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Diez videos musicales para volver a ver (+ Videos)

Para participar en la reunión donde se eligen los nominados a los premios Lucas de este año (el día 20 se devela la lista oficial) tuve que ver centenares de videoclips, y solo estos me sedujeron casi por completo

Autor:

Joel del Río

En lugar de afirmar tácitamente que son los diez mejores del año, debiera empezar confesando que solo se trata de los que más me impresionaron a mí, y que no pretendo convencer a nadie de que los adopte. Para participar en la reunión donde se eligen los nominados a los premios Lucas de este año (el día 20 se devela la lista oficial) tuve que ver centenares de videoclips, y solo estos me sedujeron casi por completo. Cuando se publiquen los nombres de los elegidos por el jurado, se podrán comprobar oponencias y asonancias, porque por el momento solo hablo de mi decena preferida, más allá de espectacularidades vacuas, algunos pueden parecer presentaciones en power point, pero lograron la emoción, inteligencia o belleza que uno suele pedirles a los mejores audiovisuales.

Impresionantes, vinculados con conceptos que estimulan la inteligencia y la sensibilidad del espectador en lugar de embotarlas, con un delicado sentido del inserto en un corto de perfil documental, y en blanco y negro, me parecieron Manteca 2.0, de Amén Perugorría, con Yerba Buena, Van  Van y Alain Pérez, entre otros, y Sonatonga, de Pablo Massip, con el director de orquesta Roberto Valera, en plena faena. El primero rinde homenaje al célebre Chano Pozo, mientras se recrea en las casi siempre placenteras y sugestivas imágenes del barrio de Cayo Hueso en la actualidad, y concluye en Norteamérica, para refrendar el recorrido del rumbero famoso. Maravilla la ausencia de glamour impostado o de coristas miradas con ojos sexistas (aunque aparece muchísima gente bailando con desbordante sabrosura), solo la vida con sus pequeños milagros y los personajes propios de un barrio obrero, filmados con una cámara apostada a describir los mejores encuadres, composiciones y movimientos.

Manteca 2.0, de Amén Perugorría.

El maestro Roberto Varela dirige su orquesta y los violines parecen animados por las manos de músicos invisibles, a la manera de aquel memorable experimento titulado Fantasía, de Walt Disney, mientras se insertan imágenes inspiradas en La primera carga al machete o El acorazado Potemkin. Tal vez el grupo de bailarines, y la sayita rosada que se inserta en postproducción, resultan desbordes ante tantos y tan diversos enriquecimientos como los ya mencionados, pero la brillante, acompasada, edición de Daniel Diez Jr. ensambla a la perfección todos los fragmentos en un todo brillantemente orgánico.

Desde el año pasado, e incluso desde antes, la animación para adultos viene ganando terreno en los premios Lucas. Ahora vuelve a percibirse el impacto con los absolutamente distintos Recorto mi sombra, de Ivette Ávila, con Lindiana Murphy, y Oda al plagio, de Alejandro Armada, con Gape (Yunier
Pérez), un antisolemne trovador cuyas visibles influencias son reconocidas, confesadas, con irónico y posmoderno desparpajo que se edifica sobre el principio de que no siempre es lo mismo todo lo que es igual. Simpático y delirante, el video recupera un espíritu humorístico y juguetón en las antípodas del tono recreado en Recorto mi sombra, alegoría a la máscara y al simulacro, que son al parecer las esencias temáticas de una obra con regusto kafkiano, y muy vinculada formalmente con el videoarte y el collage. Ávila demuestra otra vez su categoría de creadora todoterreno, pues no solo dirigió y escribió el guion, sino que también se ocupó de la dirección de arte y de la animación de stop motion.

Cerca de la trova y la llamada canción inteligente se mueven también los videos musicales de Buena Fe (El hipopótamo, de Leandro de la Rosa) y Raúl Paz (Los hijos, que el cantautor también dirige), Jotabarrioz (A mí no me gusta el reguetón, de Felo) y Vicente Trigo (Salto de fe, realizado a cuatro manos por Leandro de la Rosa y Omar Leyva). Este último se atiene a un único efecto especial de posproducción, ese que les confiere a las imágenes reales una textura de cuadro impresionista, concebido a base de pinceladas de color y manchas luminosas, perfectamente adecuado a una canción que reconoce la vida que se vive, la desgastante cotidianidad, donde a veces apenas alcanza el aire para dar el imprescindible salto de fe. Es muy hermoso el video, sobre todo por la belleza imprescindible que sugiere y atrapa entre luces titilantes.

Más festivos y abiertamente narrativos, en tanto recrean situaciones concretas más que estados del alma, son A mí no me gusta el reguetón y El hipopótamo, este último con la recreación humorística, más que imaginativa, puesta en escena de un momento escabroso entre padres e hijos, mientras que el primero se trata de un ejemplo brillante de metaficción, en tanto reflexiona, comenta e incluso parodia gustosamente mil y un videos de reguetón, con sus colorines, su erotismo facilón y sexista,  sus bailarinas y cantantes procaces o de una concupiscencia más pretenciosa que subversiva. Adoré el valor de Jotabarrioz para explicar en detalle, y con sólidos argumentos, las razones de su desagrado, en una época donde casi todos decidimos replegarnos ante la arrasadora ventaja de la mayoría reguetonera.

Raúl Paz se mantuvo fiel al video musical de autor e integró en un solo plano secuencia recuerdos entrañables de sus hijos, fotografiados con diferentes edades, junto con las instantáneas de otros padres y otros hijos, compilados de las redes sociales; fotos y brevísimos
videos aparecen unidos por una especie de cordón umbilical que excede por completo la estructura del álbum de fotos para devenir introspección
abstraída, cavilación devenida imagen y sonido sobre la felicidad, la eternidad, el paso del tiempo, la trascendencia de una vida prodigada en la descesdencia… todo eso en tres minutos y medio.

Imposible culminar esta selección sumaria sin hacer referencia a otros géneros musicales, que no solo de trova y canción vive la gente. El pianista Roberto Fonseca volvió a favorecer la realización de un buen video con su música, se trata de Baila, mulata, de Daniel Arévalo, quien recurre al sempiterno encanto de la nostalgia y lo retro con un asombroso conocimiento de causa, como si ya hubiera hecho por lo menos un par de largometrajes retro, seductores y románticos. Malaka, la actriz y cantante especializada en música urbana, y que impactó por la calidad de sus videos el año pasado, repite con Heidy, de David Cruz, el director de fotografía que refuerza, por supuesto, lo que mejor sabe hacer y apuesta por la virtud del plano secuencia para componer y recomponer los espacios de un extraño bar, poblado de seres medio zombis y medio momias, sin renunciar a una suerte de erotismo empoderado que suele caracterizar otras piezas de Malaka.

Aparte de los diez antes mencionados, hay que señalar lo mucho y muy bien que trabajó Leandro de la Rosa, además de El hipopótamo y Salto de fe, también concursaba Café, con Buena Fe, sobre un romance otoñal al que dan vida dos intérpretes tan reconocidos como Félix Beatón y Nieves Riovalles; y merecen por lo menos una mención especial La historia del ángel, de Altinay Martínez, con Lester Domínguez, y Pecado original, codirigido por Danilo París y Patry White, con interpretación de ella. Ambos resisten la prueba de ser vistos varias veces con agrado, al igual que los otros aquí seleccionados y otros pocos que no tuve espacio para comentar. Estos pocos resultan ser paradas de reposo y aliento en ese viaje a través del vacío intelectual, sensorial y emocional que con frecuencia emprende el video musical cubano.

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