Pin de República Dominicana en Santo Domingo 2026. Autor: Luis Raúl Vázquez Muñoz Publicado: 08/08/2026 | 10:24 am
«Oye, cubano, ¿tú no tienes un pin?». Un pin es lo que en Cuba llaman sellitos, las figuras metálicas que se prenden de la ropa, y quien hace la pregunta es un muchacho delgado, con gorra y credencial de prensa, que está sentado en el piso de una de las explanadas para los periodistas en el Estadio Olímpico Félix Sánchez.
Yo pongo cara de angustias y digo la verdad: «Compadre, yo no tengo ni el de Cuba». Los pines se han convertido en una especie de celebridad a lo largo de estos Juegos. Desde el primer día todos te preguntaban por ellos y antes de empezar una competencia muchas delegaciones intercambiaban los sellos de sus uniformes, que mostraban las banderas o los escudos de sus países.
Sin embargo, el problema de los pines es otro. Son piezas brillantes, metálicas, duraderas. Son objetos, de cierta manera, hasta simpáticos; buenos para lucir y para tener un recuerdo. A esta hora final de los 25tos. Juegos Centroamericanos y del Caribe, son muchos los participantes, el personal de apoyo, de seguridad, los atletas y el público que, en sus ropas, en las gorras o en las cintas de las credenciales exhiben una constelación de pines.
Los que más tienen han sido los triunfadores de una batalla, que ha durado 15 días y cuyas mejores armas, las más auténticas y efectivas, han sido la amabilidad y la persistencia. Los dominicanos te han preguntado si tienes alguno con una sonrisa y un tono que no hace falta presentaciones, y cuando has respondido que no, ellos te han mirado con afabilidad y han dicho: «No hay problemas, vaya con Dios».
Ahora que todo se acaba, ahora que por fin llegó una fecha que parecía lejana, a uno se le hace más evidente que los pines se van a convertir en uno de los recuerdos más persistentes de estas jornadas. Estarán las medallas, por supuesto, y eso no amerita discusión. Pero ellas pertenecen a los deportistas. Los pines, en cambio, serán los recuerdos de los comunes de los mortales con algo que se enseñará en un futuro a los hijos y nietos.
Todo eso es lo que se percibe en los ojos del muchacho y, por eso, con cierto dolor insistes en que no, en que no tienes ninguno. El joven se presenta como Diego y dice trabajar para el periódico El Nacional y la plataforma informativa de Centro Caribe Sports. Tiene las dos cintas de la credencial llenas de pines. Tú te sientes algo embarazado. A lo mejor piensa que uno es un egoísta y aclaras: «Es que no tengo ni uno de Cuba, compadre».
Entonces se echa a reír. Se inclina hacia atrás con una carcajada y dice: «Pues llévate uno de Dominicana». Y abre el bolsillo de la mochila, busca entre los papeles y saca un pin. Es una pieza brillante y de color crema, y protegida con su nailon. Arriba tiene el emblema de los juegos. Abajo unos tambores, los teclados de un piano y la bandera de República Dominicana. Te lo da con una sonrisa llena de bondad y tú das las gracias en un murmullo, que apenas se escucha con el audio que narra una de las duras carreras en las finales del atletismo.
Diego pide: «Póntelo, anda». Y uno lo mira, lo sopesa en la mano y dice: «Mira dónde lo voy a poner», y lo empiezas a enganchar por la parte que queda al centro del pecho, hacia el lado izquierdo. Él lo mira. Lo comprende todo. Los ojos le brillan y mientras tú te alejas, en esta última noche de competencias, camino a una entrevista, ves que él levanta la mano en la distancia con el puño en alto en señal de cariño y también de despedida.
