Dicen que hace muchos años atrás coger un transporte en La Habana era algo relativamente fácil; las guaguas y los carros particulares tenían precios asequibles. Las personas sabían a qué hora salían las primeras guaguas y las últimas, y hasta se ponían de acuerdo para compartir en algún lugar recreativo, sin angustiarse debido al regreso.
Hoy, el «mambo» es muy diferente. Debido a la crisis energética actual, cuyas causas conocemos, los boteros cobran, por ejemplo, mil pesos por persona, desde el parque de la Fraternidad hasta la Plaza de Marianao. Incluso, este precio puede variar según el horario, lo cual, evidentemente, nunca ocurre a favor del pasajero.
Sin embargo, si se cambia el punto de partida, el mismo trayecto puede costar 200 pesos menos. ¿Por qué, si se recorren los mismos kilómetros, el precio depende de dónde coja el carro?
¡Ah, claro! Es que ahora pagamos a un «nuevo trabajador»: los buquenques. Estas personas se encargan de gestionar de forma «ordenada» las colas de los
carros en las piqueras y pregonan las rutas para que los pasajeros se monten.
Curiosamente, esos mil pesos representan alrededor del 14 por ciento del salario medio mensual en Cuba (6 930 pesos, según la Oficina Nacional de Estadística e Información en 2025). Si voy a pagar semejante cantidad, ¿no puedo, al menos, darme el lujo de escoger el transporte que me acomode?
La respuesta es sencilla: no puedes montarte en el carro que quieras; aunque pagues los miles, te montas en el carro que toca por la cola, así vayas como sardina en lata.
Sé de una historia ocurrida, en días recientes, en el parque de Fátima, adonde una muchacha, quien al parecer terminaba su jornada laboral, se montó en un carro al que no le tocaba todavía cargar pasajeros. El buquenque se acercó en «muy buena forma» para negarle el acceso al carro.
El chofer intervino y explicó que la chica era su familia y no un pasajero más. Al final, el buquenque cedió y se alejó. Pero no siempre sucede así.
En muchas ocasiones, los choferes les piden a los buquenques que no pregonen, porque no les van a pagar. Sin embargo, estos se aferran a su cometido. «La situación está difícil y hay que llevar algo de comida a la casa», justifican.
Algo parecido ocurrió hace algunos días en horario de la mañana. Un chofer se negó a pagarle al buquenque, quien había sido advertido de que no pregonara. Horas después, cuando el mismo chofer regresó a cargar, el hombre lo atacó reclamando el pago de un servicio que nadie le había solicitado.
Afortunadamente, el suceso no pasó a mayores, pero los pasajeros que ya estaban montados en el carro, se bajaron por miedo a resultar heridos y, al final, ninguno de los dos obtuvieron ganancias.
Si comparamos ese quehacer con robar o delinquir, podría decirse que se ganan la vida de forma «honrada». No obstante, son hombres fuertes y sanos, capaces de realizar cualquier otro trabajo. Pero, claro, es más fácil ganarse el dinero rápido.
No podemos olvidar que este «oficio», aunque se encuentra normalizado en las calles, es ilegal. El buquenque se convierte, de forma solapada, en un intermediario feroz e innecesario. Se aprovechan de las personas que sí se parten el lomo trabajando todos los días. Ya lo dice el dicho: El vivo vive del bobo y el bobo, de su trabajo.