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Los libros, la vida, la eterna batalla

Al centenario del Líder Histórico de la Revolución Cubana se dedicó este año la Feria Internacional del Libro, evento de profunda raigambre popular que el Comandante en Jefe auspició y promovió con ahínco siempre, como lector empedernido y genio político e intelectual revolucionario de dimensión universal

Autor:

Katiuska Blanco

«A mí me gusta la descripción de la batalla de Waterloo», me dijo Fidel en tono admirado de las palabras que el francés Víctor Hugo había enhebrado con minuciosidad para crear una atmósfera y narrar un acontecimiento de la historia en forma rediviva.

Conversábamos sobre numerosos temas aquella tarde-noche de 1994, pero en especial, sobre libros. Sus zancadas de uno a otro lado y la expresión: «Las ideas se desarrollan, Katiuska, las ideas se desarrollan», marcaban la celeridad o lentitud de las horas en su despacho del Palacio de la Revolución.

Recuerdo que me habló de la maravillosa colección venezolana Ayacucho, de la idea de crear bibliotecas familiares o entregar una buena selección de libros a personas que no los abandonaran en las estanterías llenos de polvo, sino que leyeran sus páginas con verdadera devoción —por cierto, me pidió preparar una lista con propuestas de destinatarios—; de las cartas de José Martí, en especial de la que es considerada su testamento político y escrita a su amigo Manuel Mercado donde define el fin antimperialista de todo cuanto ha hecho; del libro Bolívar, primeros pasos hacia la universalidad, escrito por un diplomático cubano que él admiraba: Francisco Pividal, y de Las lanzas coloradas, una novela reveladora de Arturo Uslar Pietri. 

Recién había salido de las imprentas el libro Noticias de un secuestro —título que en días posteriores me hizo llegar con uno de sus escoltas a la sede del diario Granma, donde yo trabajaba— una obra de su amigo Gabriel García Márquez, basada en testimonios de acontecimientos que estremecían a la hermana nación colombiana, a partir de cuyo recuento, Fidel confesó que coincidía con el Nobel de Literatura en la definición de realismo mágico y también en su planteamiento referido a que es tan sorprendente la realidad de los pueblos de Nuestra América que los escritores, en verdad, no tienen que inventar temas o historias, sino asumir el reto  de narrarlas de forma verosímil. También Fidel apoyaba al Gabo en una teoría de escritura de las palabras desde la fonética, algo que, para numerosos catedráticos de entonces, constituía un verdadero sacrilegio. Poco después me envió, primorosamente dedicada, la edición cubana de Del amor y otros demonios, novela garciamarquiana de la cual, a solicitud de su autor, Fidel leyó los originales y como excelente editor, señaló imprecisiones que Gabo enmendó más tarde con imágenes insólitas absolutamente creíbles.

De Ernest Hemingway había leído numerosas novelas, pero mencionó especialmente Por quién doblan las campanas, donde aprendió la sicología de los guerrilleros en la retaguardia de una contienda.

Cuando Fidel me preguntó sobre la parte que prefería de la novela Los miserables revelé que había llorado mucho al final, cuando Cosette se aleja de quien había sido como un padre para ella, el exconvicto Jean Valjean. Fidel quedó pensativo y mirándome agregó: «¡Mira eso! ¡Yo estaba en las grandes batallas de la historia y tú en el drama humano!». Confieso que entonces no conseguí comprenderlo del todo. Cuando pasó el tiempo fue que aquilaté hasta qué punto había valorado mis sentimientos, porque lo que él llamaba «el drama humano» fue siempre el motivo esencial de inspiración de sus luchas, resolver el drama colectivo, lograr cambiar definitivamente la situación precaria y de sufrimiento de una sociedad entera, de la humanidad toda, pero también de cada uno de los seres humanos que la integran; remediar el drama humano que viven los oprimidos fue realmente la fuerza, el motor y la esencia subversiva y profundamente radical de la eterna batalla, tal como denominaba Volodia Teitelboim a las resistencias en cualquier latitud del planeta, a la lucha de clases, a las luchas de los pueblos contra el sistema capitalista, contra el colonialismo, el neocolonialismo, el imperialismo, el racismo, la barbarie, la incivilización, el fascismo.

Al centenario de Fidel Castro Ruz, líder de la Revolución Cubana, se dedica este año la Feria Internacional del Libro de La Habana (FILH), evento de profunda raigambre popular que Fidel auspició y promovió con ahínco siempre, incluso en momentos verdaderamente difíciles desde el punto de vista de los recursos para su realización. Este es probablemente
uno de los más hermosos homenajes que el Comandante guerrillero recibirá, el que tanto merece como lector empedernido, como genio político e intelectual revolucionario de dimensión universal, como defensor de la cultura, el pensamiento crítico y las ideas nobles (...), él como inmensidad histórica cubana, latinoamericana y caribeña, tal como lo definió el ilustre dominicano Juan Bosch.

Fidel, en el ejercicio de su liderazgo revolucionario fue un prominente pensador, escritor, periodista, editor, impresor, promotor cultural y orador. Su obra —en la que ocupa un lugar descollante su alegato La historia me absolverá— es no solo extensa, sino abarcadora, profunda y bella, concebida perennemente para la tarea magna revolucionaria que hay que realizar en Cuba y el mundo.

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, cuyo protagonista es justiciero y deshacedor de entuertos, del español Miguel de Cervantes y Saavedra, era una de sus obras preferidas, tanto como las famosas biografías de Stephan Zweig, y la novela La guerra y la paz, de León Tolstoi, que recomendó leyera sin falta.

En la Introducción a la biografía Fidel escribí sobre la afición y la importancia que Fidel concedía a la escritura y la lectura, y mencioné una frase de Zweig, muy a propósito si se trataba de escribir sobre el Comandante, una vida, pensamiento y obra difícilmente abarcables no solo por la larga existencia, sino y, sobre todo, por la hondura intensa de lo vivido, pensado y expresado: «Nada hay más excelente que una verdad que parece inverosímil». Y apunté: «A Fidel no le gustaban los manuales, las visiones fragmentadas y rígidas, las lecturas repetitivas o epidérmicas sobre asuntos de la sociedad, hechos de la historia o experiencias y días de ilustres. Era un apasionado de las biografías noveladas, las memorias y autobiografías; recuentos que no solo abarcaran los hechos en sí mismos, los procesos de forma conceptual, sino y en esencia, los que incluían la visión humana, relatos que no olvidaran los pasajes cotidianos, sinsabores, contradicciones y sentimientos, influencias insólitas, costumbres, hechos inesperados o, incluso, el papel del azar, la naturaleza y el clima, en el desarrollo de la civilización humana y sus figuras más prominentes».

Siempre he considerado que Fidel era un escritor como Balzac en el sentido profuso y nocturno de sus creaciones y luego, en las amanecidas, delicado y concienzudo en la edición de lo escrito.

«La perspectiva, el enfoque o manera de interpretar en Fidel es compleja y complementaria, integradora; se funden en su mirada y también en sus propias escrituras, sencillez expresiva y calado conceptual.

«… Fidel creía en la posibilidad de los libros urgentes, que de forma cristalina y sencilla salen al ruedo de las luchas sociales para llevar una verdad y así, crear conciencia, articular esfuerzos, movilizar muchedumbres en pro de una idea noble, de una idea justa». En los tiempos que corren, de creciente amenaza imperial, esta Feria dedicada al centenario de Fidel también lo ha sido, convertida, como la cultura misma, en espada y escudo de la nación.

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