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Y la profecía se hizo realidad

Dieciséis años después de aquel 11 de julio en Johannesburgo, España volvió a tocar el cielo con las manos en el MetLife Stadium de Nueva York/ Nueva Jersey

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Todo comenzó como un chiste, una ilusión, un cúmulo de casualidades. Y al paso de 38 días se volvió realidad. La profecía de España, esa que comenzó en una tarde de julio en Sudáfrica y en la que muchos se colgaron soñando con la segunda estrella, se hizo realidad bajo el sol dominical en el MetLife Stadium de Nueva Jersey con la fuerza de un vendaval.

No fue un golpe de suerte, ni un milagro de última hora. Fue la culminación de un torneo casi perfecto, de una selección que jugó al fútbol como si el balón fuera una extensión de sus pies y el césped, un escenario diseñado para su danza. España es campeona del mundo por segunda vez en su historia. Y lo hizo con la autoridad de quien sabe que el destino, a veces, solo espera a quien está dispuesto a escribirlo.

El partido comenzó con el guion esperado. Argentina, campeona defensora que aspiraba a ser la primera en revalidar el título desde Brasil en 1962, saltó al césped con la fe de quien ha aprendido a ganar. Pero enfrente estaba España, un equipo que había decidido que la posesión no era un fin, sino un medio. Durante los primeros 90 minutos, la Roja convirtió el MetLife Stadium en un campo de entrenamiento, dominando con el 65,1 por ciento de posesión y acumulando 20 remates. Argentina, acostumbrada a sufrir y remontar, no logró encontrar la fórmula. No disparó ni una sola vez a portería en el tiempo regular, convirtiéndose en el primer equipo de la historia en lograrlo en una final de un Mundial. Mientras, Lamine Yamal, Dani Olmo y Mikel Oyarzabal probaban sin cesar a Emiliano Martínez, que se agigantaba bajo los tres palos para mantener el 0-0.

La frustración argentina se fue haciendo palpable con el paso de los minutos. Una tanda de faltas tácticas y entradas duras, incluyendo una plancha de Alexis Mac Allister sobre el tobillo de Dani Olmo, fueron el reflejo de un equipo que veía cómo el partido se le escapaba. Y entonces, en el tercer minuto del tiempo añadido, Enzo Fernández se ganó la expulsión con una entrada brutal sobre Pau Cubarsí. Argentina se quedaba con diez hombres. La lona, para la Albiceleste, ya estaba tendida.

La prórroga fue un asedio. Nico Williams tuvo un gol anulado por una falta milimétrica, y Martínez salvó a su equipo con una parada de dedos a un cabezazo del mismo Williams. Pero en el minuto 106, el muro se derrumbó. Pedro Porro colgó un centro al segundo palo, Nico Williams cabeceó al corazón del área y allí, como un fantasma que nadie esperaba, apareció Ferran Torres. El delantero, que había entrado en el minuto 62 en sustitución de Oyarzabal y que no había marcado en todo el torneo, empujó el balón con violencia al techo de la red. Era el gol que valía la segunda estrella tantas veces soñada. La celebración de Ferrán, con los brazos abiertos y la mirada al cielo, fue la imagen de una generación que había esperado 16 años para volver a tocar la gloria.

El dato, frío e implacable, refleja lo que los ojos vieron: España fue infinitamente superior. Los 803 pases completados de la Roja, con un 65,1 por ciento de posesión, fueron la columna vertebral de un equipo que jugó con la memoria de los grandes campeones. Y Unai Simón, que apenas tuvo trabajo, se llevó el Guante de Oro del torneo tras encajar un solo gol en ocho partidos. España, además, se convirtió en el primer país en tener simultáneamente el título del mundo masculino y femenino. Un dato que habla de una generación de oro, pero también de un método.

Luis de la Fuente, quien ha convertido la fe en un método de trabajo, se unió a la élite de los elegidos. Con este título, se convirtió en el primer entrenador en ganar una Eurocopa y un Mundial con la selección española, manteniendo su racha invicta en grandes torneos. «Estos jugadores hacen fácil lo difícil», declaró el técnico, con lágrimas en los ojos. Y es que, en el fútbol, como en la vida, los grandes logros no se construyen con individualidades, sino con equipos. Y este España, el equipo de la posesión, de la paciencia y de la fe, ha demostrado que el fútbol, a veces, es justo.

Messi se retiró del césped con la mirada perdida, derrotado en su sexto y último Mundial. Su sueño de una despedida triunfal se había desvanecido entre los dedos de un Dibu Martínez que, a pesar de todo, fue el mejor de los suyos. Argentina, que no había perdido en todo el torneo, guardó su peor actuación para la final.

La celebración en Madrid fue una explosión de alegría. Miles de personas tomaron las calles, ondeando banderas y entonando cánticos, convirtiendo la capital en una marea roja que se prolongó hasta la madrugada. No fue solo una celebración deportiva. Fue la confirmación de que España, la selección que juega con las neuronas más que con los músculos, ha vuelto a reinar en el fútbol mundial.

Cuando el árbitro pitó el final, el MetLife Stadium se rindió ante la evidencia. España, la selección que empezó el torneo empatando con Cabo Verde, mientras un mar de dudas inundaba las portadas de prensa, se había convertido en la justa campeona del mundo. Dieciséis años después de aquel 11 de julio en Johannesburgo, el fútbol español lo vuelve a hacer. Y lo hizo con la autoridad de quien sabe que las profecías, cuando se escriben con paciencia y con fe, siempre se cumplen.

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