Nunca le he dicho a nadie lo que tiene que hacer. Nunca he pretendido dar
lecciones. Ni cabe ni toca. En casi cuatro décadas de profesión, he dejado mis opiniones en diferentes espacios, con más o menos alcance, con más o menos fortuna, hasta donde me han dado las fuerzas, hasta donde alcanzaron mis luces. Desde el respeto, siempre.
Nunca he creído que tengo la verdad, porque la verdad (en su ardorosa plenitud) no tiene dueños. Salvando todas las distancias, con callada aquiescencia, hice míos los versos de Juana de Asbaje, la Sor que estremeció al Nuevo Mundo en tiempos virreinales, cuando escribió: «(…) solo intento / poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las bellezas».
Será que crecí en el hogar de una maestra y un campesino, envuelto en esas hojas. Será que he estado rodeado de gente que se rompe el alma todos los días en medio de la austeridad, o tal vez, que me he detenido demasiado en esas manos, en esas miradas, en esos caminos.
Será que estoy cerca del arroyo y de la Sierra. Será que algo empuja desde muy lejos, desde muy hondo; que algún misterio nos salva del abismo, como hablaba hace poco con Juanelo, el espirituano grande al que me parece conocer de otras vidas.
No seré hipócrita: me he regocijado cuando alguien ha reparado en lo que he escrito o en lo que he dicho. Hay una cuota de asombro y otra de maravilla. Agradezco al destino cada vez que eso sucede y ruego porque tal milagro me siga acompañando.
Conozco la urgencia, la apetencia, el alcance, el desmande de las redes sociales. Ellas han fundado un mundo nuevo. Las tengo de aliadas, naturalmente; mas he de decir, a fuer de sincero, que vengo de antes, de cuando nadie lanzaba al ruedo lo primero que le venía a la mente, sin someterlo antes a comprobación y examen. Así lo aprendí y ya no hay forma de desaprenderlo.
Nunca me he interesado por las poses ni por los nombres, por la cámara o por la estridencia de «la última hora». He tratado de echar luces sobre una Cuba más escondida, menos mediática. La vida me ha reservado el diálogo con personalidades muy conocidas; pero sin confusiones entre oportunidad y oportunismo.
No he usado muchos trajes en mi vida ni he visitado demasiados salones, lo confieso. No usé catapultas para llegar a ningún sitio, frase como un relámpago que tomo prestada a mi colega mayor, José Alejandro Rodríguez. No hay nada especial en ello ni reclamo heroicidad alguna, cuando ha sido el camino de tantos.
Martí es nuestro contacto más precioso con la futuridad. «La adulación es vil, y es necesaria la alabanza», escribe en el periódico Patria, en Nueva York, el 3 de abril de 1892. Unos párrafos más adelante, prosigue: (…) «no hay como tener autoridad o riqueza para que la tierra en torno se cubra de rodillas. (…) Es loable la censura a la alabanza interesada. Cuando consuela a los tristes, cuando proclama el mérito desconocido, cuando levanta el ejemplo ante los flojos y los descorazonados (…) lo loable es la alabanza».
La Patria no es más de esto y menos de lo otro. No es tal o cual posición. No es esta idea o aquella otra. No es un período ni un momento. No depende de una eventualidad. Patria es amor irremplazable, esa «fusión dulcísima y consoladora de amores y
esperanzas». Tal discernimiento es la brújula que impedirá extravíos. Y creo, con firmeza, que la convivencia de las diferencias en cualquier ámbito del tejido íntimo y social, deviene en garantía de supervivencia.
La sociedad cubana está aherrojada entre problemas de vieja data y otros de reciente factura. Le es imperioso dinamitar de una buena vez estructuras inoperantes, carcomidas e infértiles. Le urge buscar soluciones viables a una inflación desangrante y a nuestras angustias cotidianas, que, agravadas por diversas circunstancias, se nos han vuelto gigantes.
No es posible pasar por alto las presiones y acechanzas externas, pero es justa la hora de los hornos y ninguna rémora es admisible, ninguna mentira puede ser cobija.
Bienvenida cada mano que se tiende solidaria. El mundo se ha injertado en el tronco cubano a lo largo del tiempo, como es menester, como el mandato de su Apóstol. La Patria, eso sí, no nos vino ni nos vendrá de ningún lado, más que de nuestros propios latidos.
Cuba es nombre legado por los ancestros y ha sobrevivido a todos los intentos de descarnarla. Cuba es lumbre y sed. Es vareliana y es martiana por antonomasia. Está tendida sobre sus rocas, sobre las lágrimas y los cantos de muchos, también de los nuestros.
Donde hay palabras, inevitablemente siempre hay silencios, siempre hay gritos. En esas alabanzas al «mérito desconocido» he tendido la vela de mi vida, casi sin darme cuenta. Yo sigo tejiendo a mi país en estos tiempos procelosos, con espinas de marabú, con astillas de palma. Sin dar lecciones, sin decirle a nadie lo que tiene que hacer.
