Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Paisajes que despiertan las retinas

El quehacer pictórico de este joven creador pone en evidencia la exuberancia del paisaje cubano y nos estimula a desplazarnos libremente entre los motivos más precisos de la naturaleza circundante

Autor:

Toni Piñera

Cuando un creador toma la decisión de mostrar una obra acabada, nos está lanzando al rostro un desafío. Una apasionante aventura estética da entonces comienzo. Aventura, subrayo, porque lleva en sí misma todas las expectativas de un hallazgo inesperado.

Así es la historia en el joven artista Yaciel Martínez Sánchez (Pinar del Río, 1978). Lo que sorprendió desde su primera obra dedicada al paisaje, hace poco más de seis años, luego de incursionar por un tiempo en la figuración, fueron los diversos recursos utilizados para componer un universo. La sintaxis de su lenguaje pictórico, lejos de romperse, se enriquece cada día con formas tomadas de una realidad más evidente.

El paisaje resulta un género bastante reciente en el proceso histórico de las artes plásticas, ya que no fue hasta el siglo XVII, en Holanda, que alcanzó esplendor como temática, al dejar de ser un complemento de escenas de otros temas. En Cuba sus inicios datan del siglo XVIII. En nuestra Isla, dotada por una naturaleza de los más variados y exóticos parajes, iluminados por la radiante luz del trópico, que por momentos se ensombrece dramáticamente por las tormentas características del clima, el género tiene sólida vigencia y es tratado por muchos creadores de diversas maneras.

Para conocer un poco más su excelencia en el paisaje, es importante señalar que el tema central de Yaciel Martínez está dado por la tierra. Universal y local al mismo tiempo; macro y micro. La tierra como lugar de pertenencia, como nos recuerda el Génesis. Pero es, también, la tierra particular del lugar de nacimiento, de los días de la infancia y —tal vez— del reposo final.

Para él, su pueblo natal en Pinar del Río, es un hecho concreto que anida en todas las vivencias. Desde allí catapultó el talento para siluetear sus paisajes que despiertan las retinas, para entablar de manera rápida un diálogo-atracción desde la primera mirada, como sucedió en la muestra Todavía amanece gratis, que el creador expuso hace algún tiempo en la galería La Acacia, como resultado del premio que ganó en el Concurso de Paisaje, convocado por esa institución de Génesis, Galerías de Arte.

En cada una de sus piezas, desde un marcado hiperrealismo matizado por un sinfín de detalles que parecen «bordados» con precisión en la tela, se pone en evidencia la exuberancia del paisaje cubano. Son como juegos de disolvencias y aproximaciones que el creador entrega desde diversos puntos de observación, para que la vista se desplace libremente entre los motivos más precisos de la naturaleza circundante.

En otras, sobresale ese extra con un acento particular (lo simbólico, ilusorio, topológico, lo real en sus más variadas acepciones…) en las que desarrolla sus metáforas sobre la tierra, manteniendo una vivencia esencial del paisaje. Allí está todo: la luz, el espacio y el tiempo (ambos inabarcables), el cielo y… el infinito.

La obra de este joven artista se inscribe, pues, entre la de los buenos paisajistas del patio. Con mano diestra «dibuja» el paisaje que aparece internalizado; asumido en una integridad Hombre-Tierra que supone ya no recrear sentidos dados o interpretarlos, sino crearlos.

Y la verdadera laboriosidad del autodidacta Yaciel está en dar imagen plástica a esa vivencia tan honda que lo posee y que logra corporizar en su obra de manera que se haga presente en los demás. No hay duda de que existe en sus adentros un sentimiento-amor muy vivo por el tema, y es este el motor impulsor que le permite replantear desde una perspectiva actual la comunión entre el hombre y la naturaleza.

El diálogo, entonces, con sus creaciones (óleos sobre tela) posee una riqueza especial en cuanto nos sitúa en un terreno privilegiado para la exploración. Como todo cuadro que tiene una raíz poética —y no cabe dudas de que el lirismo aflora en cada «nervio» de su quehacer pictórico— es ventana abierta, nada más estimulante que penetrar por una de esas que el artista pinta, con la expectación de encontrarnos con lo maravilloso. La poesía define, en última instancia, una obra que comienza siendo concebida no con palabras sino con grafismos, manchas, juegos de colores, dibujo, y mucho talento.

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