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Las pequeñas cosas que hacen grande la vida de Manuel

Manuel Hernández, Manuel de Matanzas y del dedeté cumplió 80 años. El tiempo no ha borrado, ni ha cambiado, la forma de pensar y de asumir la vida de este pequeño gigante de la gráfica

Autor:

Jorge Alberto Piñero (JAPE)

Hace años, 20 años exactamente, entrevisté a Manuel Hernández, el querido Manuel de Matanzas, del dedeté, de todos… porque celebrábamos con mucha alegría su arribo a las seis décadas de vida.

Hace ahora apenas unos días, el 2 de enero, ese mismo, pero más inmenso Manuel, cumplió 80 años. El tiempo no ha borrado, ni ha cambiado, la forma de pensar y de asumir la vida de este pequeño gigante de la gráfica y el arte cubano.

Manuel comenzó a hacer caricaturas desde muy joven, cuando estaba en el Servicio Militar. Al licenciarse, el dedeté fue su casa de siempre. Llegó el retiro y regresó a su Matanzas natal. Aunque en los últimos lustros dedicó mucho más de su tiempo a la cerámica y la pintura, nunca dejó de hacer caricaturas.

—¿Por qué?

—Por el rigor del trabajo. La caricatura prescinde de la labor constante. Es un proceso difícil que si te separas del medio puedes perder el olfato. Es algo incontrolable: presientes que hay un buen chiste, que está en un lugar, y que hay que hacerlo. Así es de compleja la caricatura. En otra modalidad la creación es la felicidad. La caricatura es un látigo. Solo la disfrutas cuando está hecha.

—¿Y ahora cómo ves esa relación de la caricatura con tu vida?

—Es fundamental. Es la formación. La medida de tener un concepto real y profundo de la realidad y la sociedad. La caricatura es participante y protagonista de mi vida. Me siento privilegiado por haber contado siempre con un espacio en los medios donde mostrar mi trabajo. Ha sido mi mayor compromiso.

—¿Y la pintura, la cerámica, la han desplazado?

—Son cosas diferentes. Esas no te llevan a compromisos sociales inmediatos. De igual forma requieren de gran responsabilidad, pero la dinámica es distinta.

«La cerámica es un juego. Pintar es el relajamiento, donde te puedes recrear… aunque a veces el cuadro te arremete, te ataca. La caricatura es una lucha constante. Un enfrentamiento para el que se requiere un fuerte poder intelectual. Cada una tiene su espacio, y a la vez ellas se alimentan entre sí.

—¿Qué papel le asignas a la caricatura en el mundo actual?

—El humor es fundamental, algo que hay que cuidar y darle protagonismo y fuerza. No se debe dejar al margen. No siempre tenemos a mano alguien con ojo agudo, capaz de ver lo más complejo de la sociedad. No se puede dejar perder a un solo humorista, aun en nuestro país donde hay tantos y tan buenos.

—¿Qué es lo que más disfrutas fuera de la creación?

—Pescar, leer, estar con los amigos, ver televisión… No soy exigente. Las pequeñas cosas hacen una gran cosa que es la vida. En la vida siempre hay que buscar, y tengo más de lo que me pertenece. No he perdido la capacidad de sorprenderme y no soy ambicioso. Vengo de la tierra. Nunca cambiaré mi espiritualidad por confort. Soy incapaz de trabajar en otro sitio que no sea mi lugar, mi país.

—¿Qué recuerdas como lo más importante que te haya sucedido a lo largo de todos estos años?

—La primera vez que publiqué algo en un periódico. Fue mágico aparecer en las páginas de Juventud Rebelde, de Palante… No suelo discernir entre lo bueno y lo malo que me ha pasado. Al final siempre son más las cosas agradables. El mundo del periódico y la caricatura es inigualable y compensa todo lo malo que te pueda pasar. Es un desquite. No se pueden separar vivencias ni etapas. Es solo un gran camino. Como un largo día.

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