Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Cuando el sol se escondió, el Madrid brilló

En una noche que el cosmos convirtió en leyenda, el Real Madrid de Mourinho selló su décimo Trofeo Teresa Herrera al filo del descanso, justo cuando la luna devoraba al sol en el cielo de A Coruña

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Por apenas 90 minutos el fútbol y el universo se dieron la mano para escribir un capítulo que ni los guionistas más audaces se atreverían a imaginar. Mientras el cielo gallego se teñía de un azul profundo que presagiaba el milagro astronómico del siglo, 28 789 almas se apretujaron en las gradas de Riazor para ser testigos de un doble espectáculo: el primer eclipse solar total que cruzaba la Península Ibérica en más de un siglo y el regreso de José Mourinho al banquillo del Real Madrid en un torneo que los blancos no pisaban desde hacía trece años.

El partido comenzó con el ritmo pausado de un ensayo de pretemporada, como si ambos equipos hubieran acordado un pacto tácito de no agresión. El Real Madrid, ataviado con su nuevo uniforme rosa que brillaba bajo las luces de Riazor como un flamenco en la noche gallega, intentó imponer su ley desde el primer minuto. Vinicius probó a Ximo Navarro, Endrick estrelló un remate en los guantes de Leo Román, y Rüdiger, con la testa como un martillo, hizo temblar el larguero en un córner. Pero el Dépor, dirigido por un Antonio Hidalgo que había devuelto la ilusión a la ciudad herculina, no se arrugó. Los gallegos, recién ascendidos a Primera y celebrando su 120 aniversario, compitieron de tú a tú con el gigante blanco, mostrando una solidez defensiva que desesperó a los atacantes merengues.

La peor noticia de la primera mitad llegó en el minuto 18, cuando Noé Carrillo tuvo que retirarse lesionado, dejando su lugar a Diego Villares en la medular. El partido, que hasta entonces había sido un duelo de exploración, empezó a cobrar intensidad. El Dépor, empujado por una afición que rugía como las olas del Atlántico, se fue asentando y equilibró las fuerzas. Riazor, sin embargo, ya no era solo un estadio. Era un observatorio. En las gradas, los aficionados levantaban la mirada al cielo mientras la luna comenzaba a morder el disco solar, como si el propio cosmos quisiera robarle protagonismo al balón.

Y entonces, en el minuto 45, cuando el eclipse alcanzaba su punto máximo sobre las torres de la ciudad y la luz se teñía de un plateado fantasmal, ocurrió el destello. Un córner mal despejado por el Dépor cayó en los brazos de Andriy Lunin. El portero ucraniano, con la visión de un águila, no dudó. Su brazo derecho se convirtió en una catapulta: un lanzamiento larguísimo que surcó el aire de Riazor como un cometa, cruzó medio campo y encontró el pecho de Brahim Díaz en carrera. El malagueño controló con la exquisitez de un bailarín, se ayudó con la rodilla izquierda para ganar ventaja y, con la derecha, batió a Leo Román con un toque sutil al palo corto. Un gol que nacía de un pase de futbol americano y significaba la décima corona del Real Madrid en el trofeo Teresa Herrera. Y era, sobre todo, la imagen de una noche que ya era leyenda.

El segundo tiempo fue un ejercicio de resistencia. Mourinho ordenó a su equipo replegarse y esperar. El Dépor, herido pero vivo, se lanzó al ataque con la desesperación de quien sabe que el tiempo se agota. Mella, con un disparo que Mario Rivas despejó con la cabeza, y Zakaria, en un contragolpe que Camavinga perdió, estuvieron a punto de firmar el empate. El Real Madrid, mientras tanto, se aferraba al marcador como un náufrago a su tabla. Bernardo Silva, aun buscando su encaje en el nuevo esquema, mejoró cuando estuvo más liberado. Denzel Dumfries inquietó con un cabezazo que pudo ser el segundo. Pero el gol no llegó. Y cuando el árbitro pitó el final, el décimo Teresa Herrera era ya una realidad.

Mourinho, que regresaba al Real Madrid tras once años sin títulos de liga y cuatro sin ningún trofeo, había sumado su primer título, aunque sea amistoso, en su segunda era blanca. No fue un partido perfecto, ni mucho menos. Pero el portugués, que siempre ha sabido ganar cuando el marcador aprieta, se llevó el trofeo gigante con la satisfacción de quien ha visto a su equipo competir incluso en los momentos de mayor desgaste. «Este partido está para ganar, pero más para trabajar y hacer pruebas», declaró al final. «Y lo que me gusta es que en un partido así, con cambios de jugadores y estructura, el equipo ha jugado por un resultado».

El eclipse, mientras tanto, había cumplido su profecía. A las 20:32 horas, el sol se ocultó por completo detrás de la luna sobre las gradas de Riazor, sumiendo el estadio en una penumbra que solo los dioses del fútbol y del cosmos podían haber coreografiado. Los jugadores, los aficionados, el propio Mourinho, todos levantaron la mirada al cielo. Fue un instante de silencio, de comunión, de magia. Un instante en el que el fútbol decidió que la noche de A Coruña merecía un final de cuento.

El Real Madrid se llevó el trofeo. El Dépor, el orgullo de haber plantado cara al gigante. Y el eclipse, el recuerdo de una noche en la que el sol se escondió para que el Madrid brillara. Porque en el fútbol, como en el universo y en la vida, a veces, la luz más intensa nace de la oscuridad más profunda.

Comparte esta noticia