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Cuando Cuba aprobó su destino

Nacida como respuesta al asedio imperial y la complicidad de la OEA, la Primera Declaración de La Habana selló hace 66 años el compromiso irrenunciable de nuestro pueblo con la dignidad y la justicia social

Autor:

Laura Fuentes Medina

La Plaza de la Revolución José Martí de la capital se convirtió en bastión de soberanía aquel dos de septiembre de 1960. Convocada por la urgencia del momento, la Asamblea General del Pueblo de Cuba —como se autodenominó aquella multitud— ejerció en las calles la autoridad que le correspondía. Apenas un año después del Triunfo de la Revolución, más de un millón de cubanos levantaron la mano para aprobar de manera unánime un documento gestado no en despachos ni en mesas de negociación, sino en la voluntad popular. Su espíritu y rebeldía a flor de piel se sintió en toda la toda la explanada del lugar y los sitios más cercanos.

Tres meses antes, el Gobierno de Estados Unidos había cancelado la cuota azucarera cubana con la intención manifiesta de ahogar al archipiélago en la miseria. En respuesta, la dirección revolucionaria inició la nacionalización de las empresas estadounidenses radicadas en el territorio nacional.

​Sin embargo, las presiones imperiales continuaron. En agosto de 1960, durante la 7ma. Reunión de Consulta de la OEA (Organización de Estados Americanos), en San José de Costa Rica, los cancilleres del continente —subordinados a los mandatos de Washington— aprobaron una declaración que condenaba a Cuba por el solo hecho de ejercer su libertad.

​Fue entonces cuando el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz convocó al pueblo. Y el pueblo respondió. Frente a un mar humano que colmaba la entonces Plaza Cívica, proclamó la Primera Declaración de La Habana.

​«La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba condena enérgicamente la intervención abierta y criminal que durante más de un siglo ha ejercido el imperialismo norteamericano sobre todos los pueblos de la América Latina», afirmó entonces Fidel.

​A continuación, enunciado en nueve puntos, dejó bien claro que cada postulado representaba un derecho inalienable del pueblo y para el pueblo: el del campesino a la tierra; el del obrero al fruto de su trabajo; el de los niños a la educación; el de los enfermos a la asistencia médica; el de los negros e indígenas a la dignidad plena; el de la mujer a la igualdad civil, social y política; el de los Estados a la nacionalización de los monopolios extranjeros, y el de las naciones a su plena soberanía.

​En 1960, proclamar esas garantías implicaba desafiar abiertamente el orden establecido en América Latina, donde el latifundio, el analfabetismo, la discriminación racial, la postergación de los derechos de la mujer y la entrega de los recursos nacionales a capitales foráneos constituían la norma. La Declaración no solo reivindicó esas demandas ante el mundo, sino que las elevó a categoría de programa y compromiso oficial de un pueblo soberano.

​El texto rechazó asimismo la Doctrina Monroe, esa herramienta colonialista que —como advirtiera José Martí— servía para extender el dominio de los imperialistas voraces en el continente. Al mismo tiempo, denunció que la complicidad de Gobiernos entreguistas traicionaba los ideales independentistas, vulneraba la soberanía y obstaculizaba la verdadera integración de los pueblos americanos.

​Aquel dos de septiembre, el pueblo cubano y su líder histórico sellaron un pacto cuya vigencia permanece inalterable seis décadas después.

​La agresividad imperial persiste, multiplicada y feroz; sus métodos han evolucionado hacia un asfixiante bloqueo económico acrecentado con un cerco energético, guerras mediáticas, subversión cultural y presiones financieras. Sin embargo, la esencia de la respuesta —y la posición— cubana se mantiene firme: no son negociables la determinación soberana de defender un proyecto propio ni la certeza de que la dignidad nacional es un baluarte inquebrantable.

​Esos principios conservan toda la hondura y la fuerza de aquel momento, pero su aplicación práctica en el contexto actual exige que los cubanos y las cubanas interpretemos el presente con la misma agudeza y rigor crítico con que Fidel analizó su época. Y nadie podrá arrebatarnos nuestra independencia, nuestra libertad.

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