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Un androide vikingo elimina a la pentacampeona

Noruega, liderada por un Erling Haaland que jugó como una máquina de precisión, eliminó a Brasil con un doblete suyo en los últimos diez minutos

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Había algo de hierro en la mirada de Erling Haaland cuando saltó al césped del MetLife Stadium. No era la furia de un guerrero vikingo, sino la frialdad calculadora de un androide programado para un solo propósito: destruir. Durante 78 minutos, el delantero noruego fue un espectador de lujo, un fantasma que vagaba por el área sin tocar el balón mientras Brasil, con su samba de siempre, dominaba, tocaba y acariciaba la portería de Ørjan Nyland como un enamorado que no se atreve a dar el beso final. Pero el fútbol tenía reservado un guion muy distinto.

La primera advertencia llegó temprano, cuando un centro de Matheus Cunha se estrelló en la mano de Kristoffer Ajer. Penalti. Bruno Guimarães, el designado, tomó el balón con la seguridad de quien ha ejecutado cien veces. Pero Nyland, el portero del Sevilla que se había convertido en un muro de contención, adivinó la trayectoria y desvió el balón. Fue el primer golpe, pero también el primer aviso de que la tarde no sería para corazones débiles. Brasil, aturdido, siguió insistiendo. Vinícius, Cunha, Martinelli... todos chocaban una y otra vez contra la muralla noruega. El 0-0 al descanso era un milagro para unos y una cuenta pendiente para otros.

La segunda parte fue un monólogo de impotencia brasileña. Ancelotti movió fichas, puso a Endrick, luego a Neymar, y el estadio rugió con la esperanza de que el ídolo pudiera cambiar la historia. Pero enfrente estaba Noruega, un equipo que había decidido jugar con la paciencia de un ajedrecista.

En el minuto 79, Andreas Schjelderup levantó un centro desde la izquierda y Haaland, como un misil teledirigido, se elevó por encima de Gabriel Magalhães, su némesis en la Premier, y cabeceó con violencia junto al palo. Era el 0-1. Era el despertar del androide.

Brasil, herido y desorientado, intentó la épica del último suspiro. Pero once minutos después, el androide volvió a golpear. Schjelderup, otra vez, filtró un pase al espacio, y Haaland, con la sangre fría de un asesino a sueldo, disparó desde la frontal para firmar su doblete. Era el 0-2. Era el golpe de gracia. Era la primera vez que Noruega alcanzaba unos cuartos de final de un Mundial

El estadio, poblado de miles de hinchas brasileños, se quedó en un silencio sepulcral. En la grada, un grupo de noruegos comenzó a remar al unísono, imitando el gesto de los vikingos, mientras Haaland, con el puño en alto, celebraba como un conquistador que acaba de tomar una fortaleza.

En el tiempo añadido, Neymar transformó un penalti para maquillar el marcador. Pero fue un espejismo, un consuelo de tontos. Brasil se despedía del torneo en octavos de final, su peor registro desde 1990, y Ancelotti se marchaba en su debut mundialista con la peor eliminación de la Canarinha en lo que va de siglo.

Noruega, en cambio, sigue remando. Su androide, el que había llegado como un invitado de piedra, se había convertido en el verdugo de la pentacampeona. Y en el MetLife Stadium, el fútbol dictó su veredicto: el pasado tiene fecha de caducidad. Y el futuro, a veces, tiene nombre de androide.

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