Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La guerra de la furia

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Y si alguien grita, otro grita más. Si lo empujan, le devuelven el doble. Si se atreven a maldecirlo, se inventa un diccionario para hallar las peores palabras como respuesta. Llega el momento en que se olvida por qué empezó la «guerra»: lo imprescindible es demostrar quién tiene más furia.

El chofer de la guagua vuelve a alzar la música. Los muchachos que subieron con su bafle lo ponen a punto de reventar. Siempre hay más decibeles que soportar. Y a quien no le guste… ¡que pite!

Nada de diálogos conciliadores, ni de intentos por hacer entrar en razón al agresor; mejor devolverle con su misma medicina, aunque no sea la nuestra. ¿Aunque no sea la nuestra? ¿Acaso pueden definirse culpables cuando todos hablan en el mismo idioma y con similares argumentos? ¿Es distinguible un ser diferente cuando cacarea al ritmo de todos?

Claro, ya lo sabemos, hay personas y personas. Con algunas dan ganas de no gastarse la saliva, con algunas solo existen los deseos de seguir andando, respirar profundo y olvidar la agresión. Pero no es lo mismo idear vías alternativas para solucionar los males a nuestro modo, que lanzarse de cabeza al mar sin fondo que proponen aquellos expertos en natación de aguas turbias. Definitivamente acabaremos ahogándonos en ese mar ajeno.

Solo nuestra actitud define qué hacer ante cada situación. De lo contrario, solo se hablaría una jerigonza común y el lenguaje no hubiese evolucionado tanto. Cada quien sabe bien dónde acomoda sus disgustos y qué es lo más recomendable para sus dolores. No es aconsejable dejar que este orden interno lo dicten otros.

Hasta en medio de conflictos en los ámbitos civiles, la jurisprudencia entroniza la práctica de la mediación. Allí, donde los ánimos y daños ya tomaron otro color, y hay implicadas vidas, bienes y hasta relaciones con menores, no se va directo al juicio, siempre hay primero un respiro, un intento de conciliar intereses, mitades negociadas y balanzas complacientes. Nunca está toda la razón de un lado, ni deben caer las culpas completas sobre otro. Esa es verdad primera para intentar una paz.

Y otra verdad, como aconsejó la lideresa india Indira Gandhi, es que con los puños cerrados no se puede intercambiar un apretón de manos. Vale la pena levantarse de nuestro extremo, alejarse de «la caliente» y merodear un poco por los bordes de cada dolor. No es ceder por ceder, ni dañar por dañar. Cada trance con su salida, cada salida con su bienestar.

Quien no se suma, se resta. Valga la ecuación primaria. Merezca también la óptica de grandes de multiplicarse por miles para cargar sobre los hombros ese malestar ajeno y trazar bien los límites de adonde podemos ir a parar y adonde no. Dividirse los honores, por supuesto, para no creerse los únicos privilegiados con la óptica exacta. Y elevar a la enésima potencia la capacidad de mejorar a cada pifia, perdonar a cada yerro y bienquerer a cada desacertado. Para la raíz van los rencores, los sinsabores y las malas ganas.

No vaya a ser que terminemos siendo los convertidos cuando en realidad se trata de ser los transformadores. Ni aplastarse ni embarrarse, ahí puede estar el equilibrio. No siempre para sobrevivir en un contexto de furia hay que intentar ser el más bravucón. Hay recetas más simples y verdaderas para conquistar el respeto. La guerra ganada es la que se evita.

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