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Noche mágica Blanca en el Olímpico de Roma

Los de Mourinho, que perdían 3-1 en el minuto 82, volvieron a demostrar que en Europa nunca se rinden.

Autor:

Ruben Darío García Caballero

En una noche de octubre, el Olímpico de Roma fue testigo de uno de esos milagros que solo el Real Madrid sabe protagonizar. Durante 75 minutos, el equipo de Mourinho fue un espectro, un cuerpo sin alma que deambulaba por el césped italiano mientras la Roma, liderada por un inspirado De Roon y un letal Malen, saboreaba una goleada histórica. El 3-1 en el marcador reflejaba la realidad de un partido que parecía sentenciado. Pero en el fútbol, y más en la Champions League con el merengue en el campo, las sentencias se firman con el pitido final.

El primer tiempo fue un monólogo romano. Marten De Roon abrió la lata en el minuto 19 con un golazo desde fuera del área, y aunque Mbappé empató cinco minutos después con un disparo ajustado al palo, la Roma siguió dominando. Malen, con un doblete en el 50' y el 56', puso el 3-1 y el Olímpico estalló. El Madrid era un barco a la deriva: Vinícius, intrascendente, fue sustituido; Valverde, de lateral derecho, parecía un parche; y Courtois parecía el mediocentro de tanto que tocaba el balón ante la inoperancia de Tchouaméni y Valverde. Todo estaba perdido. O eso parecía.

Mourinho, hombre de las mil batallas, «The special one» para los amigos, movió el banquillo con la frialdad del ajedrecista que ve la jugada que nadie más ve. Entraron Arda Güler y Endrick, y el partido cambió de guion. En el minuto 82, un córner botado por el turco fue rematado por Carlos Espí para el 3-2. Dos minutos después, otro córner de Güler encontró la cabeza de Endrick, que se elevó entre los centrales romanos para firmar el empate. Y en el 89, cuando el empate ya sabía a poco, un tercer córner del suplente turco fue remachado por Rüdiger en medio de un caos indescriptible en el área. Tres goles, tres córneres, tres verdugos distintos. Siete minutos de locura y la seguridad de que en Europa nunca se puede dudar del Real Madrid.

El Real Madrid sumó su segunda victoria en la Champions League, pero el sabor es más de incertidumbre que de euforia. La primera hora del partido fue una advertencia: este equipo, sin alma y sin orden, no puede competir al máximo nivel. Pero la última media hora fue una lección de fe, de corazón y de esa capacidad única para sobrevivir cuando todo está en contra. Mbappé firmó un gol histórico en su partido 100 de Champions, pero los héroes fueron los suplentes: Güler, con tres asistencias de córner; Espí, Endrick y Rüdiger, los goleadores. Vinícius, el villano según la crónica, se marchó al banquillo entre dudas. Mourinho tiene en sus manos la llave para enderezar la temporada. La magia del Bernabéu viajó a Roma, y el Olímpico, que soñó con la gesta, se rindió ante la evidencia: el Real Madrid, en Europa, es como el amor al que le cantaba Sabina, un equipo que mata y nunca muere.

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