Allí, en sus modestas plazas, en casas de cultura o cines, en ranchones con taburetes, en los salones de reuniones de la empresa más fuerte del municipio, recibe cada año su título la gente valiosa de las zonas más intrincadas de esta geografía.
Sencillos, muchas veces acompañados de sus hijos, peinando canas y, a veces, disimulando arrugas, sorprende saber que durante cinco años estos graduados viajaban desde fincas recónditas hasta las sedes municipales para sentarse a estudiar en aulas modestísimas, pero de un calibre humano y un potencial pedagógico invaluable.
Ellos, los que muchas veces estudiaron sin inteligencia artificial, sin conexión, sin computadoras, sin electricidad, también se graduaron en los últimos meses en nuestro país. Ellos, los que trabajan de sol a sol en los cultivos, en las escuelas primarias, en las instituciones municipales, se gradúan en Cuba. Los que tienen hijos y hasta nietos, los que llegan en bicicletas y a pie, los de la vida dura. Los que prefirieron escribir la tesis antes de sentarse a quejarse de sus problemas. No importa que la realidad indique lo contrario: en los municipios sigue graduándose como profesional gente bella, llana, sacrificada.
Y toda esa obra es posible gracias a su claustro y directivos. Correteando hasta el último segundo, hasta los más experimentados confiesan que cada graduación es un parto, que cada año hay que convencer y enamorar a los mismos. Quizá va siendo hora de abrir corazones para que entiendan que los Centros Universitarios Municipales (CUM) es la universidad en la base, y que ese fenómeno cultural que ha sido la universalización de la Educación Superior es conquista preciada y digna que debemos preservar.
Este año, desdoblados, asumieron la última etapa formativa de los estudiantes del Curso Regular Diurno residentes en sus predios. Muchos sufrieron porque las limitaciones del transporte no los dejaron compartir el momento cumbre de la vida universitaria con sus compañeros de toda la carrera en las sedes centrales. Sin embargo, recibir las muestras de asombro y orgullo por tener a un graduado de la UCI, o de otra universidad nacional, en la Patria pequeñita municipal, por una vez, ha sido un motivo de satisfacción.
Los graduados en los CUM se vieron felices con sus títulos. Se pusieron nerviosos al recibir su diploma, lagrimearon, trastabillaron al caminar. Les decimos siempre que aporten al desarrollo socioeconómico de sus municipios, pero es redundante, porque en su mayoría ya lo hacen desde antes. Les pedimos que regresen a posgrados, pero si los queremos, tendremos que facilitarles el acceso. Les ratificamos que ha sido un orgullo graduarlos, pero eso no alcanza a expresar la admiración callada que nos merece su resiliencia.
Sí, el combustible escasea para llegar hasta ellos y compartir ese pedacito de mañana bonita. Pero cada kilómetro recorrido, cada diploma que viaja desde la secretaría hasta su dueño, cada abrazo al graduado integral del curso por encuentros, vale el esfuerzo. Porque en esos rostros emocionados está la certeza de que cada CUM es la verdadera Cuba poniéndole un título de oro a sus municipios.