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La tarde del Alfarazo

En una tarde de Boston que el guaraní convirtió en leyenda, el autodenominado «cazador de utopías» cumplió su mayor profecía

Autor:

Ruben Darío García Caballero

El cartel anunciaba un partido de fútbol, pero los 65.000 espectadores que llenaron el Gillette Stadium de Boston fueron testigos de otra cosa: una gesta. Una de esas que el fútbol, ese deporte que a veces se olvida de ser previsible, regala para recordarnos que los favoritismos son papel mojado. Paraguay, esa selección que llegó al Mundial como un convidado de piedra después de 16 años de ausencia, tumbó a la tetracampeona del mundo en una tanda de penales que duró una eternidad y que, cuando terminó, dejó a los alemanes con las manos vacías y a los paraguayos con el cielo en los bolsillos.

El partido fue un ejercicio de resistencia, de fe y de estrategia pura. Gustavo Alfaro, el técnico argentino que se autodenomina «cazador de utopías», había diseñado un plan perfecto. Y sus jugadores, fieles a la enseñanza, lo ejecutaron como si hubieran nacido para ello. Alemania dominó la posesión y los pases, pero encontró siempre el mismo paisaje: una defensa paraguaya enrocada, un muro de carne y hueso que se negaba a ceder. Los espacios, ese lujo que Alemania necesita para desplegar su fútbol, brillaron por su ausencia.

El golpe de gracia llegó justo antes del descanso. Un balón ejecutado desde la derecha y la cabeza de Julio Enciso, ese delantero de 1,73 metros que se elevó por encima de gigantes como Jonathan Tah de 1,95 y Antonio Rüdiger de 1,90, para marcar el primer gol de Paraguay en una fase eliminatoria de un Mundial. Era el 0-1. Era la primera estocada.

Pero Alemania, como los grandes equipos, reaccionó. En el minuto 54, Kai Havertz, el delantero del Arsenal, conectó un cabezazo que batió a Orlando Gill y puso el 1-1. El partido, que parecía encarrilado para la sorpresa, se reabría. Y entonces, en la prórroga, llegó el momento que pudo cambiar la historia. Jonathan Tah cabeceó a la red en el minuto 102. El estadio alemán estalló. Pero el VAR, ese juez implacable, mostró la imagen que lo cambiaba todo: una obstrucción al portero Gill. Gol anulado. Alemania, que ya saboreaba la clasificación, se quedó con la miel en los labios.

Llegó la tanda de penales. Y con ella, la historia. Alemania, que había ganado todas sus tandas mundialistas previas, era un equipo imbatible desde los 11 pasos. Pero el fútbol, caprichoso, decidió que esta noche era la excepción. Kai Havertz, el héroe del empate, falló su lanzamiento. Nick Woltemade también. Y Jonathan Tah, en el sexto penal, envió el balón por encima del larguero. Paraguay, que también había fallado dos oportunidades para sentenciar (Antonio Sanabria remató desviado y Fabián Balbuena fue detenido por Neuer), encontró en José Canale la figura del héroe. El defensor, con la sangre fría de un veterano, colocó el balón en la escuadra derecha y desató la locura. Era el 4-3. Era la clasificación.

«Le dedicamos esto a todo el pueblo de Paraguay», dijo Gustavo Gómez, el capitán, con lágrimas en los ojos. Alfaro, por su parte, lo resumió con una frase que ya es parte del folklore: «Parece que si no sufrimos, no vale». Y es que Paraguay sufrió, y mucho. Pero también creyó. Y esa fe, esa resistencia de 120 minutos y una tanda de penales que duró una eternidad, fue suficiente para tumbar a la tetracampeona del mundo.

El dato es demoledor: Alemania perdió por primera vez en su historia una tanda de penales en un Mundial. Su racha perfecta, forjada a lo largo de cuatro décadas, se rompió en una tarde de Boston donde el fútbol, ese artefacto narrativo que a veces se empeña en contradecir la lógica, decidió que era hora de que los grandes también aprendieran a perder.

Paraguay, en cambio, escribió la página más gloriosa de su historia. El «Alfarazo» ya tiene nombre propio. Y en las calles de Asunción, el presidente Santiago Peña decretó feriado. Porque hay noches que merecen ser celebradas como si fueran un título. Y esta, sin duda, fue una de ellas.

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