Dígalo usted, Bárbaro. Cántalo como solo tú sabes: «Pero que bonito y sabroso / bailan el mambo los mexicanos / mueven la cintura y los hombros / igualito que los cubanos…».
Asumí que era una broma cuando me invitaron a Comala, la única que conocía con ese nombre era una ciudad fantasmagórica, la de Pedro Páramo; mas cuando me vi avanzando por calles empedradas y casas impolutamente blancas, cuando divisé el volcán, supe que efectivamente entraba en un Pueblo Mágico del estado de Colima, en el Pacífico mexicano. Nunca tendré el lente de Fernando Chávez para captar sus atardeceres, ni las leyendas encantadas de Gerza para revivir sus personajes; pero juro que algún día encontraré las palabras.
Comala, sin embargo, me reservaba más. Entré a una pequeña tienda con los ojos queriendo restallar de tanto color. Quería poner en manos de mi hermana un pedazo del México profundo. Toqué y miré, indeciso, hasta que reparé en un abanico. Lo tomé con cuidado, lo desplegué, agité el aire, comenté con mi acompañante, conté el dinero… pero el precio era imposible. Lo puse en su lugar, con pesar, cuando el dueño se dirigió hacia mí, y se inició un diálogo al borde de lo imposible:
«Disculpe, le he escuchado hablar, ¿usted no es de por aquí?», me dijo… «No, soy de Cuba», le respondí… «Le vi tomar ese abanico, ¿le gusta?»… «Sí, es muy hermoso; pero no me alcanza»… Entonces le vi replegar el objeto, avanzar hasta su mesa y envolverlo. Le vi extender su mano: «Miré usted… a mi esposa la operaron por allá, en su país... Llévele este abanico a Cuba», remarcó.
No dijo más, solo me miró.
Mira que había leído aquel poema del cenzontle atribuido a Nezahualcóyotl, que decía amar el jade y el perfume de las flores; pero «más amo a mi hermano: el hombre». Mira que había visto a la Doña y a Negrete, a María Candelaria-Dolores del Río por Xochimilco, a María Rojo y a Gael García Bernal. Mira que había escuchado a Pedro Infante y a Juan Gabriel, a Chavela Vargas y a José José. Mira que había leído a Octavio Paz y a Fernando del Paso, a Sor Juana y a Reyes, a Rulfo y Poniatowska. Mira que me había asomado, deslumbrado, a los dolores de Frida en cada trazo.
Mira que había disfrutado los bolerones de Cantoral y de Carrillo, de Lara y Manzanero, en voz de Elena Burke. Mira que había escuchado aquella despedida de Almeida. Mira que había seguido las carreras de Ana Gabriela Guevara, y los saltos de Paola Espinosa y de Fernando Platas. Mira que había visto a mi madre rezarle a la Cachita del Cobre y a la Virgen del Tepeyac. Mira que México, una, otra vez, había venido a mí desde la distancia... pero solo entonces, en Comala, aprehendí los lazos subterráneos que sostienen a ambos pueblos, a salvo de cualquier circunstancia.
Para Emilio Gerzaín Manzo Lozano, profesor investigador de la Universidad de Colima, devoto de la cultura popular, crítico de cine, y a quien tuve el privilegio de entregar en Santiago de Cuba el Premio del Concurso Caridad Pineda in memoriam de Promoción de Lectura, en su apartado internacional, los hilos que unen a ambos países, a su gente, tienen asideros íntimos, históricos:
«Cuando un mexicano se para en el Balcón de Velázquez, en el corazón oriental de Cuba, oye los ecos de Hernán Cortés, presintiendo la grandeza que encontraría en este territorio; aunque la grandeza se vivía desde mucho antes. Esta isla llevó a México el latir de su corazón en cada paso de Ninón Sevilla, en el ritmo de María Antonieta Pons, en la grácil cintura de Amalia Aguilar y en la hipnosis de los ojos de Rosa Carmina, en la risa gentil de Rosita Fornés. Y nos emocionamos juntos con El Derecho de Nacer. Y vivimos revoluciones, cambios, añoranzas. Por eso México y Cuba se abrazan por siempre».
Gilda Glenda Callejas Azoy, Directora General de Difusión Cultural de la Universidad de Colima, es una cubana que hace muchos años reside en la patria de Juárez. Ella habla desde la raíz, desde la cobija generosa, desde la huella imborrable de su abuela. Desde la enseñanza de Nisia Agüero, desde el un excelente trabajo que cada día proyecta y aquilata con su colectivo de trabajo:
«Yo creo que tanto México como Cuba han construido una narrativa de dignidad, orgullo y defensa de lo propio. Esa conciencia identitaria nos hermana. Además, la música nos atraviesa de un modo profundo: los boleros que son de aquí y de allá (y que ya no pertenecen a una sola geografía), se han convertido en relatos de vida, en memoria cantada, en identidad compartida. México y Cuba recorren el mismo puente emocional y lo construyen juntas».
De esos puentes y esas construcciones estamos hechos, de esos cantos, de tantas batallas. Sino dígalo usted, Bárbaro. Cántalo como solo tú sabes: «No hay que olvidar / que México y La Habana / son dos ciudades que son como hermanas...».
