Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Los 150 años del Inglesito

 

Desde noviembre de 1873 el general de brigada Henry Reeve opera en las llamadas Villas occidentales y en el este de Matanzas, aproximadamente hasta la zona de Colón. Las tropas bajo su mando, agrupadas en el Regimiento Occidente, constituyen la extrema vanguardia del Ejército Libertador y expresan la decisión mambisa de avanzar hacia el oeste. El mayor general Máximo Gómez, que opera en Las Villas, hace esfuerzos desmedidos por fortalecer a Reeve, que apenas dispone de cien hombres y está rodeado de fuerzas enemigas.

El 3 de agosto de 1876 sabe Reeve de la cercanía de una columna enemiga y ordena que se prepare una emboscada para batirla y burlarse luego de ella, como lo ha hecho en otras ocasiones. Se dice que lo más probable es que desconociera el número de efectivos españoles. El caso es que, al día siguiente, cuando en Cayo del Inglés, cerca de Yaguaramas, aparecen los jinetes que componen la vanguardia enemiga, se origina una lucha cuerpo a cuerpo desfavorables para los cubanos, que quedan envueltos por un rival superior en número. Dispone Reeve la retirada y la cubre él mismo con solo quince hombres. Recibe dos heridas, una en el pecho y otra en la ingle. Cae muerto su caballo y queda inutilizado porque desde la terrible herida que recibiera en Santa Cruz del Sur está prácticamente inválido. Su ayudante le ofrece su cabalgadura, pero el General la rechaza y le ordena que se retire. Dispara contra el enemigo varias veces, y otro disparo lo alcanza en el hombro. No hay ya nada que hacer. El valiente Henry Reeve, El Inglesito —Enrique el Americano, como le llamaba Ignacio Agramonte— se pega un tiro en la sien derecha para evitar caer prisionero. Tenía poco más de 25 años de edad. Había enfrentado, con cien hombres, una columna de 400 efectivos. Han transcurrido 150 años de ese suceso y no falta historiadores contrarios a la versión del suicidio.

Participó en unas 400 acciones combativas y fue herido, a veces de gravedad, en diez de ellas. Tras la batalla de Santa Cruz del Sur (1873) hubo que adaptarle una prótesis metálica en una de sus piernas y construirle un dispositivo especial a fin de que pudiera mantenerse firme sobre su caballo. Estuvo en el rescate de Sanguily, acompañó a Agramonte en Jimaguayú y a la muerte del Mayor asumió el mando transitorio de la caballería camagüeyana. Se puso después a las órdenes de Máximo Gómez. El 10 de diciembre de 1873 ascendió a General de Brigada. Aunque le llamaban El Inglesito, había nacido en Brooklyn, EE. UU., y fue uno de los dos estadunidenses que lució estrellas de General en el Ejército Libertador.

Su nombre se ha hecho muy popular en la Cuba de hoy porque con él se bautizó el contingente médico que presta servicio en países víctimas de desastres naturales. Henry Reeve tenía tantas cicatrices en su cuerpo —escribía Ramón Roa— que sus compañeros lo miraban como una página gloriosa de la historia de Cuba.

La invasión que viene

Tras asumir el mando de Camagüey, a la muerte de Agramonte, Máximo Gómez se anota victorias de tanta significación como la toma de Nuevitas y de Santa Cruz del Sur y los combates de La Sacra y Palo Seco, con los cuales va consolidando su propósito de invadir la región villareña y llevar la guerra hasta las puertas de la capital.

Establece el dominicano su base de operaciones en un extenso cuadrilátero del sudeste del territorio. Organiza su tropa en dos grandes columnas. La primera, con 700 jinetes al mando del mayor general Julio Sanguily, con Reeve de ayudante, y la otra, con 800 infantes y cien jinetes, con la que prepararía la proyectada invasión. Ambas columnas, actuando de conjunto, atacan con éxito en la misma jornada dos campamentos enemigos y arrollan una columna de 60 hombres que deja en el camino 35 muertos con sus Remington y cananas. Ordena Gómez a Reeve entonces un movimiento que desconcierta al enemigo y la confusión posibilita al jefe mambí apoderarse de Nuevitas. Baten los insurrectos las defensas exteriores, los españoles se concentran en sus fuertes y los mambises saquean cuantos comercios encuentran a su paso para apoderarse de ropa, víveres, pólvora, armas y municiones en cantidades cuantiosas. Ese mismo día, ya en su base de operaciones, decide Gómez el ataque a Santa Cruz.

Dispone para hacerlo de un buen mapa de la ciudad y de información confiable sobre la ubicación de los depósitos de armas y municiones. Tiene bajo su mando a 450 infantes y 170 jinetes. Defienden la villa varios cientos de hombres, entre voluntarios y soldados de línea, con cuarteles, fortines y trincheras exteriores, más tres piezas de artillería que dominan las entradas del poblado.

Aquel cañón

Gómez proyecta un ataque simultáneo por tres direcciones. Cien hombres tomarían el cuartel del muelle. Otros 200 efectivos seguirían a los cien anteriores como un segundo escalón y 60 mambises más avanzarían por el este hasta El Playazo, lugar intrincado y lleno de mangle. Mientras, Reeve y el coronel Manuel Suárez ocuparían la entrada de la calzada que servía de acceso principal a la villa; el Inglesito, con 50 hombres, la recorrería hasta el extremo opuesto para distraer al enemigo. Como reserva, Gómez había dejado cien infantes y 20 jinetes a unos cinco kilómetros de Santa Cruz.

La guardia del puesto avanzado del cuartel del muelle abandono su posición ante la presencia de los atacantes, dejando atrás una pieza de artillería, y fueron desalojados los defensores del propio cuartel, que dejaron a merced del enemigo el polvorín y sus cuantiosos pertrechos.

A punto de retirarse, Reeve advirtió un cañón en posición de fuego. Avanzó hacia la pieza, machete en mano, y, al tocarla con el extremo de la hoja de acero, exclamó: «¡Tomado!», mientras el artillero español disparaba su carabina, alcanzando al bravo mambí. Pese a estar gravemente herido, el Inglesito dirigió la carga que aniquiló al grupo contrario.

Dos horas habían transcurrido desde el inicio del combate cuando Máximo Gómez ordenó la retirada. Los mambises dejan atrás un poblado incendiado casi en su totalidad y llevan consigo un botín de 270 fusiles, sables, espadas y machetes; 60 000 cartuchos, 130 libras de pólvora, medicamentos, 300 mudas de ropa, dinero y otros efectos. Del bando español se registraron 50 bajas mortales y muchos heridos, contra 17 mambises muertos y 20 heridos.

Los dos caminos de Gómez

Lo ocupado en Santa Cruz y los refuerzos recibidos del oriente de la Isla parecen dar a Gómez el poder necesario para emprender la proyectada invasión. Se le suman los más bravos jefes orientales: Maceo, Moncada, Crombet… Sabe el caudillo dominicano rehuir las acciones en las que no ve ventajas para su tropa, pero no puede eludir el combate de Naranjo-Mojacasabe, que fue una victoria táctica para los cubanos, pero una derrota estratégica de largo alcance. Allí, camagüeyanos y orientales lucharon juntos por primera vez. Más de mil bajas hizo Gómez a los españoles en Las Guásimas. Pese a la victoria, se vio obligado a retroceder a su base de operaciones a fin de curar a los heridos y reponer el parque gastado en ambas batallas, lo que obligó a aplazar la invasión hasta la próxima época de seca. Por otra parte, tampoco había caballos suficientes para una empresa de esa envergadura. La invasión está confinada en Camagüey y Gómez tiene dos caminos: o se enfrasca en una guerra de desgaste con el deterioro de sus fuerzas o se juega la carta de llevar la guerra al occidente. Pasa por fin a Las Villas. Quiere establecer sus bases de operaciones en Cienfuegos y Sagua la Grande. Está a las puertas de Matanzas, con su riqueza azucarera intacta.

Imposible, por razones de espacio, seguir el día a día de esta etapa de la Guerra de los Diez Años, en la que ocurre el importante combate del Cafetal González. No recibe Gómez los refuerzos prometidos por el Gobierno insurrecto y apela a las fuerzas destacadas en Camagüey. Pronto Henry Reeve, el Inglesito, está a su lado. Será el jefe de la 2da. División de Cienfuegos. Allí encontró la muerte hace 150 años.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.