Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Aquel 4 de septiembre (I)

Con el derrocamiento del dictador Gerardo Machado y su salida del país se entroniza el caos en Cuba. Carlos Manuel de Céspedes preside el Gobierno, pero no gobierna y el embajador norteamericano se asusta con la combatividad del pueblo. La cosa está de yuca y ñame. Hay hambre, desempleo y huelgas. La llamarada popular quema la Isla. Obreros y estudiantes están en pie de lucha. En el puerto de La Habana dos buques de guerra estadounidenses permanecen con los cañones desenfundados y los marines prestos al desembarco.

Crece el clima de indisciplina e insubordinación en el Ejército. Los oficiales no mandan y el complot de los sargentos agrupados en la llamada Junta de Defensa o de los Ocho, gana adeptos entre los alistados de todo el país. Forman parte de esa junta Pablo Rodríguez, a la cabeza, José Eleuterio Pedraza, Manuel López Migoya, Mario Alfonso Hernández, Fulgencio Batista…

Demandan beneficios para clases y solados. Piden que no se les rebaje el sueldo y que se les aumente en la medida de lo posible, que se incremente el monto de las pensiones; quieren gorras de plato, polainas de cuero y dos botones más en la guerrera. Pero bien pronto el movimiento de los sargentos revela su matiz político; no hay que pedir lo que ellos mismos podrán agenciarse.

El golpe de Estado se planifica para el 8 de septiembre de 1933. El 4, Batista supone que ha sido descubierto y lo anticipa para esa misma noche. A las ocho tiene el poder prácticamente en las manos. A las nueve, el periodista Sergio Carbó lo insta a que sume al Directorio Estudiantil Universitario a la asonada. A las diez, Columbia, la fortaleza más importante de la nación, es ya un hervidero de civiles. Llega el doctor Ramón Grau San Martín, clínico y tisiólogo eminente, profesor de Fisiología de la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana, que ha hecho siempre causa común con los estudiantes y ha sufrido prisión por sus ideas políticas. A las dos de la madrugada del día 5 todos los distritos militares se adhieren a la sedición y el Gobierno de Céspedes no existe. Surge la Agrupación Revolucionaria de Cuba y el nuevo régimen asume como programa político el del Directorio.

Casi todos los complotados tienen su mácula. Pedraza era garrotero. Batista perteneció al Servicio Secreto de Machado, y Pablo Rodríguez fue el organizador del homenaje que los soldados tributaron al dictador en 1930. Batista ni siquiera pertenecía a la Junta de Defensa hasta que lo llamaron a incorporarse porque era el único sargento que tenía automóvil y los conspiradores necesitaban un vehículo. Fue el más audaz de todos. Se adueñó del movimiento y excluyó a sus compañeros, a los que prometió que la jefatura de las Fuerzas Armadas sería rotativa. Protagonizaría el alzamiento en el propio campamento de Columbia, mientras que los otros lo harían en regimientos del interior del país.

Mayoría de edad

De inmediato la Agrupación Revolucionaria da a conocer su primera proclama. Dice que pretende la reconstrucción económica de la nación y la celebración de una Asamblea Constituyente. Promete un pronto retorno a la normalidad y asegura el castigo para los culpables del machadato. Protegerá vida y propiedades de cubanos y extranjeros y asumirá deudas y compromisos de la República. «Por considerar que el Gobierno actual (de Céspedes) no responde a las demandas urgentes de la revolución triunfante… la Agrupación Revolucionaria de Cuba se hace cargo de las riendas del poder», se asevera en la proclama y la firman Grau San Martín, Carlos Prío Socarrás, Carlos Hevia, Ramiro Valdés Daussá y Sergio Carbó, entre otros. La suscribe también Fulgencio Batista como sargento-jefe de ls Fuerzas Armadas.

La Junta privaría a los oficiales de sus mandos; no de sus grados. Y algunos, muy pocos en verdad, se suman a la sargentada. Figuran entre ellos el entonces primer teniente Francisco Tabernilla que como general de cinco estrellas y jefe del Estado Mayor Conjunto, acompañará a Batista hasta el final, en 1959; el capitán Gregorio Querejeta, negro, que llegaría a ocupar, ya en los años 40, la jefatura del Ejército, los también capitanes Ferrer y Manuel Benítez…  

Se cuenta que, en la noche del 4 de septiembre de 1933, Benítez, hijo del jefe de la plaza militar de Pinar del Rio, machadista como es de suponer, había venido a La Habana en gestiones propias y dormía en Columbia. Fue detenido por los golpistas. Pidió que lo condujeran a presencia del jefe sedicioso. Lo llevaron al Club de Alistados, donde Batista no lograba imponerse frente a los soldados, cabos y sargentos allí reunidos. El escándalo era vigueta. Entonces Benítez, trepado en una silla, dejó oír un ¡Atención! que impuso un silencio total. Y todavía en su improvisada atalaya, se arrancó sus grados de oficial diciendo: «¡Ya yo no soy el capitán Benítez! ¡Ahora soy el sargento Benítez!»

Se impone en Columbia la idea del Gobierno colegiado y surge así la Comisión Ejecutiva o Pentarquía. La conforman los profesores universitarios Grau San Martín y Guillermo Portela, decano de la Facultad de Derecho, el banquero Porfirio Franca, el abogado José Miguel Irisarri y Sergio Carbó, director de la revista La Semana, el hombre más popular de la Cuba de entonces. Las decisiones se tomarán por mayoría.

De Columbia al Palacio Presidencial. La Agrupación quiere comunicarle a Céspedes que ha sido depuesto. El Presidente acaba de regresar de la región central de la Isla, asolada por un huracán. Los reporteros lo abordan a la entrada de Palacio. «El ciclón ha sido una verdadera catástrofe», declara. Finge indiferencia, pero sabe muy bien que está defenestrado; en el viaje de regreso a La Habana, el Secretario de la Presidencia lo esperaba en San Francisco de Paula para imponerlo del acontecimiento.

En la cochera de la mansión ejecutiva esperan los pentarcas a que Céspedes los reciba. Suben. Los acompaña Batista con sus galones de sargento, y se les suma Prío, a quien de inicio no dejan entrar porque va en mangas de camisa, pero alguien le presta una chaqueta.

Céspedes, de pie, los aguarda en su despacho. Es de una solemnidad pontificia. Nadie habla. Batista se esconde detrás de Carbó. ¿Y bien, señores?, inquiere Céspedes y ante el silencio de todos repite la pregunta. Grau da un paso al frente y dice:

―Venimos a comunicarle que nos hemos hecho cargo del Gobierno y que es un honor para nosotros recibirlo de manos de un patriota como usted…

Céspedes lo corta.

―¿Y quién los ha autorizado para tanto?

―La Junta Revolucionaria ―contesta Grau.

―¿Y quiénes la integran?

Grau enumera: el Directorio Estudiantil Universitario, la Unión Revolucionaria, el ABC Radical, Pro Ley y Justicia…

Céspedes lo interrumpe de nuevo. Hace un gesto de desdén:

―¿Y se consideran esos grupos lo suficientemente fuertes para destituir a un Gobierno legalmente establecido?

Una sonrisa condescendiente asoma al rostro del profesor de Fisiología.

―Es que los 15 000 soldados y marinos que integran las Fuerzas Armadas forman también parte de la Junta.

Al oír aquello, el mandatario que ya dejó de serlo retrocede y señala el retrato de su ilustre progenitor que presidia el despacho de los presidentes cubanos. Pregunta de nuevo.

―¿Ignoran ustedes la responsabilidad que contraen?

Y Grau riposta:

―Hace años, señor, que cumplimos la mayoría de edad.

Céspedes de nuevo:

―¡Ante mi padre los emplazo para que respondan de este acto que pone en peligro la soberanía de nuestra patria!

Seguido de sus ministros, sale del despacho presidencial y se dirige a la cochera. Prío lo acompaña. No quiere que el mandatario depuesto, hijo del Padre de la Patria, sea vejado por los que, conocedores de lo que sucede, aguardan en los alrededores del edificio. En un gesto que lo enaltece, Prío aplaude la partida del expresidente. Lo imitan los allí congregados. (Continuará)

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