Álvaro Valles celebra en la cara de Kylian Mbappé una parada que vale tres puntos. Autor: Tomada de As Publicado: 06/09/2026 | 05:07 pm
La Cartuja, esa mole de cemento que se alza en la llanura sevillana como un espejismo de grandeza, fue testigo anoche de una lección de fútbol que el Real Madrid no olvidará fácilmente. Era la cuarta jornada de LaLiga, el primer examen serio de la era Mourinho, y el equipo blanco llegaba con el viento a favor de un pleno de victorias. El Betis, que venía de ser humillado en el Ciutat de Valencia, se agarró a la fe de su afición y al talento de un portero que, durante noventa minutos, se convirtió en un muro de contención. Álvaro Valles no solo detuvo un penalti en el tiempo de descuento; detuvo la historia, la esperanza y el orgullo de un equipo que se creía invencible.
El partido, sin embargo, comenzó con un guion muy distinto. El Madrid, con la posesión como bandera y la presión alta como dogma, acorraló al Betis en su propia área durante los primeros compases. Arda Güler se convirtió en el director de orquesta de un ataque que parecía imparable. Primero, un pase milimétrico que Huijsen remató a bocajarro y que Valles desvió con un manotazo felino. Luego, un centro que Vinícius estrelló en el palo cuando el portero ya estaba batido. Y en el tramo final de la primera mitad, una doble ocasión de Mbappé que se topó con los defensas Natan y Bartra, como si el destino hubiera convertido a los centrales del Betis en una barrera invisible. El Madrid jugaba bien, con prontitud en los desplazamientos y frecuentes incursiones de Dumfries, pero el gol, como un amante esquivo, se negaba a llegar.
La segunda mitad fue un ejercicio de resistencia y de fe. El Betis, liderado por un Isco que parecía haber recuperado su mejor versión, empezó a equilibrar el choque. Mourinho, que había dejado a Bernardo Silva en el banquillo para apostar por la intensidad de Camavinga, vio cómo su equipo perdía el control del partido. Y entonces, en el minuto 81, el golpe llegó como un rayo en la noche. Un disparo de Natan, un rechace de Courtois, y Troy Parrott, el irlandés que había entrado para escribir su nombre en la historia, empujó el balón a la red.
Pero el drama, como las grandes tragedias, siempre guarda un as bajo la manga. En el minuto 93, Natan derribó a Vinícius en el área. Penalti. El Madrid tenía la oportunidad de salvar, al menos, un punto. Kylian Mbappé, el máximo goleador del Mundial, el hombre que había llegado a Sevilla para escribir su propia leyenda, tomó el balón. Pero enfrente estaba Valles, el portero que había estudiado cada uno de sus movimientos, que sabía que el francés había fallado sus dos últimos penaltis enviándolos fuera. Valles le susurró al oído: «Qué suerte, un penalti en el último minuto». Y entonces, cuando Mbappé disparó a la parte baja izquierda, el portero se lanzó como un felino y detuvo el balón. La parada fue un grito, una celebración, un choque de pecho que dejó al francés atónito. «Ha sido mi mejor día como jugador del Betis», declararía después Valles.
El pitido final fue un funeral para unos y una fiesta para otros. El Madrid, que había tenido ocasiones suficientes para ganar tres partidos, se marchó con las manos vacías. Mbappé, el héroe de tantas noches, se fue con la mirada perdida y el peso de un penalti fallado sobre sus hombros. Y Valles, el portero de La Rinconada, se convirtió en el dueño de la noche, con seis paradas, 2,67 goles esperados evitados y un penalti detenido que valió tres puntos. El Betis, con nueve unidades, se colocó como líder temporal de LaLiga junto al Madrid y el Barcelona. Y los merengues, que había empezado la temporada como un huracán, descubrieron que los imperios, por muy poderosos que sean, siempre tienen un talón de Aquiles. Y anoche, ese talón se llamaba Álvaro Valles.
