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Temporada de despedidas

La partida de Antoine Griezmann y Mohamed Salah de sus clubes actuales marca el inicio de la temporada de despedidas del fútbol europeo

Autor:

Por Rubén Darío García Caballero

En la última semana, dos jugadores que marcaron época en sus respectivos equipos anunciaron su adiós. No son despedidas cualquiera. Son el ocaso de dos soles que alumbraron con luz propia dos estadios, dos ciudades, dos aficiones enteras. El fútbol, ese viejo teatro de pasiones, ve cómo dos de sus actores principales bajan el telón en el momento justo en que sus nombres ya eran eternos.

Uno se marcha a las playas de Florida con la elegancia de un bailarín de cine mudo; el otro abandona el puerto de Liverpool como un faraón que lo ganó todo, incluso el corazón de una hinchada que nunca olvidará sus goles. Ambos, de distinta manera, redefinieron lo que significa ser leyenda. 

Griezmann se lleva su talento a las playas de Orlando

Antoine Griezmann llegó al Atlético de Madrid como un secreto a voces, un niño de la Real Sociedad que prometía mucho pero que, en tierras colchoneras, se convertiría en el estandarte de una rebelión contra el orden establecido. Como un mago que nunca revela sus trucos, el pequeño duende de Macon hizo de la picardía un arte.

Cada recorte era un guiño, cada asistencia un paseo por la Castellana y cada gol una celebración que se convertía en meme universal. Su «L phone» no era solo una pose: era la forma de llamar a la historia para decirle que estaba dispuesto a reescribirla.

Fueron años de batallas titánicas. El Principito, como le apodaban algunos, se creció en las noches europeas frente al Bayern, en las finales europeas ante el Real Madrid, en cada derbi donde el corazón se le subía a la garganta. Con Diego Pablo Simeone como general y él como lugarteniente de lujo, el Atlético dejó de ser el equipo sin expectativas para convertirse en un rodillo de fútbol.

Juntos levantaron una Europa League, una Supercopa de Europa y, lo más importante, devolvieron la autoestima a una afición acostumbrada a vivir a la sombra del gigante vecino. Él era el faro en medio de la tormenta, el equilibrista que caminaba sobre el alambre sin red.

Pero como en toda gran novela, hubo un capítulo de ida y vuelta. Su partida al Barcelona fue el paréntesis que nadie pidió, un sueño roto que se convirtió en pesadilla. Sin embargo, el fútbol, a veces justo, le concedió la redención. Regresó al Manzanares como quien vuelve a casa después de una larga travesía, con las botas algo más pesadas pero el alma más liviana. Ya no era el chico de los 80 millones, sino el veterano que entendía que su lugar en el mundo estaba en el césped del Metropolitano, peleando cada balón como si fuera el último.

Con el paso de los años, se convirtió en el octavo jugador con más partidos en la historia del club, un Top 5 de goleadores y el símbolo de una era que se apaga.

Ahora, cuando el reloj marca la hora de partir, Antoine Griezmann pone rumbo a Orlando. No se va con un portazo, sino con el susurro del que sabe que lo dio todo. Se lleva su talento a las playas de Florida, donde el sol nunca se pone y la presión es otro cuento.

Allí, en la MLS, seguirá haciendo de las suyas, pero en el recuerdo de la ribera del Manzanares, su silueta pequeña y gigante a la vez seguirá corriendo como aquel primer día.

Es el adiós de un rey sin corona que, sin embargo, reinó en el corazón de una hinchada que le verá marchar con la tristeza de quien pierde a un hijo, pero con el orgullo de haberlo visto crecer.

El último Beatle cuelga su guitarra

Cuando Mohamed Salah llegó al Liverpool, los reds vivían una época de demasiados grises. Los títulos eran esquivos, Europa se alejaba cada día más y la crisis en Premier se acercaba a los 25 años. Pero todo cambió cuando desde Roma Salah aterrizó en Anfield, y con él cambió para siempre la historia reciente.

Allí se reunió con Roberto Firmino, Sadio Mané y Phillipe Coutinho para formar los nuevos Beatles, estos con la pelota de fútbol como guitarra y goles como canciones. A lo largo de 9 años, y con Jurgen Klopp como perfecto director, el Liverpool ganó su primera Champions en 14 años, llegó a su primera final en 11, alzó por fin la tan ansiada Premier League en medio de un mundo detenido por el COVID-19, ganó una y otra vez copas locales, tocó la cúspide mundial en Japón durante el Mundial de clubes y revivió la competitividad en el fútbol inglés en encomiadas batallas contra el Manchester City.

Si para los rojos estos nueve años fueron de glorias, para Salah fueron la transformación de un jugador con talento a uno de los tres mejores jugadores africanos de la historia. Tres títulos de goleo en la Premier League, dos premios a mejor jugador de la temporada, un récord de goles que vivió hasta que un androide llamado Erling Haaland aterrizó en Manchester, un liderato de asistencias, y un top5 como máximos goleadores en la historia del fútbol inglés avalan su paso por tierras lluviosas.

Y, por si fuera poco, cuando abandone Anfield para siempre, se irá como el máximo goleador extranjero en la historia de la Premier League, por encima de históricos como Thierry Henry, Sergio Agüero o un tal Cristiano Ronaldo.

La guitarra del egipcio deja de sonar en el Mersey, pero su eco retumbará por siempre en la portería contraria.

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