Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Entre rumbas, polcas y fuegos

Autor:

Mauricio Escuela

Cinco de la tarde del 24 de diciembre del 2018, las personas se agolpan en las esquinas de la plaza Isabel II de Remedios (hoy parque Martí), escenario de casi 200 años de diálogo cultural y competencia fraterna entre dos gigantes: los barrios San Salvador y El Carmen. Unos marchan con el logotipo de un gallo, otros levantan una globa o un gavilán, todos visten de rojo o de carmelita, ese día visitan la ciudad personas de Cuba y del mundo, quienes toman partido por uno de los dos contendientes.

Las parrandas funcionan como un reloj suizo, tienen sus ritmos y pautas, convenciones que se aprenden sobre la marcha y que forman una de las tradiciones más autóctonas del continente latinoamericano.

Fruto de la fusión entre las culturas de la cuenca caribeña, estas fiestas merecieron los reconocimientos de Patrimonio de la Humanidad y de la Nación Cubana, en los años 2018 y 2013, respectivamente. Su trascendencia está dada por la universalidad con que sueños familiares, aspiraciones de barrio e iniciativas artesanas, se elevan a la categoría de arte culto durante una noche al año.

Junto al trabajo de plaza del barrio San Salvador (al norte de la plaza) puedo ver los motivos de la navidad cristiana, temática a la que está dedicada la pieza y que fuera la causa del surgimiento de las parrandas allá por 1820, en la desaparecida ermita de San Salvador de Horta, donde hoy se halla la nave de trabajo de dicho barrio. El título: El arbolito del siglo XXI, alude a otro trabajo de plaza, hecho en 1959, El arbolito, del cual se dice que es el más lindo de la historia.

Al otro lado del parque está el barrio del Carmen, con su trabajo inmenso, repleto de luces, que con el título de Las crónicas de Narnia promete una noche de ensueños. Ambas piezas se iluminarán a partir de las nueve de la noche del 24 y hasta el 25 a las siete de la mañana. El momento del encendido funciona casi como una conversación entre dos viejos enemigos, que, hipócritamente, se dan la mano antes de cada competencia en las salidas de fuegos artificiales llamadas «saludos».

Las carrozas, a los extremos norte y sur, recrean los cuentos de hadas de la literatura: La Bella y la Bestia, por San Salvador, y La Reina de las Nieves, por El Carmen. Allí lo universal se torna particular.

Ya a la altura de las cinco de la tarde, los audios anuncian la salida de El Carmen, con su «saludo» al barrio contrario, un piquete que armado de fuegos artificiales y música popular le dará la vuelta a la plaza, mientras enarbolan sus banderas carmelitas con la globa y el gavilán.

La bandera roja con el gallo blanco se levanta desafiante y un pueblo le va detrás cantando las rumbas de su bando; al llegar al centro de la plaza, saludan al contrario con miles de ramilletes de voladores y palenques a mano.

Allí, en el medio del escenario, ambos equipos de electricistas comienzan a competir, pieza a pieza, por secciones, para ver quién resulta ganador de los aplausos del pueblo. San Salvador le respondió al Carmen, ha iluminado su guirnalda navideña y los del bando carmelita van a la riposta con las piezas mayores de su trabajo de plaza, como la cúpula o las secciones centrales.

El fuego toma la plaza, como un ser sobrenatural, mítico, de esta villa.

Llegamos a las tres de la mañana y el paseo de las carrozas. La del Carmen recorre con majestad la calle, entre la admiración de parciales y contrarios, todos reconocen la labor de electricistas, decoradores, atrecistas, vestuaristas, mientras se oyen las notas de la leyenda en el audio de la plaza. «¡Viva el Carmen!», termina diciendo el locutor con voz en off, y el pueblo lanza por encima de la carroza sus sombreros.

Con el famoso «tatiratira», la carroza sansarí se enciende y la bandera roja se trepa encima de un tractor, comienza a llover, pero el desfile no se detiene, el pueblo va delante y detrás, la música llena el espacio. Paso a paso, va evolucionando la leyenda, junto con el transcurso de la comitiva, hasta que en la esquina, justo al lado del trabajo de plaza, la carroza se enciende totalmente. Entonces, los mismos parciales del barrio la jalan para que termine de doblar y situarse delante del contrario.

Dos salidas más, de forma sucesiva, llenan de voladores. En la plaza se queda San Salvador, quien con su bandera barre las callejuelas sucias de pólvora y papel quemado, los carmelitas han puesto ya su insignia sobre el trabajo de plaza en señal de triunfo. Los sansarices hacen lo mismo.

Opiniones divididas, todos tararean las rumbas y polcas de sus bandos.

Las parrandas han sido un éxito, ambas banderas ondean sobre la plaza, triunfaron los dos barrios al sostener una de las tradiciones más originales  del mundo.

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