humanista.

Al escuchar a muchos de quienes han partido a esas misiones solidarias, no pocas veces a riesgo consciente de sus vidas, uno siente que, como José Martí, ellos creen que ser bueno es el único modo de ser dichoso.

Y no es la primera vez que algo como ello ocurre en esta tierra. La prueba está bajo los monumentos que en nuestros cementerios resguardan los restos de los combatientes internacionalistas. De África solo trajimos los restos de los hermanos caídos.

El proyecto cubano, sobreviviente de inmensos sacrificios, devela al mundo que la solidaridad y el humanismo deberían ser principios universales, despojados de cualquier ideología. No por casualidad Raúl Castro llamó a enfrentar el virus del ébola deshaciéndose de toda manipulación política.

El egoísmo o los intereses particulares no sirven de mucho en situaciones de emergencia como las que ahora vive el planeta. Solo la idea martiana es hoy iluminadora: Salvar, salva.

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