Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

¿Descabezar para ganar?

Los neofundamentalistas de transiciones, pasadas por humillaciones, deben calibrar bien sus apuestas con la Revolución Cubana

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

La jugada le salió bien, al parecer, en alguna parte —y no trataré de averiguarlo porque puede estar muy a la vista—, como para que a los estrategas yanquis del cambio de régimen se les ocurra secuenciar la fórmula, como se secuencia el ADN: descabezar para ganar…

Solo que una cosa es la genética y otra muy distinta es la política, como le acaban de demostrar los iraníes. No siempre, como se dice popularmente, la «jugada está tan cantada». A veces, cuando se salta del solista al coro, se echa a perder el estribillo.

Parece que en la nación persa también la táctica era descabezar el «régimen» —como suelen satanizar a los Gobiernos que no se acomodan ni a su modelo ni a sus designios—, pero el tiro les salió por la culata.

La carrera insensata para desatar la agresión, junto a su gendarme en esa región, porque podrían aniquilar de un solo tiro a los principales cargos iraníes, junto a su líder —no solo estatal, sino, además, espiritual—, no hizo más que enardecer el sentimiento de irritación y el orgullo nacional y desembocar en una resistencia de vida o muerte, cuyos resultados todavía no son previsibles, pese al frágil acuerdo de los últimos días.

Todavía están estancados en Irán y los maquinadores de descabezamientos, de aniquilar arriba para dominar abajo —hasta los cimientos de las naciones—, presuponen que pueden seguir apostando a la ecuación. 

Así, en este Archipiélago, a quien los yanquis pretenden poner en su cola de desmanes, sin que tengamos ninguna intención de marcar, no podemos olvidar que los enemigos de la Revolución presentaron siempre, después de 1959, a los cubanos como un pueblo «esclavizado» y, en otras, «fanatizado».

La manipulación, incluso, terminó por convertirse en táctica política de algún sector gobernante dentro de Estados Unidos, para el cual la llamada «solución biológica» es la mejor apuesta, pensando en el derrocamiento de la Revolución.

Ese sector presagiaba que, con la desaparición física de Fidel y Raúl, y con ella, de la denominada generación histórica, tendría el mismo efecto «fulminante» que el de una victoria de su 82 División Aerotransportada, en el supuesto de que pudieran derrotar el concepto de resistencia de Cuba, basado en la Guerra de todo el pueblo.

Según la «lógica» de esos analistas, con la muerte de un hombre llegaría también el entierro del proyecto que encabezó. No por gusto la propaganda contrarrevolucionaria, al mejor estilo de Goebbels, machaca sobre el carácter inconstitucional del proceso político cubano.

Se equivocan los que creyeron que, al poner entre las fichas esa «solución» para nuestro país, los tanques pensantes y políticos reaccionarios norteamericanos se referían a una caída espontánea, por su propio peso, de la Revolución, una vez que muriera Fidel o ya no estuvieran en el liderazgo los hacedores de la Revolución.

Los diseñadores de esta variante están muy bien entrenados en ponerle compulsión ideológica a la solución biológica, darle un empujoncito —o un empujonzote—, como nos revela la maquinaria de mentira y manipulación que funciona a toda velocidad contra Cuba, todas las horas y todos los días. Esta pone, entre sus dianas, el descrédito y la lapidación política de los nuevos liderazgos y los ubica como moneda de cambio para lo que ellos llaman una transición, que no sería otra cosa que la rendición vergonzosa del proyecto histórico nacional.

En su retórica contra la Revolución, sus enemigos han tratado siempre de presentarla desinstitucionalizada. Durante años, según ese discurso, en Cuba no existió un modelo social democrático, ni elecciones libres, ni Estado de derecho, ni Parlamento…

Para sus binoculares de doble rasero, ningún paso del país después de 1959 se ha realizado dentro de la Ley, con lo cual ignoran que una de las principales preocupaciones de la Revolución, tras la toma del poder, fue precisamente la formación institucional de la nación.

Pero, a la institucionalidad burguesa le era y es difícil aceptar que la contraparte fundada en Cuba rompió con ella y con todo lo que había conocido el país, e incluso buena parte del mundo, hasta ese entonces.

En el nuevo proceso, y la Constitución socialista que lo sostiene, se fundieron lo mejor de las tradiciones y la historia nacionales, con las corrientes más modernas y avanzadas internacionalmente, buscando romper de forma definitiva con el «orden» que durante más de 50 años caotizó al país en lo político, económico y social. Esto último ocurrió así, aunque los limpiadores o nihilistas de la historia estén ardorosamente empeñados en demostrar otra cosa.

Los historiadores más objetivos reconocen que la experimentación democrático-burguesa tuvo su punto final en el archipiélago con la gran decepción en la que lo sumieron los denominados Gobiernos Auténticos. Estos últimos, autoproclamados herederos de los anhelos de la Revolución de 1930 —un levantamiento popular que culminó con el derrocamiento de la dictadura de Gerardo Machado—, terminaron por empujar al país hacia un abismo insalvable de entreguismo político a los intereses estadounidenses, corrupción generalizada, dolorosos males sociales y hasta contubernio con poderosos grupos gangsteriles que soñaban con levantar en Cuba una «Isla del placer».

El nombrado modelo seudorrepublicano desbordó su copa con el golpe de Estado del general Fulgencio Batista. Este cuartelazo, afirman historiadores, fue el punto de ruptura, pues marcó el fin del multipartidismo (piedra preciosa de la llamada democracia liberal burguesa), como opción política en nuestro país.

Ya este le había dado a la nación todo lo que de él podía esperarse, y con esa decepción se levantaban los ardores de la Generación del Centenario que, inspirada en José Martí y encabezada por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, condujo al triunfo de enero de 1959.

El primer gran encontronazo entre el proceso revolucionario naciente y la oligarquía nacional aliada a Estados Unidos ocurrió, precisamente, al aprobarse la Primera Ley de Reforma Agraria. Las nuevas leyes y el nuevo orden en fundación, con su inconmensurable contenido social, se situaban verticalmente frente a los peores intereses que habían desgobernado la República mediatizada.

Desde ese momento, nada de lo que fue Ley en Cuba resultó legal para la burguesía derrotada y sus sostenedores, los sucesivos gobiernos norteamericanos. Una de sus principales apuestas fue, y sigue siendo, presentar un país sumido en la ilegalidad.

Tal vez sea muy complicado, entre tanto vómito pestilente en medios y redes, entender la dinámica de la Revolución Cubana. Hasta para quienes la construyen les resulta, en ocasiones, asumirla en todas sus dimensiones coherentes o contrapuestas. Lo indudable es que un proceso sin bases institucionales y legales sólidas y una herencia y base justicieras innegables no tendría los consensos necesarios para soportar las consecuencias del castigo colectivo que enfrenta el pueblo cubano desde hace años, llevado a cotas inmedibles de perversidad en estos momentos. La defensa de la Revolución en Cuba, innegablemente afectada por tanta saña y monstruosidad, constituyen un acto de plena madurez, un ejercicio ciudadano absolutamente libre, responsable y cuerdo de dignidad nacional.

En esa actitud no solo está plasmada la satisfacción por la obra forjada por el socialismo durante su existencia, sino también la inconformidad con sus defectos, discutidos y ventilados en los más diversos foros de este país, incluyendo los emergentes que abren las tecnologías digitales.

El socialismo cubano se las ha arreglado para ser capaz, dialéctica y potencialmente, de enfrentar sus contradicciones sin renunciar o sacrificar fundamentos. Hay bastante que cambiar todavía pendiente en este país, pero hay mucha historia y solidez institucional acumuladas para que a alguien se le ocurra —bajo presión— intentar tumbar arriba para dominarnos desde abajo…

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