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El día del Diego

En el mediodía del Estadio Azteca, en un día de verano de 1986, Diego Armando Maradona transformó el césped en un altar de justicia poética

Autor:

Ruben Darío García Caballero

La mañana del 22 de junio de 1986, el Estadio Azteca no era un estadio: era un volcán a punto de reventar en el mediodía mexicano. Ciento catorce mil personas se apiñaban en sus gradas bajo un calor superior a los treinta grados, pero nadie sentía el sol. Sentían la electricidad de un partido que empezó a jugarse cuatro años antes, en las aguas heladas del Atlántico Sur. La guerra de las Malvinas había dejado 649 muertos y una herida abierta que no cerraba con discursos diplomáticos; necesitaba un ritual, un mito, una venganza que no devolviera las islas pero que restaurara la dignidad. El campo de juego del Azteca era deplorable, la pelota picaba y el Gordo la llevaba al pie como solo él podía hacerlo. Ese mismo césped maldito para los ingleses se convirtió en el altar donde Diego Armando Maradona, un pibe de Villa Fiorito de apenas un metro sesenta y cinco, transformaría el duelo deportivo en un ajuste de cuentas con la historia.

En los días previos, el fútbol había arrastrado a la geopolítica hasta el borde del abismo. Ocho senadores del Partido Justicialista solicitaron formalmente que la Selección no se presentara a jugar; un diputado llegó a pedir por escrito al canciller el regreso de los jugadores a casa. El diario mexicano Excélsior publicitaba el encuentro como «la segunda versión de la guerra de las Malvinas», provocación que desató un reclamo oficial de la AFA y un amago de crisis diplomática. Mientras tanto, en la concentración argentina, los jugadores fumaban y tomaban mate. Garré, que debía ser titular, se quedó fuera por una amarilla mal anotada; Olarticoechea ocupó su lugar y salvó el empate inglés «con la nuca de Dios». Bilardo dormía dos horas por tarde, entre las dos y las cuatro, y le pedía a Pachamé que le cubriera las espaldas. El plantel desayunó Coca Cola, escuchó a Bonnie Tyler en el micro y Maradona, que nunca daba arengas, esa mañana sí lo hizo: sabía que el fútbol, ese opio maravilloso, estaba a punto de ser también un fusil.

El primer gol fue un robo perfecto, una estocada de pillería que en cualquier calle de Buenos Aires se habría celebrado como una victoria moral. A los 51 minutos, un despeje fallido de Steve Hodge elevó la pelota hacia el área; Maradona saltó junto a Peter Shilton, un gigante que de niño se colgaba de las escaleras para estirarse los brazos, y con el puño izquierdo —cerrado como un secreto— desvió el balón al fondo de la red. Lo que siguió fue un instante suspendido en el que Alí Bin Nasser, un árbitro tunecino que había soñado la noche anterior que se torcía el tobillo y era reemplazado por su madre, no vio nada. O fingió no ver. O Dios, en un arranque de ironía, le cerró los ojos. «Fue un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de Dios», declaró el astro en la zona mixta, y en esa frase bautizó para siempre el mito.

Pero la verdadera obra de arte llegó apenas cuatro minutos después, y fue tan bella que hizo olvidar la trampa. Maradona recibió de Héctor Enrique diez metros dentro de su propio campo, giró como un trompo endiablado y comenzó una carrera que duró diez segundos y seis décimas, en la que tocó la pelota doce veces y dejó a cinco ingleses tirados por el camino: primero a Beardsley, luego a Reid, dos veces a Butcher, luego a Fenwick y, por último, al portero Shilton, al que amagó y desparramó con un quiebre de cintura antes de empujar la pelota a la red. Mientras corría, Víctor Hugo Morales lanzaba al éter su relato inmortal: «La va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial… barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?». Aquel gol, que la FIFA declararía el Gol del Siglo, no fue solo una proeza atlética: fue un milagro tallado en el barro, una coreografía imposible sobre un terreno irregular donde la pelota botaba como una rana loca y solo él podía domarla.

Argentina ganó 2-1. A las calles de Buenos Aires, de Rosario, de Córdoba, de los pueblos más remotos, se volcó un país que durante cuatro años había cargado con el luto de una guerra perdida y con la humillación de una transición democrática amenazada por las botas de los militares. En la Avenida 9 de Julio, la multitud formó un solo puño apretado gritando por Argentina, la misma imagen que treinta y cinco años después se repetiría en cada aniversario del gol. La victoria no devolvió las islas, pero transformó a Maradona en un héroe mitológico, en un redentor que había vengado, con pelota y botines, lo que los cañones no pudieron. Maradona no solo regateó a seis ingleses aquella tarde; regateó a la historia, al dolor y a la geografía. Porque aquella mañana Argentina era el país de Diego, el país del barrilete cósmico, el país donde Dios, por una vez, jugó con la celeste y blanca.

 

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