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Visita del mayordomo real

Un inglés que con el tiempo llegaría a ser mayordomo de la reina Victoria, de Inglaterra, y embajador de su país en Nápoles y Egipto, Persia y Sajonia, Copenhague y Lisboa, estuvo en La Habana en 1836.

Atleta y aventurero, Sir Charles Augustus Murray había partido hacia América dos años antes en una travesía que entre tempestades y calmas demoró 14 semanas y dos días y que lo llevó a unirse, ya en 1835, a una tribu de pawnees con la que vivió toda clase de peligros. Se trata de una experiencia que contó en su libro Travels in North America, publicado en Londres, en 1839. Fue en esa obra donde dejó sus impresiones sobre Cuba.

Digamos antes de proseguir que los pawnees son una tribu indígena del centro de Norteamérica. Vivían en la cuenca media del río Platte, en las actuales Nebraska y Kansas, y habitan hoy en Oakland, condado de Pawnee, Oklahoma, donde comparten reserva con los otoe, peoria y tonkawa. Eran cazadores de búfalos. Cultivaban los guisantes, la cebolla y el maíz que para ellos era como una madre, simbólica fuente de vida, que apareció en el mundo con forma de mujer. Eran muy religiosos; creían que las estrellas eran dioses e inmolaban a una mujer cautiva para obtener buenas cosechas. Cuando capturaban a una joven, la vestían y arreglaban lo mejor posible antes de arrancarle el corazón con un cuchillo y abandonar su cuerpo en la planicie. Eran, en 1835, unas 10 000 familias.

Gente sin preocupación aparente

Murray es un viajero curioso. Parece estar en todas partes, lo mismo en un concierto que en la ejecución de un delincuente sentenciado a morir en el garrote. Asiste a los conciertos de la banda militar en la Plaza de Armas, «lugar de reunión de todos los desocupados y de todas las bellezas de la Isla», dice. Anota que hay en La Habana más personas sin ocupación aparente que en ninguna de las otras ciudades que ha visitado; gente bien vestida que no parece hacer otra cosa que fumar tabacos y jugar al dominó o al billar. Llama su atención la calidad del puro habano y la forma en que tuerce y el alto nivel de las temporadas operísticas que se programan en la ciudad; espectáculos con una presencia femenina numerosa e importante tanto por los trajes que lucen como por su belleza. Asiste a la presentación de Romeo y Julieta, ópera de Bellini, y no deja de realzar lo imponente del teatro donde se presenta, y la calidad de la orquesta y el elenco que la interpreta, pero se queja de la pésima pavimentación de las calles, y no deja de reparar en el atractivo que se desprende, sin embargo, del aspecto grotesco y masivo de las edificaciones con su muy irregular estilo arquitectónico.

Repara en que la mayoría de las casas están edificadas alrededor de un patio, en el interior del cual hay galerías que ofrecen protección del sol, y hay muchas familias que comen en ellas, y señala que se entra en esas viviendas por una alta arcada, bajo la cual se sitúa la volanta, encontrándose los establos en el fondo del patio.

«Lo que asombra más al forastero es la extrema publicidad de la vida doméstica, pues las ventanas, carentes de vidrios, están protegidas por barrotes de hierro, a través de los cuales es posible contemplar a los habitantes de la casa, sus ocupaciones, muebles, etcétera, desde la calle, especialmente al caer la tarde cuando la joven dama de la familia toca el piano y prodiga su sonrisa en beneficio de todos los que allí pasan. El estilo de los muebles es generalmente hermoso, teniendo algo de muebles franceses del siglo pasado».

La mano dura de Tacón

No se explica Murray, y así lo dice en su texto sobre La Habana, cómo un recién llegado, completamente desconocido y sin amigos, puede desembarcar en la ciudad. Son muy estrictas las regulaciones para poder hacerlo ya que los pasaportes deben ser enviados al Gobernador y no se permite abandonar el barco hasta que, obtenido el permiso, los pasaportes son devueltos a la embarcación. Tras el envío del pasaporte a la máxima autoridad colonial, se impone que algún residente solicite personalmente el permiso y garantice la conducta del recién llegado. No explica el viajero cómo consiguió él a la persona que lo garantizara, pero encuentra apropiado el procedimiento que es expresión de la disciplina impuesta por el gobernador Miguel Tacón a fin de sanear y adecentar la vida tanto en la capital de la colonia como en el interior de la Isla.

Escribe al respecto Yolanda Díaz Martínez en su Visión de la otra Habana (2011) que al asumir el mando de la Isla, Tacón no solo impidió y reprimió cualquier hecho o demostración contrarios al estatus colonial impuesto por España, sino que de manera particular dedicó su labor a refrenar todas las manifestaciones de corrupción que matizaban el panorama social a fin de eliminar aquellos elementos que contribuían a corromper la vida citadina. Hizo que fueran elementos primordiales el restablecimiento de la seguridad personal y de la propiedad, y procuró fortalecer la confianza en los que debían hacer valer la rectitud y la tranquilidad social.

Con la intención de disminuir los delitos construyó la Cárcel Nueva, al final del Paseo del Prado, creó un tribunal que juzgó a vagos y picapleitos y reorganizó la estructura policial, a la que sumó un cuerpo de serenos. No consiguió todo lo que en este sentido se propuso lograr, pero dio importantes y decisivos pasos en hacer desaparecer males que afectaban el cuerpo social, «aunque para ello, dice Yolanda Díaz Martínez, tuviera que adoptar una posición de mano dura que le valió la crítica de muchas personas, así como continuos y reiterados enfrentamientos y roces con representantes, fundamentalmente, del partido criollo».

Los 200 azotes del condenado

Cuenta Murray en la memoria de su estancia habanera que en la ciudad dos sujetos fueron apresados luego de cometer un robo en pleno día. Uno de ellos fue condenado a morir en garrote; su cómplice, a diez años de presidio y a la pena de sufrir 200 azotes.

Para el viajero inglés, el garrote, tremendamente efectivo, dice, es uno de los mejores medios para aplicar la pena capital. Con su empleo se evita la efusión de sangre que provoca la decapitación y el sufrimiento prolongado que puede ocasionar la horca en el condenado. Un collar de hierro que se accionaba con una palanca le rompía el cuello al sujeto. No siempre causa una muerte instantánea, como se quiso hacer ver. Todo dependía de la fuerza física del verdugo y la resistencia del cuello del agarrotado que moría por estrangulamiento con excesiva lentitud y en medio de una agonía espantosa. Esa máquina infernal fue introducida en España y en sus dominios en 1832 por Fernando VII, que quiso de esa manera celebrar «el feliz cumpleaños de la reina, mi amada esposa». En Cuba dejó de utilizarse en 1930. En España se usó por última vez en 1974, y todavía en 1977 volvía a disponerse una ejecución por esa vía, pero el reo fue indultado.

El muerto permaneció expuesto a la expectativa pública durante horas hasta que el cadáver fue reclamado y enterrado por monjes. El cómplice fue paseado, atado de espaldas, en una mula, y recibió sus 200 azotes a diferentes intervalos, una cantidad de ellos en cada lugar señalado de antemano. Lo agobiaba el miedo y la vergüenza, escribe Murray

Un ambiente encantador

Inexplicablemente no ve el viajero en la Plaza de Armas ningún edificio que, por su arquitectura, le parezca digno de admiración, pero son hermosos y rezuman solidez y antigüedad. Las damas llegan a la Plaza en sus volantas, con sus cabezas descubiertas, sin chales ni sombreros y se acomodan en el interior del espacio, mientras los hombres conversan y fuman con indolencia. Hay música y la fresca brisa y la luna brillante producen un efecto encantador. 

 

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