Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

«Ser buen músico es muy difícil»

El gran maestro Leo Brouwer definió a Síntesis como «el primer grupo en fusionar la música ritual afrocubana con la música pop contemporánea». En el Salón de Mayo del Pabellón Cuba, sede de la Asociación Hermanos Saíz, Carlos Alfonso, líder de la agrupación, participó en el espacio Encuentro con… donde respondió a preguntas sobre su vida, el arte y, en especial, la música de su agrupación

Autor:

Magda Resik Aguirre

Carlos Alfonso es el padre de este «alfabeto» musical compuesto por Ele Valdés, compañera en el arte y la vida, y los hijos en común, Eme y Equis. Cantante, compositor de más de 150 obras, bajista y director, se impuso en el universo musical en un tránsito azaroso desde la niñez, el ejercicio autodidacta, hasta acceder al magisterio del propio Brouwer, Leopoldina Núñez, Juan Elosegui y Federico Smith. En 1972, al fundar Tema Cuatro como cuarteto vocal, comenzó a probarse profesionalmente. Cuatro años después, al unirse a Mike Porcel y José María Vitier para formar Síntesis, encontró su acomodo definitivo.

En la década de los 80, la trascendencia de la agrupación se expresó a través del disco Ancestros, luego completado con Ancestros 2 y Orishas. La trilogía marcó época en la integración de nuestras heredades sonoras con ritmos y armonías contemporáneas. Al recibir por el disco Ancestros sinfónico el Grammy Latino 2022 y el Gran Premio Cubadisco 2023, Síntesis garantizó la inmortalidad de su legado.

A sus 73 años, Carlos Alfonso sigue disfrutando de la música con la misma fascinación y el deslumbramiento de su infancia.

«Recuerdo que mi tía, una prima y yo, nos metíamos en un garaje (tendría tres o cuatro años) a cantar canciones mexicanas, las recuerdo todas. Pero mi mamá estaba esperando que yo fuera Caruso para ayudarme con la música, porque ella pensaba que debía ser a través del canto lírico. Tenía un tío que cantaba ese tipo de música.

«Mi familia era demasiado pobre. Sin embargo, mi casa estaba llena de libros que se leían. Mi abuela decía poesías y se le caían a veces los platos porque andaba en su mundo idílico, y mi abuelo, el peor, porque era borracho, tocaba violín de oído, guitarra y armónica.

«Siempre fui amante de la música. En un momento determinado, mi mamá me llevó para Mantilla y allí sí no se veía un piano a diez cuadras a la redonda, no se veía nada culturalmente interesante. Un barrio vulnerable de verdad.

«En cuarto grado me gustaba mucho el violín. Me sé el Concierto para violín y orquesta (en re Mayor, Op. 35), de Tchaikovsky, mejor que un violinista.  

«Un día se me ocurrió ir solo a la Escuela Nacional de Arte para hacer las pruebas de ingreso; solo porque mi mamá no me iba a llevar. El profesor me vio las manos y me dijo: aquí no puedes estudiar violín porque no tienes condiciones para ser violinista.

«Me fui a alfabetizar a los 11 años. Me monté en la guagua que recogía a mi tía, me dieron un farol y unas botas y de pronto estaba en Gibara, en Fray Benito, en el oriente del país, alfabetizando. Con esa edad tenía que ayudar a los campesinos a trabajar, sembrar frijoles, tomates, arar la tierra… cosa que ahora los muchachos solo ven en el celular.

«A todos los que fuimos a alfabetizar nos dieron la oportunidad de ingresar en una beca. En la primera que estuve choqué con la música. Recuerdo el coro que cantaba La Internacional y yo me sentaba al final a hacer la segunda voz porque me gustaba esa melodía.

Descubrí que en Santos Suárez había un buen profesor de violín. Entonces agarré un trabajo donde me pagaban un peso diario como ayudante de albañil, porque yo me decía: con 30 pesos puedo pagar doble las clases. Eran como 15 pesos al mes, dos veces a la semana. Pero las cosas no estaban muy buenas en la casa y mi mamá me pidió: “ya que hiciste las pruebas para una escuela tecnológica, agarra ahí porque esto está malo”.

«Las becas no eran solamente becas. Ahí daban zapatos, jabón, comida, cama, sábanas… de todo. Las becas te acompañaban para desenvolverte como joven. Incluso, muchas veces, la ropa que nos daban ahí era la única que teníamos los becados. En esa escuela me gradué de Electricidad».

—¿Entonces no hay problemas eléctricos en la casa?

—Hay miles… (responde Ele, su esposa, y el público ríe a carcajadas).

«Fueron tres años estudiando ahí, pero a pesar de todo — asegura Carlos— hicimos un grupo musical en el que cantábamos a voces, había un guitarrista, estaban Eliseo, Manolito… Participamos en festivales de aficionados. Una vez nos agarraron en la calle los profesores y al otro día nos llamaron a los cuatro para la dirección. Ya estábamos en el último año y el director nos comunica: los vamos a sacar de aquí, los mandamos para la ENA (Escuela Nacional de Arte). A nosotros nos dio una contentura tal que el director nos dijo: “qué va, ustedes están locos. Vayan para su aula”. Y al final nos graduamos.

«Tiempo después hicimos otro grupo donde estaban Pedro Luis Ferrer y José María Vitier. ¡Éramos tan bitlerianos! Nos creíamos Los Beatles, al punto de que, cuando uno de ellos se fue a estudiar nosotros también sentíamos que debíamos hacerlo. Pedro Luis y yo entramos a la ENA. Las pruebas para entrar me las hicieron Beatriz Márquez, Silvia Acea… un tremendo tribunal. Me ponían fugas larguísimas para ver si tenía memoria, probaron el ritmo… fue difícil, sufrí mucho, pero las pasé y vieron que había que “morder”. Y me dejaron estudiar dirección coral».

—¿Cuándo sentiste que la música estaba en ti de un modo profesional y te apartaste de la más comercial?

—Desde Tema Cuatro nos fuimos apartando. Ese cuarteto surgió un día que fuimos a la casa de Luis Carbonell. Eliseo y yo no teníamos esa práctica de solfeo, y escuchamos allí con asombro a Beatriz Márquez, a Ele y a Silvia Acea cantando fugas a una velocidad, con un gusto. Pero andaban con la francesa Micheline Chantin y el mexicano Hilario Sánchez, trompetista y pianista, que formaban el dúo de Hilario y Micky.

«Hablé con Ele para que se sumara al cuarteto y me dijo que sí, que iba a ayudarme a conseguir dos muchachas. O sea, no me hizo ningún caso».

—Y ahí fue cuando te enamoraste más…

—Claro, por supuesto. La veía en la guagua y me hacía el que la encontraba por primera vez… y bueno, me enamoré como un perro. Tuvimos una
carrera en el cuarteto muy bonita. Ya había escrito El gallo pelón y Yayabo, tremendos arreglos que cantábamos. Eso era lo que hacíamos, y canciones de la Nueva Trova. Me puse a estudiar en la Escuela de Superación Profesional, con Leo Brouwer. Aprendí contrapunto, armonía y solfeo con mucha seriedad. Menos en lectura a primera vista…, pero ya voy de aquí a la esquina con facilidad, aunque la música es muy difícil.

—¿Por qué?

—Cuando veas a un músico bueno, la mayoría somos, porque me voy a incluir, malcriados, pesados, arrogantes, autosuficientes… porque mientras los demás están paseando o jugando pelota, nosotros estamos estudiando piano. Es así de duro para poder llegar a algo.

—No bastan las cualidades innatas

—Bueno, si no tienes cualidades innatas no estamos hablando de nada. Y si las tienes debe haber constancia y sacrificio. Ser buen músico es una actitud. Los músicos de mi época nos preocupábamos por dónde había que tocar; los de la generación siguiente por ¿cómo vamos a tocar?, las condiciones para hacerlo. Y ahora la pregunta que más predomina es ¿cuánto me vas a pagar? ¡Son tres preguntas tan diferentes! Y ser buen músico es muy difícil.

«Amo este país y quisiera que nadie se fuera de aquí, que todos los jóvenes encuentren su espacio en Cuba, que desarrollaran sus carreras. Pero, desde que viera el talento, empezaba a levantarle los muros de la casa».

—Hablémosle ahora a esos otros jóvenes músicos que no piensan solo en el dinero porque tienen una verdadera vocación. ¿Qué deben hacer para ser buenos músicos? 

—Lo primero es sentirse artistas y sentir esa vocación. Ningún músico importante a lo largo de la historia en el mundo fue millonario, todos murieron pasando necesidades. Los pintores igual… Eso es una fantasía, déjasela a Bad Bunny, que no hace música.

«Tampoco estoy queriendo expresar que se aprovechen de los músicos. Es decir: si a mí me pagan, yo toco, si no me pagan, yo toco. Por eso no se puede pensar que los artistas representan un gasto. Tienes una inversión que has hecho por cada artista que está aquí. Si pudiéramos, desde que detectaba al talento le estaba creando condiciones. Sé que es difícil, porque tenemos un país que no tiene esas grandes posibilidades económicas. También, a veces, no es un tema de condiciones de vida, sino de un poco de cariño, una llamadita, un pasadito de mano…»

—Cuba parece ser que tiene una condición excepcional para gestar buenos músicos. ¿Es cierto?

—Eso es verdad. Estamos entre los tres países que se dice exportan la música popular junto con Brasil y Estados Unidos. Esto está lleno de músicos. Es una condición que tiene el cubano que creo proviene de las raíces africanas y españolas. Y coincide con las de los brasileños y los norteamericanos.

—¿Por la expresión rítmica de lo afro?

—Claro. Pero en el caso de Estados Unidos no tienen tanto ritmo, pero sí unas cualidades armónicas increíbles.

«También pesa en Cuba la enseñanza de la música, las escuelas que tenemos. Hay que dar gracias, por ejemplo, al antiguo campo socialista, cuando vinieron a la ENA profesores rusos, polacos, checos… dejaron una base en el desempeño técnico de nuestros músicos que nunca se va a perder».

—¿Cómo se produjo en Carlos la asimilación de esas raíces musicales africanas?

—Carlos: En la década de los 70 se realizó el documental Trinidad, de Héctor Veitía. Ahí es donde choco por primera vez de verdad con un toque de música afrocubana real. ¡Me emocioné tanto! Me ericé. Y empecé a preguntarme: ¿cómo es posible que la Quinta sinfonía de Beethoven y esto, me causen el mismo efecto siendo culturas tan diferentes? Eso quedó en mí.

—Ele: Cuando nosotros nos formamos como Tema Cuatro, hubo una sugerencia de ir a trabajar con Samuel Feijóo, una experiencia que no se olvida. Y él nos dijo: “yo quisiera llevar a partituras unas tonadas campesinas y cantos populares y callejeros de Sancti Spíritus”. Así desarrollamos en el cuarteto todo un trabajo de polifonía que Carlos ideó.

«Marta Valdés, con la cual él tenía mucha relación porque también trabajó en Teatro Estudio ayudando en canto a las actrices, le sugiere hacer ese trabajo polifónico que iba desarrollando en Tema Cuatro con la música afrocubana.

«Entonces Carlos pasó un día por la casa de un vecino que tenía un disco nombrado Viejos cantos afrocubanos y ahí fue que decidió experimentar. Y nos pusimos a estudiar con Lázaro Ross, Natalia Bolívar, el Conjunto Folklórico Nacional, los percusionistas que trabajaban allí».

—Carlos: Y aprendimos a respetar cómo se canta esa música, cuidando los coros que son de forma responsorial. Y la estructura misma del canto está en el toque original. Nosotros sabemos cómo construir esa sensación, aunque no se esté tocando. Tomamos como ejemplo un toque de tambores batá y el bajo está llevando los bajos de un tambor y la guitarra está llevando el Iyá, y algún otro instrumento lleva el Itótele o el Okónkolo. Vamos conformando con los instrumentos diferentes polirritmias porque desde que estuvimos en Trinidad con Feijóo, nos dimos cuenta de que los tambores batá parece que no, pero tienen notas y afinación. Ellos solos te van dando una melodía y mucha gente cree que es nada más el golpe; pero esos golpes tienen una melodía y esa melodía hay que saberla oír.

«No fue hasta los 80 que hicimos los primeros temas. Todavía me veo sentado en la cama con la guitarra y mostrándole a Ele los acordes de Asoyín. Lucía Huergo hizo otra composición, Mereguo.

«Ese disco, Ancestros, fue hecho con una ingenuidad muy grande, cosa que nos ayudó mucho. A veces no saber tanto de algo te ayuda a abrirte, a pensar que puedes. Después los golpes te enseñan, pero esa primera etapa fue muy bonita. Nos buscamos un asesor enseguida, que fue Lázaro Ross, quien me fue enseñando cómo esa música se cantaba muy diferente, y su tía, que cuando conversaba conmigo me decía: sí, Lázaro sabe algo, así que imagínate el conocimiento de ella. Nos costó trabajo que dejaran grabar, pero al final lo logramos y aquella mujer cantaba de una manera que no se puede creer.

«Lázaro interpretó para el disco Ancestros el tema Titi Laye, porque yo no podía con eso. En el estudio de grabaciones le pedí, por favor, que me lo cantara una vez para poder cantarlo yo mejor y esa toma única suya fue la que sacamos en el disco».

Ancestros sinfónico nos prueba que las raíces africanas de nuestra música son, efectivamente, posibles de insertar en esa categoría clásica. ¿Se consumó la intuición emotiva que tuviste al preguntarte cómo la Quinta sinfonía de Beethoven podía conmoverte tanto como las sonoridades afro?  

—Bueno, ahí está hecho. Creo que es muy prematuro para evaluar la vida futura de Ancestros sinfónico. El esfuerzo de todos en Síntesis y del pianista Pepe Gavilongo escribiendo horas y horas durante seis meses, fue grande y lo merece. El tiempo puede decidir, pero quizá, en el siglo que viene, quizá…

«Todo eso también está en los genes de Equis mi hijo. Una vez Mercedes Crespo, profesora de piano, después que ya él se había pintado el pelo de morado, haciendo rock and roll y que para atrás no iba, me dijo: ¿sabes que tu hijo tiene algo especial cuando toca a Bach? Y le respondí: pero ¿cómo me lo dices ahora? ¡Yo lo hubiera encerrado! pero era tarde para que fuera un músico clásico.

«Todo esto es una mezcla de muchas cosas, no solo de la música afrocubana. Ahí está implícito el rock and roll, están Génesis, Pink Floyd, Yes, Simon and Garfunkel… todo. Es el arsenal con que uno se arma para hacer algo. No está puro, está hecho en nuestro tiempo. Y es lo que quiero que Equis mi hijo mantenga: la tradición, pero con el lenguaje y las sonoridades contemporáneas.

Cuando llegó la pandemia, ya en el 2021, Equis pensó que no íbamos a sobrevivir. Las «balas» del coronavirus estaban cerca de nosotros. Gente que conocíamos se morían, no podíamos despedirlos, velarlos, nada. Equis estaba en Portugal y no podía venir por las restricciones de movimiento. Y pienso que su impulso para este Ancestros sinfónico es como un homenaje a nosotros también, por todo el esfuerzo que hemos hecho por él y por la familia».

—¿Qué es la música?

—Está dura la pregunta. ¡Tan fácil que parece! ¿verdad? Yo no pudiera vivir sin la música. ¡Imagínate que la quitaran! Que no hubiera música y llegáramos al cine para ver todas aquellas imágenes en silencio. La música es la vida, el aire que respiramos, es todo; es la propia existencia. Lo mismo dirá el pintor de la pintura, pero para mí es lo fundamental.

En Cuba hay muy buena música y siempre pienso que debíamos tocar más, ofrecer más conciertos, dar vida. Nosotros tenemos una responsabilidad muy grande con la Cuba de hoy. Los músicos cubanos y los artistas en general tienen una responsabilidad muy grande.

—¿Por qué?

—Porque si nosotros no tocamos… Cuando empezamos trabajábamos prácticamente todos los días y ahora no se toca tanto; un concierto aquí, una peña por allá. Todavía mi programadora dice que está buscando la fecha para hacer una gira por el aniversario 45 de Síntesis y ya andamos por el 50. Tengo ganas de ir por todo el país y hay problemas, lo sabemos, estamos conscientes porque no hay dinero para realizar todos esos sueños. Pero voluntad hay.

Del público

—Síntesis se ha convertido en una escuela.

—Cuando la gente está para la música a esas edades, la mayoría no están maleados como decimos en buen cubano. Buscamos a Pepe Gavilondo porque él se muere por la música, y cuando te equivocas, te equivocas. Ha pasado mucha gente por el grupo y si se van, no los miento más, no estuvieron en Síntesis. Sobre todo, hay quien nos ha traicionado, ha puesto una almohada en el momento en que tenemos que regresar a Cuba después de una gira. Despertarte y ver que no está la persona me parece despreciable como actitud. Gánate tu pasaje, gástate tu dinero, búscate tu pasaporte y tu lugar en este mundo, pero no me utilices.

 

Ele Valdés es cantante y tecladista del grupo Síntesis desde 1976. A su lado Pepe Gavilondo, compositor y también tecladista de la agrupación. Foto:Daniela Gómez Herrera

«Felizmente esta moneda tiene dos caras y siempre voy a apostar por los jóvenes que llegan al grupo interesados en conocer a fondo una música más experimental, diferente. Me encantan por su creatividad, por lo que pueden aportar también. Como nos pasa con Pepe, que aporta diez veces más de lo que le reconozco o con Esteban que es un muchacho con una creatividad especial y un talento para tocar los instrumentos». 

—La familia con el Grammy latino en las manos

—Carlos: Ese fue el día más feliz de mi vida, pero no por el Grammy, sino porque estábamos con nuestros dos hijos, Eme y Equis con su esposa.

—Ele: Y estábamos en un mundo que no tiene nada que ver con nosotros porque en el Grammy se mueven otras muchas cosas, mucha gente famosa, productores, músicos… y que te digan ¡felicidades, qué disco! ¡y que nos diéramos cuenta de que lo escucharon!

—Carlos: Nosotros fuimos nominados en una ocasión anterior a los Grammy latinos y tuvimos que ver la ceremonia por la televisión. En El Nuevo Herald dijeron que nos lo merecíamos nosotros, pero se lo dieron a Carlos Vives.

«Con este premio de 2022 le dimos una esperanza a nuestra hija Eme que es la más joven y a todos, a Pepe, a María la otra cantante que no pudo ir porque había que tener visa… todo un proceso que ya conocíamos.

«Cuando empezaron a enumerar allí a la gente que estaba nominada en la categoría de Mejor álbum folklórico, me decía: olvídate de eso. Y en la mesa consolaba a la familia: ‘‘bueno, caballero, pero llegamos hasta aquí”. Me alegro mucho de que se haya premiado la idea y el trabajo de Equis que fue al que se le ocurrió este Ancestros sinfónico».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.