Entre lesiones y golazos, el PSG venció al Barca en uno de los grandes duelos de la semana de Champions. Autor: Diario As Publicado: 22/10/2026 | 11:04 am
París es, por definición, la ciudad de la luz. Pero este martes, en el Parque de los Príncipes, la luz que se apagó fue la del Barcelona. El equipo de Hansi Flick llegó a la capital francesa con un expediente inmaculado: diez victorias en diez partidos, un fútbol de salón y la etiqueta de invencible. Se marchó con la primera mancha en su historial, un 4-2 que duele, que escuece y que, sobre todo, devuelve a la realidad a un equipo que había vivido en una burbuja durante dos meses.
El guion del partido tuvo un arranque cruel. Apenas veinte minutos de juego y el PSG ya había perdido a su goleador, Ousmane Dembélé, por una lesión muscular. La mala noticia para los parisinos se convirtió en un presagio para los culés: Dani Olmo, el faro del Barça en la medular, también cayó lesionado minutos después. El partido, que prometía ser un duelo de talento, se convirtió en un tablero de ajedrez con piezas de repuesto. Y en ese caos, el PSG encontró su ventaja. Un error de Lamine Yamal en la salida, un latigazo de Désiré Doué desde la frontal y el 1-0. El Parque de los Príncipes rugió, y el Barcelona, por primera vez en semanas, se sintió vulnerable.
La segunda parte fue un torbellino de emociones. El Barcelona, herido en el orgullo, se lanzó al ataque. Y encontró su recompensa en un héroe inesperado: Xavi Espart, un lateral de 19 años que debutaba en Champions League. El canterano se metió al área como un delantero veterano, definió al primer palo y puso el 1-1 en el marcador. El Barça volvía a sentirse vivo. Pero el PSG, el bicampeón de Europa, no había dicho su última palabra. Un córner botado con precisión quirúrgica encontró la testa de Lucas Hernández, que se elevó por encima de todos para firmar el 2-1. El mazazo fue inmediato. Y cuando parecía que el Barça se desangraba, apareció Lamine Yamal para recordarle al mundo por qué es el jugador más talentoso de su generación. Recibió en la banda, se sacó de encima a Zaïre-Emery con un amago imposible y la clavó en la escuadra de Safonov. Un golazo. El 2-2. La locura.
Durante dos minutos, el Barcelona soñó con la remontada. Pero el fútbol, como la vida, no entiende de guiones perfectos. Y el PSG, como un depredador herido, respondió con la frialdad de un campeón. Primero, Vitinha, el hombre del partido, sacó un latigazo desde la media luna que se coló junto al palo de Joan García. Un golazo que silenció a la parroquia culé. Y cuatro minutos después, Achraf Hakimi, incansable por la banda derecha, puso un balón de oro al segundo palo para que Fabián Ruiz, con el arco a su merced, empujara el 4-2 y sentenciara la noche.
El pitido final dejó un sabor amargo en el Barcelona. La racha de victorias se había esfumado, y el liderato pasaba a manos de un PSG que suma pleno de puntos. Pero más allá de las estadísticas, la noche dejó una lección: este Barça, el que había deslumbrado a Europa, tiene un punto débil. Cuando el talento individual no basta, cuando el colectivo se resquebraja, el gigante parisino es demasiado para él.
La ciudad de la luz se queda con el PSG. El Barcelona, con la mirada puesta ya en el Clásico del próximo domingo en el Camp Nou, se marcha de París con la sensación de haber perdido algo más que tres puntos: perdió la aureola de invencible. El invicto se apagó en París. La temporada, en cambio, sigue encendida.
