Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Desiderata de la esperanza

Autor:

Profesor Manuel Calviño

Quiero y pido, para todos los cubanos:

Que seamos capaces de dejar atrás los efectos negativos de la pandemia que torció nuestros caminos (no solo los nuestros) y nos empujó en reverso sin otra posibilidad que la de desandar lo ya superado. Que aprendamos definitivamente que no hay fuerza capaz de destruir a quienes deciden seguir adelante; a quienes con creatividad, empeño y compromiso asumen sus responsabilidades sociales y deshacen la vulnerabilidad ante los caprichos de la naturaleza (caprichos que otros han alimentado con su irresponsabilidad y capacidad destructiva).

Que las familias que sufren por las pérdidas irreparables en los lamentables incidentes ocurridos en el año que terminó, logren mitigar su dolor y sus ausencias con la solidaridad de todos, con el apoyo real y efectivo de los millones de manos que se extienden hacia ellas. Porque el dolor humano no ha de ser ajeno a ningún ser humano, y el sufrimiento instalado en un país tiene que ser aplacado con la multiplicación de los buenos sentimientos, la intersensibilidad, la coexistencia. Aprender de lo que sucede es también un modo de resarcir el dolor y construir las defensas protectoras.

Que el mejoramiento de las condiciones de vida de todos sea un anticipo reparador de la prosperidad anhelada, la que nos merecemos. Que no nos limitemos a luchar contra el desamparo, sino que seamos capaces de construir, sin diferencias, bienestar para todas las edades, para todas las personas, para los que aman de un modo o de otro, para los que han sido preteridos durante años y siguen anhelando ser sujetos de derecho, no solo legal, sino también subjetivo (ese que no comparte prejuicios ni estereotipos ni formas arcaicas de ser, pensar o actuar).

Que seamos capaces de deshacernos del lastre de las viejas mentalidades que se resisten al cambio y siembran desencanto en el campo que deben fertilizar las nuevas miradas y las decisiones (a veces lentificadas) que necesitan estos tiempos. Porque la burocracia es cómplice de lo obsoleto y enemiga del bienestar. Podemos ser «la carga para matar bribones». Tenemos que asaltar el futuro con nuestras propias manos, «los negros sus manos negras, los blancos sus blancas manos», con todas las manos color esperanza.

Que los consensos primen por sobre las diferencias, las decisiones colectivas sobre el mandonismo y la transparencia sobre el secretismo; el diálogo sobre el silencio y sobre la falta de escucha, la pluralidad sobre la unilateralidad y el ejercicio de cualquier hegemonismo, la diversidad sobre la unidimensionalidad. La vida nos es dada una sola vez y el derecho a vivirla plenamente nos asiste. El fundamentalismo solo conduce a la polarización, al antagonismo, nunca a la conciliación necesaria y útil, como la virtud. Sepamos sepultar el odio con el amor; la mentira, con la verdad; la infamia, la maledicencia, con el respeto, la honestidad, la bienaventuranza. Que el amor y los buenos afectos se interpongan a la violencia para que no sea nunca una opción de conducta y «con el amor, renace la esperanza».

Que la justicia social no quede atrapada en palabras y se reedifique, a pesar de las distorsiones, contra el egoísmo y el economicismo insensible, dejando atrás lo supuestamente necesario y dando paso a lo imprescindible, superando las diferencias existentes «con todos y para el bien de todos». Porque no hay justicia humana plena en un país de ricos y pobres marcado por la tenencia de dinero (ni mal ni bien habido). La justicia crece en la equidad, se alimenta de los mejores valores y se extiende hasta cada uno de los ciudadanos sedimentando la armonía, la colaboración, las relaciones interpersonales adecuadas y sanas, espiritualmente enriquecedoras (la única riqueza que vale cualquier sacrificio: la espiritual).

Que no nos falte nunca la esperanza, esa que es capaz de dejar atrás el desaliento, las dudas; que nos hace rencontrar el deseo escondido, el sueño distraído; la que se yergue sobre las dificultades y las insatisfacciones y las trasciende. Porque ninguna insatisfacción es más fuerte que la esperanza. Porque la esperanza lanzada en el mar de las incertidumbres y las dificultades es el ancla que da firmeza, fortalece la resistencia y nos permite ver con más claridad y optimismo el camino de ascenso al bienestar y la felicidad.

Que la esperanza de un país mejor, hecho de seres humanos y con seres humanos mejores, lata en cada cubano de aquí o allende los mares, nacionales y transnacionales, todos los que sientan nuestro país como la patria, la de nuestros padres y madres, la que soñaron nuestros antecesores, la patria libre, soberana, independiente; todos los que amen a Cuba: lo que quiere decir que cultiven, defiendan y alimenten en toda su plenitud el alma cubana. (Tomado de Cubadebate)

 

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