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Seis mil niños con el corazón partido

Inglaterra goleó 7-0 a Croacia en Rijeka ante un estadio lleno de escolares que jamás olvidarán la tarde en que vieron a su selección ser despedazada

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Nadie les advirtió. Nadie les dijo que aquella excursión, aquel viaje en autobús desde sus colegios y academias de fútbol hasta el Stadion Rijeka, se convertiría en una de las experiencias más crueles de sus vidas. Eran 6 000 niños croatas, algunos con la camiseta de Modrić, otros con bufandas heredadas de sus padres, todos con la ilusión pintada en la cara. La UEFA había sancionado a Croacia con un partido a puerta cerrada por los incidentes racistas y pirotécnicos de su afición en París un año atrás. Pero la federación encontró un resquicio en el reglamento: los menores de 14 años podían entrar gratis. Setenta autobuses partieron desde todos los rincones del país. Los niños llegaron cantando. Se marcharon en silencio.

El partido, si es que puede llamarse así, fue una ejecución. A los ocho minutos, Bellingham filtró un pase imposible y Harry Kane, con la frialdad del verdugo que ya ha matado 88 veces con la camiseta de Inglaterra, fusiló a Livaković. Los niños, que habían rugido con cada despeje de su defensa, enmudecieron. No sabían que aquello era solo el primer golpe. En el 21, Saka desbordó por la derecha, Gordon peinó el balón en el segundo palo y Bellingham, llegando desde atrás como un fantasma, empujó el 0-2. En el 39, Gordon cabeceó un centro de Quansah. En el 45, Saka cerró la primera parte con el cuarto. Los niños miraban el marcador con incredulidad. Algunos empezaron a llorar. Otros se abrazaban a sus profesores. Nadie les había preparado para esto.

La segunda parte fue un suplicio. Kane firmó su doblete en el 53, Saka el suyo en el 68, y Morgan Rogers, entrando desde el banquillo, selló el 0-7 en el 87. Era la mayor goleada en la historia de la selección croata, un equipo que hace apenas ocho años jugaba una final del Mundial tras precisamente vencer a los tres leones. Los 6000 niños, que habían venido a ver a sus ídolos, presenciaron la humillación más absoluta. Las gradas, diseñadas para casi nueve mil espectadores, se quedaron a tres cuartas partes de su capacidad. Pero el vacío no era de asientos: era de esperanza. Los pocos adultos presentes, uno por cada quince menores, intentaban consolar a los pequeños sin saber qué decir. Un niño de nueve años, con la camiseta de Gvardiol, le preguntó a su profesor si Inglaterra era «el mejor equipo del universo». El profesor no supo qué contestar.       

Al final del partido, los jugadores croatas se acercaron a la grada para pedir perdón. Modrić, el capitán de 40 años que lo ha ganado todo, levantó las manos con gesto de disculpa. Algunos niños aplaudieron, porque el amor por su selección no entiende de resultados. Otros siguieron llorando en silencio. Hubo sonrisas al principio, cuando el estadio se llenó de color y de cánticos. Hubo abrazos y banderas. Pero cuando el séptimo gol entró en la red, la mayoría de aquellos seis mil niños croatas ya no sonreía. Habían ido a ver a su equipo favorito. Se marcharon con el corazón partido, con la lección más dura que un aficionado puede aprender: que el fútbol, a veces, no tiene piedad con los sueños de un niño.

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