Cuando un país llora, una madre va en silencio a su trabajo. Habla, comenta de las cosas del día o de la semana y, en silencio, organiza sus cosas en el buró, sin que nadie lo sepa piensa en un rostro que vio por la noche en el celular. No es de ningún familiar suyo, pero algo la hace recogerse.
Cuando un país llora, hay un padre que dice a sus compañeros de trabajo lo que le informaron hace unas horas. «Me tocaron a la puerta —cuenta— y me dijeron que él era uno de los 32». Y con voz baja, más bien temblorosa, dice que, a pesar de todo lo que le explicaron, ya él sabe que no verá más a su hijo. Sus compañeros, sus jefes, le dicen: «No vayas al acto», y él dice que no, que él va a estar. Pide que lo dejen ir. Y cuando lo hace, por más que resiste, tiene que bajar la cabeza para soportar el dolor, pero no se va. Se queda.
Cuando un país llora y se hace preguntas, unos jóvenes se asombran mientras escuchan las noticias, revisan las redes. Sienten dolor, sienten confusión. Preguntas por qué y ellos te dicen que nunca imaginaron algo así. Te explican que lo que ha sucedido se parece a una de esas historias escuchadas a sus abuelos, y ahora ellos la tienen delante. Fría, dura, amarga.
Cuando un país llora, una muchacha publica la foto de su primo en Facebook. En la imagen aparece un joven bien parecido, con gafas oscuras y camisa de moda. Un muchacho de estos tiempos, piensas, con sus preguntas, con sus sueños e inquietudes. Un muchacho que quizá pasaría inadvertido en las colas, en las aglomeraciones para las guaguas o en el andar apresurado por las calles. Y con la foto ella lo anuncia: él es uno de los caídos, un primo que pronto cumpliría 42 años.
Cuando un pueblo llora, un abuelo espera la llamada de su nieto para ir a recogerlo a la escuela. Y mientras aguarda, piensa en el rostro del niño, en sus preguntas, en sus maldades, en sus carreras; y en la quietud de la casa observa esos rostros que aparecen en la pantalla del celular.
¿Qué es lo que separa a la vida de la muerte? ¿Qué diferencia a la verdad de la mentira, a la traición con el honor? ¿Puede la muerte ser más fuerte o puede existir algo más poderoso que el final?
Mira las fotos y piensa: ¿cuántos de ellos se hicieron esas preguntas? Tal vez los mayores, ¿pero los más jóvenes? ¿Acaso tuvieron tiempo? ¿A cuántos les pasaron la mano por la cabeza y le acariciaron el pelo, como él hará dentro de un rato? ¿Cuántos soñaron con hacerlo, cuando llegara el momento?
Cuando un pueblo llora, muchas preguntas se hacen. Cuando un país llora, no queda más remedio que reconocer que la realidad es dura. Cuando un país entero llora, el dolor a veces no se puede esconder. Cuando una nación llora, las lágrimas están permitidas y es obligatorio respetar. Cuando una familia llora y alguien se va para un costado de la casa, el silencio es necesario porque allí, en una caricia suave, a veces imperceptible y sin que nadie se dé cuenta, ahí, justo ahí, es cuando la memoria se guarda en el corazón.