Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Jardín

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

Estas líneas son un pretexto para sumergirnos en una de las obras más singulares, más hermosas de las letras cubanas. Serán solo unos apuntes, apenas una invitación. Así como Martí califica su novela Amistad funesta (1885) como una «noveluca», e incluso pide excusas por su «pecado»; nuestra Cervantes, Dulce María Loynaz, hace otro tanto con la novela Jardín (1951). Todo a su estilo, por supuesto.

Es un curioso puente por encima del tiempo, un lazo que une a dos imprescindibles de nuestras letras, que habla de la alta exigencia que ambos depositaron sobre sí, de sumo respeto al lector.

La novela Jardín está acompañada por un Preludio donde la Loynaz esclarece: «Esta es la historia incoherente y monótona de una mujer y un jardín». Parecería contraproducente semejante reparo desde la primera línea, aunque unos párrafos más abajo, la idea toma otros vuelos: «Como que de una mujer y un jardín le viene la raíz al mundo».

Es una poetisa aventurándose en el mundo de la narrativa ficcional y no escatima en precisiones: «No es, gracias a Dios, una novela humana. Quizá no es siquiera una novela», apunta. Y, por si fuera poco, le agrega el adjetivo de lírica: «Más que una paradoja, viene siendo como una atenuante, como una explicación».

Cuando uno se adentra en la obra loynaciana, ha de detenerse en una circunstancia. Nunca hay apremios, los años se alargan, el sueño se estira, tanto en la vida real como en la literaria. El tiempo la macera y acrisola. El dolor la refunda. Jardín se escribió durante siete años y se terminó en 1935. Se publicará en 1951 en Madrid (Editorial Aguilar), y tan solo llegará a Cuba en 1993, por Letras Cubanas. Por suerte, la colección Biblioteca del Pueblo nos la ha devuelto en fechas recientes, 2024.

La primera página resulta un alarde de imaginación, un desborde, un comienzo francamente espectacular, dado como al paso, como en las frondas. Bárbara, nombre «recio y tajante» de su protagonista, se interna en su universo vegetal en busca de una luz, de un jardín encendido. ¿Y qué encuentra entre la maraña y las rosas? ¿Qué creen?

«La luna, en el alero del mirador, rebotó con un sonido de cristales y fue a caer despedazada (…) a los pies de Bárbara. Astillas de luna saltaron sobre su cara, y ella pudo sentir todavía un frío desconocido. Se arrodilló en el sendero, recogió de entre la yerba la luna rota y la envolvió en su chal de encaje».

¿Qué no podremos encontrarnos, qué habrá de extrañarnos, si su protagonista anda con la luna a cuestas?

Desfilan retratos viejos, vestidos viejos, amores viejos, cartas viejas. Son vetustos, sí; pero inolvidables, pero vivos. Acaso nunca sabremos cuando un recuerdo es solo pieza del pasado o ánima del presente todavía. Los recuerdos llaman. Los recuerdos son llamas. Las evocaciones se entremezclan con la existencia y su jardín selvático dominante, omnipresente, resulta «una cosa interminable: un camino salía de otro, un árbol de otro, una sombra de otra».  

Y Bárbara, «un ser de poca carne y poco hueso, un personaje irreal», un día sale al mundo. Así le gusta decir. Sale de manos del amor, sobre las olas sale. Sus pies «un poco torpes, que solo conocían las veredas del jardín», andan ahora por «el dédalo sinuoso de calles, de encrucijadas, de templos, de casas». Y la joven repara en el vórtice y el caos, en la «prisa tiránica, inexplicable, contagiosa. Parecía la enfermedad del siglo. Tenían prisa para comer, prisa para despertar, prisa para reír, prisa para amar (…) Parecen unos eternos fugitivos sin que en realidad huyan de nada, ni alcancen nada por huir».

Hay una valoración poco explorada, en la que sin embargo, repara el pinareño Aldo Martínez Malo, su amigo y albacea. El 4 de junio de 1983, Dulce contesta una de sus epístolas y comenta algo tremendo, revelador: «Muy interesante lo que apunta sobre el realismo mágico de García Márquez. Si como Ud. supone, leyó Jardín (…) no hay duda que allí pudo inspirarse. De todos modos, leído o no leído yo fui la primera en conjugar esos dos elementos que ahora le han valido el Nobel a él».

Bárbara conoce, recorre otros horizontes, mas un día baja del barco de su amado capitán. Un pequeño bote, una luz tenue, la noche, los pasos. Regresa a su jardín. Un jardín y una mujer están «en cualquier meridiano del mundo». Al jardín, que ya no es solo arboleda ni hogar de los pinzones, que ya no es muro ni lluvia ni «cantinela primaveral de cosas repetidas». Al jardín va, como una rama, como la tierra, porque es «tan suyo que era toda su patria, todo su espacio, todo su mundo». 

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