Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Oda a una villa de encantos

A 512 años de su fundación, en la añeja urbe de Sancti Spíritus dialogan pasado y presente, sin perder las esencias

 

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

SANCTI SPÍRITUS.— Desde lo más elevado de la torre-campanario de la Iglesia Parroquial Mayor, esta añeja villa deja ver sus encantos. Se divisan un mar de tejas rojas, calles trazadas a capricho, árboles entrelazados, viviendas superpuestas, modernos paneles solares, aleros de madera, y el ir y venir de un pueblo, en franco duelo con el día a día.

Es la vista panorámica que se muestra con el primer vistazo, tras ascender los 103 escalones de madera preciosa de la estrecha escalera. Detalles y elementos únicos nos confirman que allí palpita una urbe negada a dejarse vencer por el paso implacable del tiempo. Ha sabido, desde que plantó bandera en una de las márgenes del río Yayabo, en 1522, hacer coexistir con equilibrio pasado y presente.

A la izquierda, corren, entre malanguetas, las aguas del afluente que da nombre al único puente de cinco arcadas en Cuba. Justo a su lado, en la Taberna Yayabo, todavía se suspira y se entonan melodías acompañadas por acordes de guitarras.

Mientras, el Teatro Principal, de lunetas relucientes, espera por disfrutar de proyectos nacionales, siempre tan esperados y aplaudidos. Una quietud similar convive en la casona de cien puertas, donde se aguarda casi por el milagro de recuperar la prestancia de antaño, lacerada por el mal estado de la majestuosa edificación.

Mientras, a la derecha de la torre-campanario, se yergue la estatua en honor al científico Rudersindo García del Rijo. De reojo, parece mirar eternamente el hotel El Rijo, su otrora vivienda. De dos plantas, la instalación se roba la belleza del gran portal, compartido con el Archivo Provincial de Historia, una de las entradas de la sede del Gobierno Municipal, y la institución educativa de la enseñanza técnica.

Justo por el lado de ese plantel, conviven cinco campanas de barro, en representación de los siglos tatuados en la espalda de la urbe, con puntos de venta, donde se encuentra de todo o casi todo.

A unos escasos metros de ese entorno, también de carros y motorinas en total calma, la Casa de la Trova deja escapar, sobre todo los fines de semana, interpretaciones en vivo.

Cercana a sus ventanales de madera, la Biblioteca Provincial, con elegancia ecléctica, anuncia que el parque Serafín Sánchez Valdivia se resiste a perder el estatus de centro de la villa.

Pero la ciudad se ha esparcido mucho más allá de la Iglesia Nuestra Señora de La Caridad, al norte y al sur.

De crecimiento también da fe la mirada desde la torre-campanario. A los lejos, se observan los edificios de Los Olivos y su rey: el doce plantas. En ese fragmento de ciudad perviven historias con menos años, aunque no le dan la espalda al resto de la villa.

Es una fiesta, la autenticidad de cada fragmento que, desde los diferentes puntos cardinales, regala Sancti Spíritus. Por eso, vale la pena el ascenso a lo alto de uno de sus símbolos patrimoniales.

Más que un hallazgo, nos presenta, cada nuevo amanecer, una ciudad de eternas seducciones porque logra que renazcan amores trenzados por más de cinco siglos.

 

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