La obra seduce y provoca al público dentro y fuera de la Isla. Autor: Cartel del evento Publicado: 06/10/2026 | 09:13 am
Fátima resurge nuevamente, esta vez con una puesta en escena unipersonal de Ray Cruz, que evoca la resiliencia de una Cuba marcada por la despedida de sus hijos. No es la primera ocasión en que la obra basada en un libro homónimo de Miguel Barnet, seduce y provoca al público dentro y fuera de la Isla, pero algo de su esencia continúa atrapándolo, como si en cada parlamento los espectadores encontraran un retrato de estos tiempos.
Es por eso que el viernes último, 2 de octubre, a las cinco de la tarde, el Salón de Mayo del Pabellón Cuba se encontraba abarrotado. Todos querían observar al actor que transformado en la diosa de las calles habaneras, convertía al pequeño escenario en un retrato vívido del Parque de la Fraternidad y había ganado, por sus méritos, el Premio Caricato 2023.
En cuestión de unos instantes, el bullicio se apoderó de la Sede de la Asociación Hermanos Saíz y, aunque la cita contó con asistentes de diversas edades, primaban en la audiencia los rostros jóvenes. Entre ellos, muy especialmente, estaba el consagrado escritor Miguel Barnet, quien observaba con orgullo el monólogo que, gracias a su asesoría y a la habilidad de la también directora Claudia Zaldívar, conservaba la esencia del texto original.
Varias décadas han transcurrido desde que la prosa de Barnet diera vida al personaje, pero Fátima mantiene su frescura. Es cubanísima e inmortal como ella misma se dice.
Ray Cruz desapareció cuando la mujer impasible se presentó en el escenario. Ella miró retadora a los presentes, como si algo en sus ojos vivaces quisiera develar los secretos de este mundo. Luego desapareció en su glamuroso performance de diva americana, mientras sumergía al público en el abismo de tristeza, que oculta su cabellera rubia y lenguaje irreverente.
No necesita haber nacido mujer para lucirse muy auténtica. Fátima, al igual que la ferviente Agrado de Almodóvar, demuestra que la feminidad va más allá de lo que dictamina la genética. Por momentos, el actor la presentó como una romántica empedernida; en otros, desbordaba la jocosidad y actitud soez que caracteriza a los cubanos. No obstante, todas las facetas confluyeron en una sola: la joven trans que ama y desdeña su sexo biológico.
Así, el personaje despertó un debate transversal a la Cuba de cualquier época o espacio. Es un reto sentir o pensar diferente, sobre todo en un país donde las mentalidades homofóbicas no se han desterrado totalmente pese a las nuevas leyes. Sin embargo, otro elemento envolvió a los presentes. Fátima refleja la realidad que los atrapa.
Un discurso que trasciende la transexualidad
La reina del Parque de la Fraternidad se presentó como una superviviente. Bastaba con saber su pasado huyendo de un padre abusivo y las dificultades que sufrió en el oficio más antiguo, para comprender que una parte de ella enfrentaba una lucha constante. Por eso, la puesta en escena dirigida por Claudia Zaldívar y Ray Cruz representó el contexto cubano en sus diferentes aristas.
Mientras Fátima bailaba sus propias melodías, el público transitaba junto a ella hacia una cotidianidad marcada por las dificultades económicas, los vicios y el deseo por alcanzar algo diferente.
La historia de un joven homosexual que emigró desde Oriente hacia La Habana y luego se adentró en el mundo del transformismo por amor a un desgraciado, rozaba, por momentos, el arquetipo. No obstante, el personaje se volvía más humano en los instantes donde sus errores y defectos, contrastaban con un intenso cariño hacia su madre.
En palabras de Ray Cruz: «La obra conecta tanto porque los sentimientos de amor, odio, rechazo y maltrato tocan de alguna manera tanto al público internacional como nacional. Ella pasa por cosas universales: se enamora, se prostituye por amor, el padre la golpea y adora a su figura materna».
El actor encontró en el personaje un espejo de las vicisitudes que enfrenta actualmente en la actuación. «Hacer ahora mismo teatro es muy difícil por las condiciones del país, pero Fátima es una luchadora, y ahora mismo estoy luchando en contra de la marea. Si algo tenemos en común es que intentamos saltar los obstáculos y yo sigo intentando, en medio de tanta locura, hacer lo que me gusta que es actuar», expresó.
Eso intentaba representar con la valiente prostituta del Parque de la Fraternidad: un batallar constante por nunca rendirse. Durante su soliloquio, el personaje exploró temas álgidos en la contemporaneidad como la migración interna, el desarraigo, la soledad y la marginación. Su aislamiento nacía de la discriminación por su orientación sexual, pero también de un origen humilde.
Navegaba entre el lujo y la precariedad; el orgullo y la deshonra; su devoción hacia la estatuilla de una virgen y la venta constante de su cuerpo. Pero continuaba aferrándose a la vida, porque sus dos identidades desdobladas entre Fátima y su nombre de nacimiento, Manolo, solo tenían en común la voluntad de seguir hacia adelante.
Más allá del escenario
El constante batallar de la protagonista impactó sobre un público que a veces se siente perdido, pero a pesar de la tristeza continúa levantándose. «Hay algo de ella en todos nosotros», comentó el novel escritor y actual aspirante a la Asociación Hermanos Saiz, Ricardo Laffita, quien encontró en esa maravillosa mujer una motivación para continuar escribiendo, pese a los retos que enfrenta la juventud actualmente.
Por su parte, Leandro Chirino Cala, universitario asistente a la función, aseguró que la obra conecta con otro tema muy común en el contexto cubano: los procesos migratorios. «Desde que parte de su provincia hasta la despedida de su pareja, la joven sufre las consecuencias de la migración. También muestra las posturas opuestas de quienes deciden irse o quedarse», comentó.
La relación disfuncional de Andrés y Fátima evidencia ese dilema. Ambos tienen razones para marcharse. Sin embargo, ella decide continuar su lucha por la supervivencia en el lugar que reconoce como suyo.
Cada gesto, canción o parlamento interpretado por Ray Cruz, se convirtió en narrador y testigo de una historia que la audiencia, desde sus múltiples perspectivas, lograba asumir como cercana a sus vivencias. No es de extrañar, que cuando Fátima exclamara con la voz quebrada por la nostalgia: ¡Ay, Cuba! ¿Qué será de mí cuando sea vieja?, el público estallara en sostenidos aplausos.
De pronto llegaron las últimas palabras. La reina del Parque de la Fraternidad se despedía de la escena con la misma sonrisa llena de picardía que cautivó en los primeros instantes, pero sin poder ocultar la melancolía.
Minutos antes, había llorado, reído, coqueteado con la desesperación y con la ira, y hasta realizado una última broma con ademanes tragicómicos. El auditorio la observaba en un silencio expectante. Luego, la algarabía sobrevino a la calma y Fátima volvió a ser un personaje para dar vida a Ray Cruz.
Pero, la imagen nocturna del Parque de la Fraternidad continuó dominando unos instantes en el Salón de Mayo del Pabellón Cuba, pues algo de esa mujer auténtica, valiente y herida por las penas quedó en el alma del auditorio.
