Lecturas
No pocas interrogantes suscitó el artículo sobre los 150 años de la caída en combate de Henry M. Reeve, el Inglesito (domingo 2 de agosto). No faltaron los que quieren conocer sus orígenes y, los más, los detalles de su venida a Cuba y cómo logró escapar con vida del fusilamiento colectivo al que, recién llegado, lo sometieron al caer prisionero. Se manifiesta asimismo en las preguntas curiosidad por Thomas Jordan, el otro norteamericano que, junto con el Inglesito, lució las estrellas de general en el Ejército Libertador cubano, mientras que no faltan los que inquieren sobre las razones que impidieron al mayor general Máximo Gómez acometer, durante la Guerra Grande, su anhelo de llevar la Revolución al occidente de la Isla.
El doctor Rafael Tenreyro Pérez, de Melbana Energy Limited, escribe para recordar que en las gestas emancipadoras cubanas hubo, además de Reeve, otros dos oficiales que fueron conocidos por el mote del Inglesito. Son el coronel Alfredo Gould Acosta y el teniente coronel John W. Caldwell.
De los tres, este era el único verdaderamente inglés; nacido en Tunbridge Wekls, condado de Kent, quien se alzó en armas el 12 de mayo de 1895, cuando la Guerra Necesaria apenas llevaba tres meses de iniciada. A él se debe que a la localidad matancera de Hato Nuevo se le diera el nombre de Martí, donde ocupó la alcaldía entre 1899 y 1901, único cargo público que desempeñó en su vida, dedicada íntegramente a la exploración petrolera, en Motembo, hoy Corralillo, en Villa Clara, y al giro del azúcar. Radicó durante muchos años en Varadero y falleció en La Habana, en 1945. El museo de Cárdenas atesora muchos de sus objetos personales.
Hijo de un norteamericano, el coronel Gould Acosta era conocido como el Inglesito de Matanzas o el Inglesito de Güines, donde nació en 1872. Ingresó en el Ejército Libertador en el mismo año del inicio de la Guerra Necesaria y participó en numerosos combates, algunos bajo las órdenes de Maceo, que lo ascendió a Comandante. Atacó y tomó el poblado de Bolondrón para caer mortalmente herido en San Nicolás de Bari, La Habana, el 27 de septiembre de 1896.
El general de brigada Henry M. Reeve nació en Brooklyn, Nueva York, el 4 de abril de 1850. Vistiendo el uniforme del ejército del norte, tomó parte en la Guerra de Secesión de su país. Para venir a Cuba se enrola, con otros 200 hombres, en la expedición del vapor Perrit, con el nombre de Henry Early. Es el soldado ordenanza del general Thomas Jordan, jefe del grupo expedicionario. El 11 de mayo de 1869 desembarcan por la península del Ramón, en la bahía de Nipe (Holguín). El propio día chocan con el enemigo y cinco días después, en la zona del desembarco, tiene Reeve su bautismo de fuego.
Tras varios encuentros con el enemigo, el 27 de mayo, Reeve cae prisionero y es condenado a muerte. Fusilado en grupo, recibe cuatro impactos de bala, pero logra escapar. Una partida de patriotas lo conduce al campamento del general de brigada Luis Figueredo, donde recibe los galones de sargento y se recupera de sus heridas. Inconforme y decepcionado con los resultados de la lucha, solicita entrevistarse con el presidente Céspedes a fin de pedirle que lo reintegre a las fuerzas de Jordan, propósito que disgusta a Figueredo que, al otorgarle el permiso de traslado, lo califica de «inepto e inservible para el servicio de las armas», pero en los primeros días de octubre es ya ayudante de Jordan, quien había sido nombrado jefe del Estado Mayor General del Ejército Libertador.
Nacido en Virginia, en 1819, Jordan es graduado de la Academia Militar de West Point y combate en Florida a los indios seminolas. Participa, con grados de capitán, en la invasión a México y vuelve contra los indios para otra «pacificación». Tiene a su cargo la política de colonización blanca de los estados de Pacífico, pero en 1861 renuncia al ejército del norte e ingresa en las tropas confederadas del sur, con las que participa en numerosos combates. Es general de brigada cuando asume la defensa de Charleston, donde, al final de la Guerra de Secesión, se concentran los sureños ya muy debilitados.
Para desembarcar en Cuba, organiza, junto a Francisco Javier Cisneros, una expedición que los españoles logran frustrar, pero sus promotores salvan armas y municiones, que pusieron bajo la custodia de las autoridades inglesas en Bahamas. El 4 de mayo de 1869 sale de Nueva York rumbo a Cuba.
Manuel de Quesada, General en Jefe del Ejército Libertador, nombra a Jordan jefe de la Segunda División del Departamento Oriental. A los pocos días, Céspedes lo designa Jefe de Operaciones del «estado» de Oriente. Es teniente general, y en una rectificación de cargos, se le otorga el de mayor general.
Libró numerosos combates y proyectó una invasión a la zona del Brazo de Cauto, en la Sierra Maestra, a fin de destruir la riqueza cafetalera del área y cortar así su apoyo económico al enemigo. Creó en El Cobre una escuela de aplicación donde impartió lecciones de táctica a los oficiales. Y, sin dejar de combatir, trató de someter al Ejercito Libertador a la disciplina de un ejército regular. Así, quiso eliminar el localismo, las ausencias a filas y la presencia de las familias junto a las tropas. Pretendió organizar a los mambises en columnas, a fin de que pudiesen actuar en toda la zona de operaciones y de atacar en cualquier lugar. En octubre de 1869 había asumido la jefatura del Estado Mayor del Ejército Libertador, y en diciembre del propio año sustituye a Quesada en su cargo.
Aseguran especialistas que Thomas Jordan no comprendió la necesitad del empleo del método de guerra irregular, no se habituó a ello ni a las particularidades de ese tipo de lucha. Esto hizo que entrara en profundas discrepancias con los principales jefes cubanos, tanto de Oriente como de Camagüey, y el 6 de febrero de 1870 presentó la renuncia irrevocable a su jefatura. Aun así en el propio mes participó en su último combate, el frustrado ataque a Punta Pilón. La Cámara de Representantes agradeció los servicios que este norteamericano prestó a la independencia de Cuba. El 9 de marzo salió de la Isla para establecerse en Nueva York, y en esa ciudad siguió dando su apoyo y simpatía a la Revolución cubana hasta su muerte en 1895.
Desde los días iniciales de febrero de 1874, el mayor general Máximo Gómez comenzó organizar un contingente para invadir Las Villas, y a mediados de marzo, tras el importante combate de Naranjo-Mojacasabe, queda estructurada completamente la tropa invasora. Tiene lugar la batalla de Las Guásimas, en la que causa grandes pérdidas al enemigo, pero los cuantiosos recursos que invirtió en ella no permiten a Gómez continuar en esos momentos con el empeño de la invasión.
Pese a no recibir el apoyo que le promete el Gobierno, decide a comienzos de 1875 invadir Las Villas por sorpresa. Cruza la trocha de Júcaro a Morón y es herido en el cuello, la única herida que recibió en la guerra. Sostiene varios combates hasta que la Cámara le ordena volver a Camagüey para intervenir en la sedición de las Lagunas de Varona, con la que está en desacuerdo. Cruza de nuevo la trocha en un sentido y en otro.
Otra vez en las Villas constata que en los 45 días que duró su ausencia, los españoles se reforzaron considerablemente, lo que hace más difícil la continuación de la empresa invasora, a lo que se suma la actitud de los villaclareños negados a aceptar a cualquier jefe que no sea oriundo de la provincia. Sostiene nuevos combates, entre ellos el del Cafetal González, y marcha nuevamente a Camagüey para presentar su renuncia. No la acepta el Gobierno y regresa a Las Villas. No hay nada que hacer. Entrega el mando al mayor general Carlos Roloff.
Cruza la trocha por sexta vez para ponerse a disposición del Gobierno, que lo nombra Secretario de Guerra, cargo al que renuncia al advertir los síntomas de capitulación que ya se presentaban.
El Zanjón estaba cerca.