Más allá de los anecdótico, el conjunto completo de estas memorias nos permite reconstruir el clima intelectual y político que ayuda a entender cómo se ha pensado y ejercido el periodismo en Cuba tras el triunfo de la Revolución. Autor: TV Yumurí Publicado: 14/08/2026 | 07:09 pm
La partida física del líder de la Revolución Cubana tiene su prueba irrecusable en una humilde piedra de granito en el cementerio Santa Ifigenia en Santiago de Cuba, pero a sus enemigos aquellas sagradas cenizas no sirven de mucho, la gran pregunta que les atormentará siempre, incluyendo en el año del Centenario, es si definitivamente estará muerto.
La interrogante de quienes tantas veces intentaron asesinarlo no es para nada supersticiosa, como afirmé en el aniversario sesenta de la entrevista entre el reportero y editorialista del New York Times, Herbert Matthews, y el entonces líder rebelde en la Sierra Maestra, así como de la aparición en dicho diario del material que, burlando las mentiras y la férrea censura de prensa de la dictadura de Fulgencio Batista, anunció que Fidel estaba vivo y combatía con su ejército guerrillero tras el desembarco del yate Granma y de la derrota de Alegría de Pío.
Cuando el 24 de febrero de 1957 se leía en la portada del Times que «Fidel Castro, el jefe de la juventud cubana, está vivo y peleando duro y exitosamente en los inhóspitos y casi impenetrables parajes de la Sierra Maestra, al extremo sur de la Isla», el suceso marcaría como un signo la existencia del líder revolucionario más influyente del siglo XX, se desmentía la primera de todas sus muertes, o de sus singulares nunca muertes.
Fue en ese diálogo que el Comandante revolucionario comenzó a usar su firma de puño y letra como prueba de vida. Tras las casi dos horas que duró el encuentro, el columnista norteamericano, visiblemente satisfecho, le pidió que firmara la libreta de notas para darle autenticidad a los datos, el Jefe Rebelde no sólo accedió a la petición, sino que agregó la fecha del histórico momento, una práctica que se hizo común a lo largo de su vida, especialmente en sus reflexiones y notas en la prensa.
Aquel encuentro en las lomas orientales ofrece señales sobre el valor que ofreció desde antes de aquel episodio, y a lo largo de sus luchas, a la prensa, al periodismo y la comunicación, y muy especialmente de cómo en circunstancias excepcionales se apoyó genialmente, además de en la cubana, en la norteamericana y de otras latitudes para desmontar mentiras, manipulaciones, o alcanzar grandes propósitos.
Pasado tanto tiempo de aquella entrevista histórica en la Sierra Maestra y en este 2026 de su Centenario, es como si Matthews nos revelara, a cintillo gigante, que no importa cuán cierto sea que las cenizas del Comandante Rebelde se encuentren al amparo de una piedra de granito en Santiago de Cuba, lo imposible es que esté definitivamente muerto. Esa es la mística sensación que estimula este texto, cuando uno logra sobreponerse a los sentimientos que provoca repasar cada relato narrado por colegas que tuvieron el privilegio de compartir más cercanamente sus luchas y sus ideas.
Si desde aquella entrevista histórica en la Sierra Maestra hasta el 25 de noviembre de 2016 su firma daba fe de la existencia de Fidel, con este libro se descubre que desde ahora será el pueblo, al que pertenecen quienes tuvieron el privilegio de que les pidiera considerarlo como uno de ellos, quien lo salve siempre con sus actos y lo ubique en condición de inmortalidad. Para ello el líder de la Generación del Centenario escogió, casi como el cristiano sacrificio, ascender adonde no todos quieren ni pueden llegar, aunque lo intenten: las alturas de los pobres de la tierra.
Las historias narradas en este libro brindan el testimonio de esa elevación milagrosa, que no ocurrió a última hora, mientras su cuerpo volvía convertido en cenizas en la caravana que recordaba a la de la Libertad por más de mil ciento veinte kilómetros desde la capital hasta la ciudad indómita, sino cuando se trasladó de la cuna de oro en que nació al pesebre, y como el Apóstol de sus revelaciones, comenzó a echar su suerte con los pobres de la tierra. Sólo algo así puede explicar los conmovedores relatos de este libro.
No hay en estas estampas a coro de sus colegas fanatismo altisonante, o sentimentalismo con tintes propagandísticos, sino la narración, como en cortos impactantes, de toda una existencia. Cada secuencia aporta los planos totales de la significación de la vida de un revolucionario ubicado en un lugar privilegiado en el liderazgo de su pueblo.
La artillería pesada no se limita a reunir anécdotas ni un simple compendio de testimonios ordenados en base a los intereses de los editores, sino una enjundiosa obra de memoria, una elaboración coral donde la experiencia individual se vuelve sedimento histórico y donde la vivencia de cada protagonista se integra a una narrativa mayor sobre el periodismo cubano, sus desafíos, sus responsabilidades y su profunda vocación de servicio dentro de una de las revoluciones más apasionantes, radicales, complejas y contradictorias de este mundo.
Los relatos, preciosos, estimulantes y sencillos tienen, en su capacidad para humanizar la historia, una cualidad muy distintiva. No es el héroe recurrente encima de los pedestales sino a flor de la gente, no por más cercano, menos respetable, admirable y social y políticamente volcánico.
El Fidel que se nos devela el recuerdo de cada colega no es una figura distante o monumental, sino un interlocutor cercano, exigente, curioso, acucioso, atento a los detalles por los que va tejiéndose la historia. En la que aparece aquí se nos mezclan el líder político relevante con el lector de la prensa y de literatura, el hombre que siente los deslumbramientos del amor y de la poesía y que sabe del valor de la delicadeza de una flor, el crítico agudo de la obra política y de las circunstancias internacionales en que debe actuar y proyectarse y el participante activo, no pocas veces central, en los procesos comunicativos.
Esa cercanía no elimina la dimensión histórica de Fidel, más bien la complejiza. Nos permite verlo en situaciones concretas, en momentos específicos, en interacciones que revelan aspectos menos visibles de su personalidad. Y, al hacerlo, enriquece nuestra comprensión no solo del líder, sino del contexto en el que se desarrollaron estas experiencias.
Entre los aspectos más interesantes del texto están las evidencias de la relación entre periodismo y poder desde una perspectiva distinta a la que suele predominar en otros contextos. Una relación y una perspectiva que estamos obligados a profundizar para mejor suerte de las revoluciones y el socialismo como ideal de emancipación humano. No se trata de una relación de subordinación mecánica, ni de confrontación permanente, sino de un diálogo complejo, dinámico, a veces tenso, pero siempre marcado por la conciencia de que la información y la comunicación constituyen un bien muy preciado para el destino de los pueblos.
Aunque muy alejado de pretensiones ensayísticas, en su simpleza, tan honda como relampagueante, se puede sentir una invitación a pensar con más detenimiento sobre el lugar que ha ocupado el periodismo en la historia de Cuba, el modo en que ha dialogado con el poder -aunque sea el poder de una Revolución- y la manera en que el oficio ha debido responder, una y otra vez, a circunstancias extraordinarias, sin renunciar a su sentido esencial, intentando siempre -autocríticamente-, superarse para no quedar por debajo de su misión dentro de un proyecto histórico descomunal.
Ese diálogo se expresa en múltiples formas: en la elaboración de editoriales, en la discusión de enfoques, en la construcción colectiva de contenidos. Se expresa también en la capacidad de escuchar, de argumentar, de convencer. Los testimonios que pueblan el texto muestran que para Fidel el periodismo, en este contexto, no era un espacio de repetición, ni instrumento pasajero de una maquinaria de propaganda, sino de elaboración, de construcción, de debate.
Otro ángulo relevante que se descubre por sobre lo anecdótico es la implícita ética del periodismo. Una ética que no se presenta como un conjunto de normas abstractas, sino como una práctica concreta. Una ética que se construye en la toma de decisiones, en la manera de abordar los temas, en la responsabilidad de informar sin distorsionar, sin simplificar, sin ceder a la superficialidad.
En un mundo en el que la información circula a la velocidad y capacidad de misiles balísticos de alta precisión y donde la desinformación se ha convertido en un problema global, este libro nos recuerda que el periodismo no puede renunciar a su función esencial de contribuir a la comprensión de la realidad ni a sembrar ideas, sembrar conciencia, para cambiarla, frente a los riesgos crecientes a la simplificación, la banalización y la pérdida de profundidad.
Cuando se repasan todas las páginas y todos los relatos y dudas se habrá descubierto, de la interacción con Fidel, a colegas que hicieron su labor en redacciones tensas, en coberturas decisivas, en jornadas largas donde cada palabra importaba y donde cada decisión podía tener consecuencias sobre la opinión pública nacional o internacional, la vida institucional o la comprensión misma de los acontecimientos. Se descubre, junto a la dimensión cotidiana de la profesión, su espesor humano y relevancia intelectual, que debe huir, como el diablo a la cruz, del hedor instrumental. Un periodismo que, en el caso cubano, se enlaza con momentos fundacionales y los más perdurables y definitorios de la nación, donde la prensa fue arma de combate, medio de esclarecimiento y discernimiento y vehículo de movilización.
La cercanía a Fidel no admitía el aprendizaje lineal o cómodo, sino en condiciones reales, muchas veces extenuantes e intensas, a veces adversas. Había que aprender a preguntar, y a preguntarse, cuando la respuesta no estaba disponible. Aprender a escuchar cuando el tiempo escasea. Aprender a escribir con claridad cuando la confusión amenaza con imponerse. Aprender que el periodismo es también una disciplina de la responsabilidad, una práctica que exige rigor, sensibilidad y capacidad de discernimiento.
También se nos muestra que el periodismo no es la obra de talentos aislados ni una suma de gestos individuales desconectados. Se trata de un trabajo colectivo, sostenido por redacciones, equipos, debates internos, colaboraciones y procesos de construcción compartida. La escuela política y de periodismo y comunicación de Fidel enseña que los llaneros solitarios son cosa del pasado, incluso del fracaso, que detrás de cada texto debe existir conversación, contraste, intercambio, deliberación y un esfuerzo común y coordinado por alcanzar la mayor precisión posible, que devendrá en el mayor alcance.
El periodista que interactúa con Fidel no es un simple espectador, sino alguien que interpreta, organiza, pregunta, jerarquiza y decide, obligado a responder no solo por lo que publica, sino también por cómo, cuándo y desde qué horizonte se hace.
Se trata de historias de profesionales que cargan con el peso de la noticia, con la presión de los plazos, con la conciencia de que una nota, una entrevista o un editorial pueden contribuir a iluminar un problema o, por el contrario, a oscurecerlo. Esa responsabilidad no se plantea como una abstracción moral, sino como una experiencia concreta del trabajo cotidiano. La ética profesional demostrada en medio de conflictos reales.
Más allá de los anecdótico, el conjunto completo de estas memorias nos permite reconstruir el clima intelectual y político que ayuda a entender cómo se ha pensado y ejercido el periodismo en Cuba tras el triunfo de la Revolución. Un periodismo que no debe conformarse con reproducir versiones, sino que las examina; que no se limita a narrar hechos, sino que debe intentar situarlos; que no renuncia a la sensibilidad, pero tampoco al análisis. Esa postura resulta especialmente relevante en un contexto global donde la desinformación, la banalización del debate público y la precarización de los medios amenazan con vaciar de contenido la labor periodística. Frente a ese escenario, la obra reivindica una concepción exigente de la profesión, un periodismo que junto a informar moviliza el ejercicio de pensar. Ese es el calibre verdadero de esta artillería pesada.
*Columnista, presidente de la Unión de Periodistas de Cuba
