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Elegía a la inocencia

Más de 90 años han pasado desde el asesinato de Paquito González Cueto, pero el pueblo aún no olvida el crimen o la deshonra ante el primer pionero mártir

Autor:

Lía Hernández Pagés

Ayer lo vi pasar más vivo que nunca. Llevaba en sus manitas de hombre fuerte una flor para Julio Antonio Mella. Parecía muy pequeño entre tanta muchedumbre, como si quisiera confundirse entre los universitarios, transeúntes y maestros que cada día recorren el memorial erigido al dirigente estudiantil al pie de la Escalinata de la Universidad de La Habana.

El muchacho observaba en silencio la tumba majestuosa. A veces su mirada se perdía en un horizonte inexistente. Lucía un uniforme azul y blanco, aunque sus botas azabaches no parecían encajar con la usanza de este siglo. Entonces en un gesto rápido me sostuvo la mirada y, rápidamente, supe que se trataba de Paquito.

Otras veces lo he visto deambular por el Vedado: siempre con un nombre o un rostro diferente. Algunos insisten en que falleció a los 13 años, pero me resulta imposible imaginarlo en una tumba. Paquito González Cueto nace cada vez que un pionero, un adolescente, un joven, lo revive en sus acciones.

Así permanece joven a sus 107 primaveras, aunque la historia todavía recuerde el día que trascendió junto a la estirpe de los héroes. Han pasado 93 años desde el horror de aquella fecha, pero el pueblo aún no olvida la injusticia o la deshonra.

El derecho a la protesta 

Corría el año 1933. Los periódicos anunciaban el fin de la dictadura de Machado, pero la tiranía derrocada de su escaño, seguía reinando en la inseguridad que se apoderaba de las calles.

El Gobierno de los Cien Días había prometido restaurar la democracia. Todavía algunos crédulos esperaban ciegamente una mejora, pero mientras el poder se tambaleaba entre las medidas favorables de Guiteras y un ejército batistiano que rozaba casi el reinado absolutista, la libertad de expresión continuaba padeciendo. 

No es de extrañar que aquel 29 de septiembre, los cubanos salieran a las calles sin contar con el permiso del Estado. Iban a enterrar las cenizas de Julio Antonio Mella, el líder estudiantil que murió en extrañas circunstancias, durante su exilio en México.

El cortejo fúnebre seguido de estudiantes, comunistas y obreros avanzó ceremoniosamente hacia una casa ubicada en Reina No. 403. Todos querían despedir al joven, posar una flor sobre su féretro y rezar en voz alta por una Cuba libre, aunque las sirenas de policía que retumbaban a lo lejos, anunciaran lo fatal del desenlace.

Los velatorios no podían extenderse mucho tiempo, cualquier demora hubiese alentado a los esbirros. En un gesto rápido, se leyó el comunicado y aunque la tranquilidad aún presidía aquel encuentro, Rosario Guillaume se dispuso a resguardar la guardia de honor, conformada por pequeños militantes de la Liga de Pioneros. Entre ellos se encontraba, Paquito González Cueto. 

Era un muchacho de rostro audaz, cuyo gesto casi imitaba la seriedad de los adultos. Portaba un cartel de «Abajo el imperialismo» en el centro de su pecho y aunque conocía los peligros que enfrentaba si
desobedecía a su instructora, no vio con buenos ojos la retirada de los niños.

«Mi deber es ir aunque me maten», había dicho a su madre y mientras el resto de los pioneros permanecía oculto en una vivienda a las afueras del lugar, Paquito se las ingenió para seguir a sus mayores hacia el edificio de la Liga Antiimperialista. Desde allí partiría el héroe asesinado a su último descanso en el Parque de la Fraternidad.

El joven de 13 años se perdió en la muchedumbre. Su corazón latía al ritmo de los obreros que gritaban: «Abajo los dictadores». Otras veces había colaborado en la distribución de propaganda o ayudado en las colectas para los presos políticos, pero esta vez era diferente. Su respiración se aletargaba como si fuera la última.

En las alturas, los francotiradores observaban por la mirilla de sus armas al pueblo que entre gritos exigía su renuncia. Uno de ellos divisaba una figura endeble que parecería mecerse en un mar turbulento de personas. No podía pensar o prefirió no hacerlo.

Bastó una orden del general para que toda la Isla se sumiera en el caos primigenio, la manifestación se transformó en un campo de batalla. Los supuestos protectores del pueblo se convirtieron en verdugos y como en todas las crisis, más sangre de cubanos por cubanos derramada.

Paquito miró por primera vez  un horizonte inexistente. Aún no comenzaba el otoño y una cálida brisa veraniega le recordó al abrazo de su madre. En la distancia, la voz alterada de Rosario Guillaume lo sacaba de su ensueño. Primero escuchó los alaridos suplicantes de la población acribillada. Luego el disparo, la ráfaga y los labios cerrándose en un silencio perpetuo.

Un niño que será eterno  

Paquito no supo morir. Se descubrió desde el mismísimo instante en que el pueblo levantó, con los honores de un héroe, el cadáver diminuto del pequeño fallecido. Cientos de manos obreras acariciaron el rostro del niño que murió por amor hacia su patria, aunque una parte de su esencia nunca partió tras el entierro de su cuerpo.

Dicen que lo han visto marchar junto a Villena y Mella, cada vez que los estudiantes actuales se consagran a la lucha por la Cuba que soñaron. Otros imaginan que trascendió hacia los cielos, pero los verdaderos revolucionarios no descansan, cuando todavía es necesario batallar por la justicia.

Viven allí, donde su gente defiende más allá de las consignas el camino que labraron ofrendando hasta sus vidas. Se encuentran en el trabajador honesto, en el profesor sacrificado o en el pionero que levanta con orgullo su bandera pese a los desafíos de estos tiempos.

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