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El día que llovió café en Kansas

Bajo un cielo de Kansas que olía a tierra mojada y a hazaña, Colombia confirmó su condición de favorita con un triunfo ajustado sobre Ghana que supo a café recién colado

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Hay tardes en que el fútbol huele a café. No a ese café de máquina, insípido y rutinario, sino a ese que se cuela en las casas de la cordillera andina, el que despierta los sentidos y calienta el alma. En Kansas City, el cielo se tiñó de un tono ocre que recordaba a la tierra de los cafetales, y el Kansas City Stadium, con sus 76.416 almas comprimidas en las gradas, fue testigo de una lluvia que no mojó pero que empapó de esperanza a toda una nación. Porque este viernes 3 de julio, Colombia y Ghana se enfrentaban en el último partido de los primeros dieciseisavos de final de la historia de los mundiales de fútbol, y el ganador se llevaría el boleto a octavos. Los Cafeteros, que llegaban invictos como líderes del Grupo K, y las Estrellas Negras, que se habían colado como una de las mejores terceras del Grupo L, sabían que la historia se escribiría con tinta de coraje.

Los primeros compases fueron un duelo de exploración. Ghana, dirigida por el portugués Carlos Queiroz, el viejo zorro que ya había entrenado a Colombia en 2008, planteó un esquema sólido, defensivo y paciente. Pero enfrente estaba la propuesta ambiciosa de Néstor Lorenzo, un equipo que había llegado a este Mundial con la convicción de que su hora había llegado. La primera sacudida llegó antes de los diez minutos, cuando Jhon Córdoba tuvo que abandonar el campo lesionado. Una baja sensible, un mazazo para los Cafeteros. En su lugar, entró Luis Javier Suárez, un jugador que no necesitó calentar para entrar en calor.

Y entonces, en el minuto 16, la lluvia de café comenzó a caer. Una jugada que nació en los pies de Daniel Muñoz, un pase a la banda derecha donde Suárez, con la velocidad de un rayo, se fue por la línea de fondo como un torero que esquiva al toro. El centro, preciso y medido, se elevó sobre el área ghanesa como una pluma que el viento empuja. Allí, en el segundo palo, apareció Jhon Arias. El hombre del Palmeiras, libre de marca como un fantasma en la noche, solo tuvo que empujar el balón al fondo de la red. Era el 1-0. Era el primer gol de Arias en un Mundial, y era el quinto tanto de Colombia en el torneo. El estadio, teñido de amarillo, explotó en un rugido que debió oírse hasta las montañas de la cordillera.

Pero Ghana, como las Estrellas Negras que son, no se rindió. La primera parte fue un monólogo de los Cafeteros, que controlaron la pelota y jugaron lejos de su arco, pero los africanos resistieron con la dignidad de quien sabe que el fútbol, a veces, es un arte de supervivencia. El capitán Thomas Partey intentó poner orden en el mediocampo, y Jordan Ayew buscó el espacio que la defensa colombiana, liderada por Davinson Sánchez y Jhon Lucumí, se negaba a conceder. La primera mitad terminó con un marcador ajustado, pero con la sensación de que Colombia podía haber sentenciado antes.

El segundo tiempo fue un ejercicio de resistencia africana. Ghana, con el coraje de quien no tiene nada que perder, adelantó líneas y empezó a creer. En el minuto 55, una mala cesión de James Rodríguez, el mago que había sido el mejor jugador de Brasil 2014, casi cuesta el empate. Un remate ghanés, potente y dirigido, hizo temblar a los 76.416 espectadores. Pero Camilo Vargas, el portero colombiano, se estiró como un felino y desvió el balón. Era el aviso, el presagio de que la noche no sería fácil.

El partido se convirtió entonces en una batalla de guerrillas. Luis Díaz empezó a revolucionar la banda izquierda con gambetas que desequilibraban. Pero el gol no llegaba. Ghana, con un esquema ordenado y una defensa que se multiplicaba, se aferraba al 1-0 como un náufrago a su tabla. Los minutos pasaban, y el reloj, implacable, se comía la esperanza de los africanos.

El pitido final, cuando llegó, fue un suspiro de alivio para Colombia y una puñalada para Ghana. Los Cafeteros habían ganado 1-0. Habían vuelto a los octavos de final de un Mundial, una instancia que no pisaban desde 2018. En octavos, Suiza esperará en Vancouver, un rival que promete ser un hueso duro de roer. Pero esa noche, en Kansas City, la victoria tenía el sabor de un café recién colado: amargo para unos, dulce para otros, pero siempre intenso.

Cuando los jugadores colombianos celebraron en el centro del campo, abrazados como hermanos que han compartido una batalla, el cielo de Kansas se tiñó de un tono más oscuro. No era la noche, era el aroma de la épica. El día que llovió café en Kansas, el fútbol recordó que, a veces, los sueños se construyen con un solo gol, con una sola jugada, con una sola fe. Y Colombia, los Cafeteros, los dueños del aroma más intenso del mundo, demostraron que su cosecha no ha hecho más que empezar.

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