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La gloria no aburre

En Tokio, una vez más, se doblaron tanto las teorías que volvieron a romperse

Autor:

Luis Autié Cantón

En Tokio, una vez más, se doblaron tanto las teorías que volvieron a romperse. A la cubana Omara Durand le bastaron solamente, por ejemplo, 11 segundos con 49 centésimas en los 100 metros planos categoría T12 para obtener la séptima medalla dorada en su carrera bajo los cinco aros y echar por tierra el mito de que la alegría surge solamente de lo inesperado. Yo sabía, usted sabía, todos sabíamos que esa medalla llegaba, incluso antes del «¡paff!» que anunció la arrancada. Hay también euforia, mucha euforia, en la concreción de un hecho que la lógica y el deseo definen como inobjetable, desde antes de que suceda. Es cuando redundan los triunfos cuando nacen las leyendas. Y esa iteración de victorias, en el deporte, no aburre. La gloria no aburre.

Dicho esto, la historia ha ido sumando nombres a lo que se podría denominar el «Panteón de las maravillas» en los Juegos Paralímpicos. Hay atletas que han sido tan dominantes en sus respectivas disciplinas que se han convertido en una suerte de «semidioses» del Olimpo.

Así, hay un nombre que encabeza este templo: la estadounidense Trischa Zorn. Ella solita «sacó» de las piscinas más medallas que las acumuladas por muchas delegaciones nacionales. Ciega de nacimiento, Zorn ganó, en siete ediciones de los Juegos, la escandalosa cifra de 55 preseas. Ningún atleta ha logrado sumar semejante cantidad, hasta la fecha. En 41 oportunidades subió a lo más alto del podio, fue subcampeona nueve veces y tercera otras cinco.
En Seúl 1988, ocho años después de su debut bajo los cinco aros, dejó al mundo del deporte en shock tras colgarse al cuello 12 medallas de oro.

Ahora, en Tokio, pudimos ver a la ondina española Teresa Perales llevarse la plata en los 50 metros espalda S5 y arribar a la friolera de 27 medallas olímpicas. Otra grande de la historia del deporte.

Otra nadadora, la francesa Béatrice Pierre Hess, venció los pronósticos de quienes, alguna vez, vieron en la parálisis cerebral que sufría una limitante para el triunfo, y obtuvo 20 medallas de oro y cinco de plata. Tan «limitada» estaba, que en la edición de Sydney 2000 Béatrice batió nueve récords mundiales.

En este mausoleo de la grandeza sobresalen, también, nombres como el del sueco Jonas Jacobsson, quien con su rifle obtuvo 30 medallas olímpicas, repartidas en 17 de oro, cuatro platas y nueve bronces. Es el atleta paralímpico masculino más laureado en la historia de estas fiestas estivales. Participó en diez Juegos de manera consecutiva, desde 1980 hasta 2016. En Atenas 2004 se colgó cuatro metales áureos en el rifle de aire mixto propenso SH1, rifle de aire masculino de pie SH1, rifle mixto libre propenso SH1 y rifle libre masculino 3x40 SH1. Un dato curioso es que, en Seúl 1988, Jacobson enfundó el arma por un rato y fue parte del equipo sueco de baloncesto sobre ruedas que terminó, finalmente, en el sexto lugar.

Brillan también el italiano Roberto Marson y el británico Lee Pearson. El primero, sin movilidad en sus piernas a causa de un accidente automovilístico, en Tokio 1960 participó en tres disciplinas —atletismo, esgrima sobre ruedas y natación— y ganó tres medallas de oro, cuatro de plata y una de bronce. En su carrera logró subir al podio en los tres deportes, pues obtuvo ocho metales en atletismo, tres en natación adaptada y 15 en esgrima adaptada. Por su parte, Pearson obtuvo 14 metales, 11 de oro, dos platas y un tercer lugar.

Otro ejemplo de éxito es el suizo Heinz Frei quien, tetrapléjico tras un accidente sufrido mientras hacía escalada, obtuvo 26 medallas en los Juegos de verano en dos modalidades distintas: atletismo adaptado y ciclismo adaptado en ruta. Además, el helvético participó en varios Juegos Olímpicos de Invierno, donde se llevó ocho preseas en el esquí de fondo adaptado.

Daniel Dias, nadador brasileño sin extremidades superiores, ha obtenido más medallas que ningún otro hombre en las aguas paralímpicas, con 27. Aunque en Japón no pudo subir a la cima del podio, dejó una frase que quedará marcada para la posteridad, y que deberá, sí o sí, ser adoptada como un mantra para aquellos que busquen la gloria: « no creo en el término paratleta. Yo soy un atleta».

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