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Los 155 años de Colón

El cementerio de Colón cumplió 155 años. El 30 de octubre de 1871, con la colocación de la primera piedra, quedaban formalmente inauguradas las obras para la construcción de esa necrópolis, que se darían por concluidas el 2 de julio de 1886.

A las siete de la mañana de aquel lunes —una jornada que la crónica insiste en calificar de gris—, el joven y talentoso arquitecto Calixto de Loira, autor del proyecto del nuevo cementerio, quien acababa de ser designado director ejecutivo de su construcción, sostenía un cajón del que Romualdo Crespo, capitán general interino, con una cuchara de plata, extraía la mezcla que depositaba en un hueco antes de colocar encima la piedra sobre la que dio repetidos golpes. Con anterioridad, en lo más profundo de aquel agujero, situaron una caja que se metió dentro de otra.

A fin de legarlos a la posteridad, se introdujeron en la caja de caoba sellada, dentro de otra de plomo, un ejemplar de la Guía de Forasteros ―especie de guía turística de la época―; un almanaque del año; varias monedas de oro y plata con la efigie de Amadeo I, de Saboya, rey de España; un número de cada periódico que circuló en La Habana el día anterior y una copia del acta que daba cuenta de la ceremonia y que suscribieron todas las personalidades presentes.

Finalizaba así un proceso que se inició unas dos décadas antes cuando, en 1854, el Cabildo de La Habana conocía una moción que recomendaba la construcción de un nuevo camposanto. El proyecto incluía un monumento a la memoria de Cristóbal Colón donde se depositarían las supuestas cenizas del Descubridor, conservadas hasta entonces en la Catedral de La Habana. La propuesta fue aprobada por el Ayuntamiento habanero, pero engavetada por más de cinco años; la jerarquía de la iglesia Católica se oponía a que el poder civil tomara la iniciativa en la construcción de un nuevo recinto mortuorio y lo controlara. Tampoco quería ceder las preciadas reliquias del Almirante.

La tercera en el mundo  

La necrópolis habanera de Colón destaca por su majestuosidad y ofrece, desde todos los ángulos, su aspecto monumental. Por sus valores artísticos y arquitectónicos es la muestra más amplia y meritoria del arte funerario en la Isla, y, en orden de importancia, la tercera necrópolis del mundo, precedida solo por el Staglieno, de Génova, y el de Montjuic, de Barcelona.

En más de cien millones de dólares se valoraba hace más de 20 años su patrimonio artístico. Cincuenta y tres mil propiedades se asientan sobre sus 56 hectáreas de terreno. Tiene forma rectangular, como un campamento romano de estilo románico-bizantino, con aceras, calles y calzadas que facilitan el acceso del visitante y la localización oportuna de su objetivo.

Una interesante leyenda se teje en torno a su portada, pero no es más que eso, una leyenda; mientras que el sepulcro de Amalia Goyri, conocido como el de La Milagrosa, sigue siendo el más concurrido de todo el camposanto. Atraen la atención del visitante el panteón de Catalina Lasa y el de los bomberos; también el de los estudiantes de Medicina fusilados por el colonialismo español. De interés resulta la visita al panteón del generalísimo Máximo Gómez. En Colón descansan los poetas Julián del Casal y José Lezama Lima. También Fernando Ortiz. Allí, Alberto Yarini continúa siendo el rey, y el campeón José Raúl Capablanca, el más grande ajedrecista de todos los tiempos.

¿Dónde me pongo?

En el mencionado año de 1854, el cementerio de Espada resultaba chico para los habaneros. Cuando se inauguró en 1806, sus promotores le concedieron una larga vida. Pero apenas 50 años después había rebasado sus límites. Totalmente abarrotado y sin posibilidades de crecer en área, el cementerio de Espada comenzó a crecer hacia arriba con la construcción de nichos.

La situación empeoró entonces; aumentó la contaminación ambiental y, al carecer los nichos de conductores a tierra que hubieran permitido evacuar los humores de los cadáveres en descomposición, se enrareció el aire y la fetidez se hizo insoportable, sin contar que la altura de los muros del propio cementerio impedía la ventilación interior del recinto y la lluvia y las penetraciones del mar sacaban a flor de tierra no pocos despojos.

Así las cosas, y aun con la oposición de la Iglesia, el Ayuntamiento, a iniciativa de los concejales José Bruzón y José Silverio Jorrín, nombró la comisión que elegiría el terreno apropiado para el camposanto en proyecto. Se escogió al efecto un cuadrado de mil varas de lado en la falda Oeste del Castillo del Príncipe. Impugnaron dicha elección las autoridades militares. Alegaron que un cementerio emplazado en ese espacio dificultaría la vigilancia de la zona. Protestó también monseñor Flex Solans, Obispo de La Habana. Expresó que no era el Ayuntamiento, sino el Obispado el que tenía el derecho a construir la necrópolis.

Pese a los criterios en contra, los concejales defendieron el propósito de asentar el cementerio en la falda Oeste del Príncipe. La realidad, sin embargo, los llevó a desistir de ese empeño y una nueva comisión escogió un rectángulo de cuatro caballerías seccionado de las fincas La Baeza, La Currita, La Novia, La Campana, Las Torres y La Portuguesa, al final de El Vedado, en la zona conocida como San Antonio Chiquito, al este de la loma de los catalanes, elevación donde, con los años, se erigirá el monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución.

De inmediato, las seis estancias fueron cercadas y en partes de ellas, antes de la inauguración de nuevo camposanto, fueron inhumados algunos desheredados de la fortuna que no disponían de sepulcro en el cementerio de Espada ni podían darse el lujo de comprar un nicho en esa necrópolis.

Llegó así el año de 1870. Se disponía del terreno para el nuevo camposanto y había consenso en cuanto al nombre que se le daría. Faltaba solo el proyecto arquitectónico. Se convocó a un certamen y el jurado presidido por el ingeniero Francisco de Albear, autor de los planos del acueducto habanero, premió, entre los siete proyectos presentados, el que contendió bajo el lema de «La pálida muerte entre por igual en las cabañas de los pobres que en los palacios de los reyes», del arquitecto español Calixto de Loira.

Gana la iglesia

La disputa en torno a la administración del nuevo cementerio seguía sin dirimirse. Madrid al fin falló a favor de la Iglesia y dio el carpetazo a las pretensiones de los concejales habaneros que apelaron entonces al monarca español. La respuesta fue la misma: el rey resaltó el derecho del Obispado siempre que se pusiera de acuerdo con las autoridades civiles en cuanto a las particularidades sanitarias.

Ya para entonces, Espada no aguantaba más. Se clausuraron los cementerios de El Vedado (1847), Cerro y Jesús del Monte (1860), Los Molinos y Atarés (1868). A Espada le llegó su turno el 3 de noviembre de 1878 cuando el capitán general Arsenio Martínez Campos ordenó su cierre definitivo luego de haber asimilado 314 144 enterramientos. Sería demolido en tiempos de la segunda intervención militar norteamericana.

Pese al poder nivelador de la muerte y a lo que proclamaba Calixto de Loira en el lema de su proyecto, el arquitecto dividió el cementerio habanero, dicen especialistas, en «zonas muy bien definidas y jerárquicamente separadas». Trasladó a la necrópolis —se afirma— las diferencias clasistas de la acrópolis. Por cierto, Loira falleció cuando el cementerio se hallaba en plena construcción. Le cupo la triste suerte de que sus restos inaugurasen, el 29 de septiembre de 1872, la Galería de Tobías, cripta clausurada hace ya muchísimos años.

Ojos para ver

Llama la atención del visitante la gran portada monumental de la necrópolis, donde algunos aseguran, sin fundamento, que hay enterrado un hombre. De tres puertas y estilo románico, dicha portada se ejecutó según los planos de Loira, modificados luego por el arquitecto Eugenio Rayneri. La escultura que la remata es obra del cubano José Vilalta Saavedra.

En la capilla central atraen los restos de Miguel Melero. Descansan en el panteón de los emigrados los de los padres de Martí; y el Panteón de los Veteranos, construido en 1946, luce los bajorrelieves de Juan José Sicre, que representan la muerte de Céspedes, Agramonte, Martí y Maceo.

El monumento a los mártires del Movimiento Revolucionario 13 de Marzo… El panteón de las víctimas de la masacre de Orfila… Impacta, por su serena sobriedad, la tumba del cardenal Manuel Arteaga… Hay obras de Sicre y de otros escultores como Boada, Longa y Ramos Blanco en numerosos sepulcros y en otros todo un desbordamiento de escultura comercial con profusión de ángeles, imágenes de santos y cruces.

El cementerio de Colón, Monumento Nacional, bien merece una visita.

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