Lecturas
El primer observatorio meteorológico con que contó el país funcionó a partir de 1855. Su fundador fue Andrés Poey, hijo del sabio Felipe Poey, autor, en 1862, de una Tabla cronológica de 400 huracanes.
Sus simpatías por la causa de la independencia fueron, justamemte, la causa de su cesantía en 1869. El observatorio que dirigió no duró mucho más. Un incendio, al parecer intencional, lo destruyó totalmente. Poey se vio obligado a emigrar y solo y olvidado, falleció en París en 1919. Sus restos se perdieron para siempre. Una nota escueta («No reclamado») escrita al margen de su ficha de enterramiento, paralizó la gestión de Cuba para traerlos a la Patria.
En 1858, tres años después de aquel primer observatorio, los padres jesuitas fundaron el suyo como un anexo del Colegio de Belén, en la calle Compostela. Se proponían así «organizar una defensa eficaz contra los asaltos de los huracanes en las Antillas y disminuir el enorme tributo anual de vidas e intereses que pesa sobre esas regiones en la época de los temporales». Fue en esa institución donde se emitió el primer parte meteorológico de que se tiene noticia.
Con el tiempo, al frente del observatorio de Belén se situaría el eminente padre Viñes, autor de aquel primer parte, que fue de los primeros en investigar la circulación y traslación de los ciclones en Cuba. Los jesuitas realizaron un estudio sobre el huracán en sí y los fenómenos que lo anuncian y establecieron luego, a lo largo de la Isla y sus cercanías, una red de observadores que transmitían a Belén sus apreciaciones sobre el estado del tiempo. Belén tomó como costumbre ofrecer al público, en forma de avisos, el resultado de sus pesquisas.
Cuando el escribidor era niño —ponga el lector 70 años atrás— los partes del tiempo, hubiera o no ciclón, no tenían rostro, y conste que ya había TV. Nos acostumbramos, sí, a escuchar los avisos meteorológicos con la firma de José Carlos Millás, capitán de corbeta, que durante muchísimos años estuvo al frente del Observatorio Nacional. Esa institución, que se fundó en 1913, perteneció a la Secretaría de Agricultura hasta que en 1942 pasó a la Marina de Guerra, y de ahí el grado militar de su director, que no era meteorólogo, sino astrónomo. En 1965, el Observatorio, ya como Instituto de Meteorología, quedó en la esfera de la Academia de Ciencias.
Su nuevo titular, el doctor Mario Rodríguez Ramírez, comenzó entonces a darle la cara al tiempo. Aparecía en TV en tiempo de ciclón. Un locutor, por lo general
el incombustible Manolo Ortega, lo entrevistaba y Rodríguez Ramírez, imperturbable aunque se estuviera cayendo el mundo, antes de dar respuesta a cada una de las interrogantes, decía que lo haría «con mucho gusto».
Cuando lo entrevisté, en 1974, me dijo que hasta ese momento había seguido el curso de 350 huracanes y 750 frentes fríos y que, en los 39 años precedentes, los que llevaba en el Observatorio, jamás tomó vacaciones y que solo por impostergables motivos de trabajo dejó de concurrir al centro. Fue a trabajar incluso el día en que contrajo matrimonio.
Comenzó a laborar allí en 1935. En ese momento la institución tenía 12 empleados, entre los que figuraban el jardinero, el carpintero y el mozo de limpieza, y no había un solo meteorólogo con título superior. La prensa, por lo general, daba prioridad a los avisos del Observatorio de Belén, los métodos eran anticuados y se emitía un solo mapa del tiempo en todo el día.
En 1959 las cosas no andaban mejor allí. En esa fecha, únicamente Rodríguez Ramírez tenía un título superior en Meteorología, especialidad que no se impartía en Cuba.
El Doctor José Rubiera, con el respaldo de un grupo de especialistas de altísimo nivel, fue en Cuba, durante años la voz y la cara del aviso sobre el estado del tiempo. Hoy son varios sus rostros: Yinelis, Aylín, Pila, Fariñas, Claudia…
De todos los fenómenos naturales que flagelan a la humanidad, ninguno como los huracanes es portador de tanta muerte y destrucción. Según estudiosos,
causan un promedio de 5 000 muertos al año. Los ciclones reciben el nombre de huracán cuando sus vientos máximos o sostenidos son iguales o superiores a los 118 kilómetros por hora. Pero, de hecho, aseveran especialistas, tifón, huracán y ciclón tropical son un mismo fenómeno que en el Caribe se denomina huracán, y en el noroeste del Pacífico, tifón.
Lamentablemente el escribidor no tiene a mano el dato de los ciclones que pasaron por Cuba hasta la fecha. Pero desde 1800 hasta 1974 la Isla fue azotada por 85 huracanes y por gran cantidad de perturbaciones y depresiones ciclónicas de menor intensidad, o lo que es lo mismo, por un huracán cada dos años.
Algunos de ellos fueron de trayectorias muy curiosas. El de octubre de 1910, que penetró por la parte occidental de Pinar del Río, describió ya sobre el mar, pero todavía pegado a la costa, un lazo perfecto antes de seguir rumbo a Florida.
Sin embargo, fue el Flora, en octubre de 1963, el único ciclón que completó un lazo sobre el territorio insular. Los que no vivimos los ciclones de 1944 y de 1926, tenemos en el Flora la más triste de las referencias en lo que a desastre natural se refiere. Ocasionó unos mil muertos y destrozos sin cuento, luego de pasar por Haití con un saldo de 4 000 víctimas fatales.
Entró a la Isla por el este de la bahía de Guantánamo, y con trayectoria nordeste cruzó sobre Yateras, Mayarí, y la ciudad de Holguín. Buscó entonces el sudeste e hizo un lazo sobre Jiguaní para con rumbo oeste salir cerca de Campechuela al Golfo de Guacanayabo y penetrar otra vez en la Isla por las inmediaciones de Santa Cruz del Sur, subir, llegar a la ciudad de Camagüey, girar al sudeste, pasar cerca de Manzanillo y Bayamo ya con rumbo norte, rozar de nuevo la ciudad de Holguín y salir por Gibara.
En 1810 la furia de un huracán hundía 70 buques en la bahía de La Habana. En 1844 naufragarían 158 y 230 en 1846, un huracán que además causó 114 muertos y destruyó 4 000 viviendas.
Durante la centuria pasada huracanes memorables por la intensidad de sus vientos, valor de sus precipitaciones y, en consecuencia, por los daños causados, fueron, entre otros, los de 1910, 1915, 1917 y 1924, que azotaron todos la provincia de Pinar del Río. La fuerza del ciclón del 26, que partió al medio La Habana, arrojó una embarcación de más de cien toneladas de peso a diez kilómetros de la costa y las subidas del agua fueron de cinco pies. El del 44 castigó primero a la Isla de Pinos, penetró luego por la zona oriental de Pinar del Río y causó daños cuantiosos en la capital…
Con todo, la mayor tragedia natural que consigna la crónica cubana ocurrió en Santa Cruz del Sur, Camagüey, en noviembre de 1932. El día 9 un huracán penetró por la costa meridional de la provincia de Camagüey y al barrer con los vientos de su ala derecha las aguas del mar, las empujó sobre ese poblado costero y provocó la muerte de más de 3 000 personas y lesiones a otras tantas. Solo una edificación quedó en pie.
Los habitantes del puerto de Júcaro, situado a la izquierda de la trayectoria del huracán, refirieron que vieron cómo el mar se retiraba varios metros de la costa para volver con fuerza sobre ella y tragarse a Santa Cruz. En Júcaro los vientos más intensos fueron de la tierra hacia afuera.
Testimonio impactante de ese siniestro es la foto en la que se ve arder, en una pira gigantesca, los cadáveres de más de la mitad de la población de Santa Cruz del Sur.