Las Madres de la Plaza de Mayo son un símbolo de resistencia y lucha. Autor: Cortesía de la fuente Publicado: 10/05/2026 | 12:16 am
Cuando, en plena dictadura militar argentina, poco más de una decena de mujeres empezaron a intercambiar información en la emblemática Plaza de Mayo en busca de señales que las ayudaran a encontrar a sus hijos, ellas abrían un capítulo en la historia nacional que traspasaría las fronteras como ejemplo de amor y dolor convertidos en fuerza.
Hacía solo un año del golpe de Estado pero, para entonces, abril de 1977, la Junta Militar que encabezaba Jorge Rafael Videla ya utilizaba las detenciones arbitrarias, el encierro clandestino, la tortura y el asesinato como forma de represión que dejó más de 30 000 víctimas en siete años.
En ese duro y aplastante total se incluirían después tres de las mujeres que se sumaron a la silenciosa pero tenaz exigencia de justicia latente bajo los «pañuelos» blancos: los pañales de sus hijos que habían guardado con celo y con los cuales se cubrieron el cabello, anudándolos bajo la barbilla.
Sin hallar rastro de sus muchachos y muchachas, que de modo intempestivo los militares se habían llevado —muchas veces de sus propias casas—, ellas comenzaron a andar dando la vuelta a la explanada, luego de que los uniformados las conminaran: «Circulen, circulen…».
Las rondas se iniciaron todos los jueves a las 3:30 de la tarde y empezaron a nutrirse con las fotos de los hijos en forma de pancartas: «Con vida los llevaron, con vida los queremos».

Así nacieron las Madres de Plaza de Mayo, símbolo de resistencia y lucha que dio luz a la conciencia de una ciudadanía a la que se escamoteó la realidad, y que a la postre no sucumbió bajo los efectos del terror impuesto con la protección del Cóndor: la red que con el visto bueno de quien fuera exsecretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, unió a los regímenes militares latinoamericanos para conspirar y exterminar todo lo que oliera a progresismo aun sin acusaciones, cargos ni condenas.
La desaparición forzada —un crimen que no prescribe en tanto no se restaure o conozca el paradero de la víctima— se convirtió en un término manejado por la justicia.
¿Cuánto la lucha por la verdad, la justicia y el «Nunca más» le deben a la entereza de las Madres de Plaza de Mayo?
Al influjo de sus denuncias y las de otras organizaciones sociales y políticas, y con el apoyo de abogados tan valientes como ellas, se develaron secretos e instauraron las primeras causas contra los represores hasta que, mucho después, las leyes que impedían el ejercicio de la justicia sobre ellos, empezaron a desmoronarse con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia.
Habían transcurrido muchas décadas de sostener sus demandas, y para esa época ya se había producido el tibio «retorno a la democracia», como se le llamó a la llegada del Gobierno de Raúl Alfonsín.
Pero las Madres… no fueron la única organización surgida para la lucha por la verdad desde el afecto. Con ellas vio la luz otro emblema que todavía hoy es fortísima denuncia contra el horror de las dictaduras: las Abuelas de Plaza de Mayo, quienes surgieron con la misión de hallar no solo a sus hijos, sino a su descendencia.

Esos más de 500 niños y niñas, hoy hombres y mujeres que superan los 40 años, constituyen la mejor evidencia de un crimen que se replicó en ellos, víctimas de lo que se ha conocido como la «apropiación ilegal»: menores robados a sus padres cuando estos fueron secuestrados, o cuya llegada al mundo fue aún más dura: bebitos nacidos en los centros clandestinos de detención adonde fueron llevadas sus jóvenes y bellas madres en estado de gestación.
Muchas debieron parir, incluso, atadas. Algunas alcanzaron a decir en alta voz el nombre con que querían bautizar a sus niños antes que les fueran arrebatados y entregados por los militares a familias con otros nombres y apellidos e, incluso, a las de sus captores, sin que jamás les dijeran quiénes eran sus padres, ni de dónde procedían.
La insistencia tenaz de las Abuelas… —con el apoyo de profesionales y técnicos y otros colaboradores— ha conseguido que, hasta hoy, 140 de aquellos niños secuestrados hallaran a su familia biológica y disfrutaran el derecho de conocer su identidad y la posibilidad de volver a sus orígenes.
En medio del intento —allí, y en otras naciones latinoamericanas— de negar el pasado, hacer aparecer los crímenes de las dictaduras como «causas justas» y cambiar la historia, Madres y Abuelas dejan su historia como prueba y las últimas, además, un importante legado: un Banco Nacional de Datos Genéticos con sus muestras, al que podrán acudir en el futuro todos los nacidos entre 1975 y 1983 que duden de su origen.
Se seguirán develando verdades y otros hombres y mujeres podrán conocer a sus auténticas familias.
