Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Asalto de juventud

El gesto desinhibido y emprendedor de aquellos imberbes que se empinaron por Cuba el 26 de julio de 1953 continúa retando a los más nuevos

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

 

SANTIAGO DE CUBA.— ¡Guitart, Renato no me avisó, no me avisó! Rabia y admiración se mezclan en el lamento del amigo, el primero en llegar a la casa familiar, en aquella mañana de incertidumbres del 26 de julio de 1953.

—Pero, ¿qué te ocurre? —le interpela el padre.

—Teníamos un compromiso secreto, de que, si algo se daba aquí, me avisaría. ¡Él está en lo del Moncada!

—Búscalo por la Trocha o por donde tú sabes. ¡Cómo va a estar en el Moncada! —enfatiza el hombre, intentando alejar el temor que lo carcome desde que, a las cinco de la mañana, lo despertara el tronar de los disparos y pudo comprobar que el hijo no estaba en su cuarto.

—¡No! —y el cuerpo alto y fornido de Otto Parellada, el Ottón del 30 de noviembre, años después, es ahora un sollozo por el hermano de sueños y correrías—. ¡No, él nunca llegó anoche al carnaval! ¡Renato está en el Moncada!

La sospecha fue certeza poco después de las diez de la mañana, cuando el padre, René Guitart Rodríguez, fue conducido, de manera violenta, e interrogado en el cuartel Moncada. Cheques de bancos en La Habana y un plano completo de la fortaleza habían sido encontrados en los bolsillos del joven, de escasos 22 años.

Al carnaval de la patria

Poco después de las ocho de la noche, la llamada telefónica de un amigo traería a Guitart padre la dolorosa confirmación: había visto a Renato muerto en el Moncada, tirado junto a muchos otros…

Ya a esa hora el coraje, la discreción, la convicción, la entrega imberbe le habían puesto al día su huella indeleble.

De ese calibre estaba hecha aquella juventud que en gesto desinhibido y emprendedor asaltó al amanecer —en defensa del futuro— el domingo 26 de julio de 1953.

En el clímax del famoso carnaval santiaguero, un grupo de jóvenes, encabezado por el joven abogado Fidel Castro Ruz atacó el cuartel Moncada, sede del Regimiento Antonio Maceo y segunda fortaleza militar de la Isla, con el propósito de desatar la lucha que llevara al fin de la tiranía batistiana.

Una escuadra de 25 integrantes de aquella tropa joven intentaría tomar simultáneamente el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, sede del escuadrón 13 de la Guardia Rural, dispuestos a sublevar la ciudad y convertirse en la primera defensa contra los refuerzos enemigos.

Eran 156 hombres y dos mujeres, la mayor parte menores de 30 años y pertenecientes a la clase trabajadora. Investigaciones históricas han revelado que solo tres pasaban de los 40, y los dos benjamines del grupo tenían escasos 17 años. Diez se dedicaban solo a estudiar y, entre ellos, había dos abogados, un médico, un dentista y una amplia gama de practicantes de oficios diversos: estibadores, mensajeros, obreros agrícolas, constructores…, y dos nunca habían asistido a la escuela. Eran el retrato joven de la Cuba que intentaban transformar.

Por eso, cuando en aquella madrugada de revelaciones e impaciencias en la Granjita Siboney, Fidel comunicó los detalles de la acción preparada en secreto, casi nadie dudó de que había llegado la hora de levantarse por una Cuba mejor; por esa madre, ternura y batea, que dejaba la piel cada día para alimentar a su prole numerosa, por el derecho del negro a no ser mirado por encima del hombro, por el anhelo de todos de vivir con dignidad, por los sueños de justicia de una generación.

Las credenciales de la entrega

Llegaron desde de La Habana, Artemisa, Mayabeque, Matanzas, Bayamo, enlazando todo el país en un gesto; cada uno con sus historias y motivos personales, hermanados en la entrega de atreverse a dejar atrás a los suyos y enfrentarse abiertamente al poder, aunque ello implicara exponer sus propias vidas lozanas y prometedoras.

Como ha trascendido, rota la sorpresa, su principal arma; rasgado el secreto, aquel amanecer no tuvo éxito inmediato, pero la sangre generosa de aquel centenar de rostros en plenitud de la vida, en su mayoría capturados y vilmente masacrados por la saña de la soldadesca enardecida y sedienta de sangre, continúa retando a los nuevos de todos los tiempos.

Aguijoneado por el dolor de su pérdida, tal vez en aquella hora, el padre de Renato Guitart revivía la espléndida sonrisa con que su hijo se despidió de él la noche anterior, diciéndole que no vendría a dormir, pues se iba con su grupo a disfrutar el carnaval; o la petición de días antes, rumbo a su vieja oficina, en la calle Aguilera: «Viejo, llevo cuatro años trabajando contigo y todavía no me has dado vacaciones: Necesito el mes de julio, pues vendrán amigos de La Habana…», y hasta la fecha marcada con lápiz rojo sobre su almanaque en la oficina: 26.

Ahora daba sentido a las llegadas tarde de su hijo, y entendería sus visitas al hotel Rex, al Perla de Cuba; su interés en casas de Sueño y otros sitios de la ciudad. Lo evocaría conspirando sin hablar del tema, soñando que Cuba tuviera una Marina Mercante y una mejor vida para sus amigos del muelle.

Su consagración a la acción en aquellos días previos fue tan alta que, para hacer frente a los preparativos, contrajo una deuda de unos mil pesos, que pagaría luego su padre, como homenaje a su ejemplo.

Como Renato, integraba aquella tropa el doctor Mario Muñoz, un médico reconocido, con una vida establecida y económicamente próspera en Matanzas, quien dejó a su mujer e hijas para venir a asaltar un cuartel en el mismo día de su cumpleaños. Entró al hospital Saturnino Lora, únicamente armado con su bata y su maletín de médico, y fue asesinado ante los ojos de sus compañeras, Melba y Haydée, mientras explicaba a sus captores que su lucha era por la vida.

También Raúl Gómez García, el poeta de esa Generación. Su voz selló la épica de aquella madrugada de uniformes recién planchados y anuncios graves en la Granjita Siboney: «Ya estamos en combate/ Por el heroico gesto de Maceo,/ Por la dulce memoria de Martí…», diría sintetizando las aspiraciones de sus compañeros.

Herido en combate en el hospital Saturnino Lora, intentó ayudar a un militar enemigo y fue apresado por la soldadesca. Un lapidario mensaje, entregado a la carrera ante la brutal certeza del final, y que luego devendría contundente denuncia, fue su último poema, su mejor crónica de aquel amanecer de horror y osadía joven: «Caí preso, tu hijo».

Con un ojo humano ensangrentado entre las manos, se presentaron un sargento y varios hombres en el calabozo donde tenían a Melba y Haydée, y mostrándolo a esta última le dijeron: «Este es de tu hermano, si tú no dices lo que él no quiso decir, le arrancaremos el otro». La valerosa muchacha contestó llena de dignidad: «Si ustedes le arrancaron un ojo y él no lo dijo, mucho menos lo diré yo».

Más tarde, las quemaron en los brazos con colillas encendidas hasta que, por último, llenos de despecho, le dijeron nuevamente a Haydée: «Ya no tienes novio porque te lo hemos matado también». Se referían a Boris Luis Santa Coloma, a quien ataron de pies y manos, le extirparon un testículo y lo torturaron hasta la muerte, sin que pudieran doblegar su valentía.

Aún resuena en la Granjita Siboney la voz de Renato, como niño con juguete nuevo ante los uniformes recién planchados: «El primero que sea para mí, y tenga los grados de sargento»; se siente el aroma de las 20 raciones de arroz y pollo, acompañadas únicamente por tres cervezas, pedidas al hotel Rex y que muchos, como Abel, no llegaron a degustar; se revive la disputa entre él y Renato por el nombre del plato: chilindrón de pollo para Abel, fricasé para Renato.

Se evoca el ir y venir de Fidel, el líder a solo 18 días de cumplir sus 27, en la encrucijada entre el deber y la tensión natural de proteger al menor de sus hermanos de sangre; la disciplina de Abel, que, aunque anhelaba combatir en la vanguardia, acató la orden de asumir la acción en el hospital, como segundo jefe del Movimiento.

A kilómetros de Santiago y de Bayamo, la impaciencia de madres en vilo que, inesperadamente, nunca volvieron a ver a sus hijos; los amores que no terminaron; los hermanos que nunca volvieron a abrazarse.

De ese calibre estaba hecha aquella juventud; su ejemplo, 73 años después, aún tira de los nuevos en pos del futuro.

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