El pueblo de Brasil decide el futuro del país, este domingo, al validar un cuarto mandato de Luiz Inácio Lula da Silva, o apostar por Flávio Bolsonaro. Autor: Tomada de X Publicado: 03/10/2026 | 02:43 pm
Cual sombra —ya no disimulada—, de un modo u otro y de forma más o menos explícita, la presencia de Estados Unidos ha estado sobre las más recientes elecciones presidenciales de América Latina.
Desde Argentina y la promesa del salvataje con dólares para la Reserva que benefició la candidatura de Javier Milei en diciembre de 2023, pasando por las amenazas de corte de ayuda a Honduras si ganaban la aspirante de LIBRE o el representante del Partido Liberal en noviembre pasado, hasta llegar a Colombia, cuyos comicios estuvieron matizados este verano por las declaraciones de funcionarios estadounidenses —incluyendo nuevamente al presidente Donald Trump—, que respaldaban a priori al aspirante derechista Abelardo de la Espriella, quien finalmente desbancó a Iván Cepeda y el Pacto Histórico en segunda vuelta, por poco menos de un punto porcentual.
Esos son los actos denunciados como injerencistas que tuvieron visibilidad pública, porque la reciente detención en Bolivia del (presentado como) asesor electoral, Fernando Cerimedo —arrestado por la autoría intelectual del intento de asesinato a su exnovia— ha destapado hilos que lo vinculan con posibles jugadas sucias en las elecciones de Ecuador, Bolivia y Perú, en una saga que según investigadores, nacería en Florida.
Brasil, que dirime su futuro —y no solo el suyo— en las urnas este domingo, no ha escapado a ese intento ilegal de interferencia.
Las presiones han sido evidentes desde el pedido de clemencia y no juicio al expresidente Jair Bolsonaro, condenado finalmente por intento golpista contra Luiz Inácio Lula da Silva mediante el asalto a los tres poderes de enero de 2023.
Por ese rumbo, las acciones continuaron con la criminalización del magistrado Alexandre de Moraes, juez principal de ese expediente y del resto de los que impartieron justicia a los implicados por la fracasada operación Verde y Amarillo para impedir que Lula tomara el poder, y prosiguieron con el decreto de desmesurada elevación de los aranceles a los productos brasileños que entran al mercado de Estados Unidos, ya en los tiempos en que Flavio, uno de los hijos del exmandatario, se postuló en lugar de este para impedir la reelección del líder del Partido de los Trabajadores.
Esa es la ecuación que sintetiza lo que son estos comicios. Aunque están anotadas otras diez duplas, el voto se decide entre Lula y Bolsonaro.
En el transcurso de la campaña proselitista, que culminó el jueves, los intentos de llegar a puerto exitoso en las conversaciones comerciales entre Washington y Brasilia han sido infructuosos, justamente, por la actitud prepotente de los representantes del país del Norte.
Esa ha sido parte de la estrategia de la Casa Blanca para restarle al PT los votos de quienes ponen la vista, básicamente, en el futuro comercial y económico del país y temen a la animadversión estadounidense.
Lula ha encarado el duelo sin dar marcha atrás en su discurso sino, por el contrario, reforzando sus posiciones de defensa de la soberanía nacional, una postura que llevó al plenario de la Asamblea General de la ONU.
«Brasil no cabe en el patio trasero de nadie», espetó, algo que seguro también importa a muchos en la sociedad brasileña, y que deja a recaudo de Lula el voto duro que habría perdido con ambivalencias.
Las encuestas —jamás infalibles y muchas veces manipuladas— arrojan una cercanía entre ambos que no permite predecir vencedor y que los deja, no obstante, lejos de la mayoría absoluta necesaria para que alguno sea declarado vencedor, razón por la cual habría que acudir al balotaje.
Un conocedor de la nación y de la sociedad y la política brasileñas como el teólogo Frei Betto, entiende que el país no se ha hecho más derechista ni aspira precisamente al bolsonarismo. En su opinión, el sentimiento anti-PT —que ha sido estimulado por maniobras que se iniciaron desde la satanización del Partido de los Trabajadores y la prisión de Lula— ve a Flavio como el único entre los contendientes capaz de derrotarlo, y apuesta por él.
Más detrás del telón
Las maquinaciones para sacar de en medio a Lula y el PT han ido saliendo a flote.
Un informe enviado a fines de agosto a la Presidencia y al Tribunal Superior Electoral por la Agencia Brasileña de Inteligencia (Abin) y dado a conocer por los medios hace dos semanas, elevaba a un nivel «crítico» la posibilidad de influencia e interferencia estadounidense y hablaba de una «creciente presión de Washington sobre Brasilia».
El documento señaló que las acciones de la administración Trump debían ser analizadas «dentro de una estrategia más amplia de Estados Unidos» para reafirmar su influencia en América Latina y desplazar a contrincantes como China, y estimó que Brasil «ocupa un lugar especial» porque su ejecutivo preserva la autonomía estratégica del país.
El informe incluye las sanciones financieras dictadas por EE. UU. contra ciudadanos y empresas brasileñas, y la inclusión de dos grupos delincuenciales en la lista estadounidense de narcoterroristas, lo que pudiera servir de excusa a una eventual injerencia más directa.
«Trump ya está adoptando una postura de confrontación hacia el Gobierno de Lula, mientras que figuras de su propio Gobierno, e incluso él mismo, aparecen junto a la familia Bolsonaro», valoró un profesor de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Fundación Getúlio Vargas (FGV), en declaraciones citadas por la Deutsche Welle y divulgadas por distintos medios.
En mayo, el propio Presidente de Estados Unidos recibió a Flavio.
Otro documento develado en estos días por el diario O Estado de Sao Paulo, filtró también la causa de que las conversaciones bilaterales sobre comercio se empantanaran.
Durante los encuentros celebrados en octubre pasado, la delegación estadounidense antepuso 21 demandas para llegar a acuerdos sobre los aranceles, entre las que incluía pedidos que lo inmiscuían en los asuntos internos de Brasil, como los relacionados con lo que llamaron una elección libre y justa que, obviamente, Brasil no aceptó.
Tales denuncias fueron caldo de cultivo para la posición dada a conocer esta misma semana por tres senadores estadounidenses, quienes advirtieron al citar esas y otras acciones que ellas «reflejan un patrón más amplio y profundamente preocupante de injerencia por parte de la administración Trump, en procesos electorales recientes en toda América Latina».
