Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Viaje a Birán

Autor:

Laura Marian Bacallao Padrón

 

Desde la ventanilla, miro en retrospectiva los kilómetros que dejo atrás, porque los viajes se parecen mucho al acto de crecer: sean cortos o largos, uno nunca sabe con certeza cuándo deja de viajar o de madurar. Y como mi destino es Birán, hago recuento de una vida marcada por aquella otra vida que germinó en ese punto exacto de la geografía cubana.

Los primeros 30 kilómetros son veloces, de esos que uno recuerda más por quienes le acompañan que por decisión propia. Del círculo infantil me llega la melodía que hablaba de un Fidel que vibra en las montañas; en casa me insistían en modular bien las palabras, porque lo que se cantaba era algo grande, sagrado. Imaginar a un hombre del tamaño de las montañas, a esa edad, no era difícil de dibujar, pero sí de comprender… y hasta los niños más pequeños sabían que debíamos cantar, y cantar bien.

Más adelante, las primeras paradas me sitúan en la escuela primaria. Allí entendí al Fidel impulsor del deporte masivo, por ello podíamos practicar ajedrez y natación en aquella humilde escuelita. Vuelven a mí las informaciones políticas, el ejercicio de escuchar sus reflexiones en el noticiero y llevar un pedacito curioso al aula al día siguiente. También la noticia de que delegaba tareas en Raúl por motivos de salud, pero que seguiría acompañándonos y escribiendo.

Llegaron los ciclones del 2008. Año olímpico, el primer oro de Mijaín López; luego sería una leyenda. Fidel reflexionaba y animaba al pueblo en medio de la recuperación. La gente repetía que la defensa civil era obra suya, y que nunca más en Cuba, ni siquiera en Camagüey, se vería la brutalidad de un ciclón como el del 32. Luchaba por los Cinco Héroes, y sus pioneros lo secundábamos con cartas y dibujos.

Ya se siente que el viaje no es a un lugar cercano; tomará su tiempo. Noté entonces que comprendí más a Fidel por los testimonios de los viejos que por los libros de historia. Aquellas personas que te recibían con un retrato suyo en la sala te contaban cómo dignificó al negro, al obrero, al campesino, a la mujer. Gente que había vivido junto a él desde Playa Girón, las zafras, Angola y hasta sus graduaciones. Ellos, los autorizados por el tiempo a llamarlo Fidel, nunca dejaron de decirle Comandante.

El oriente tiene carreteras enrevesadas, de esas que parecen un desafío abordarlas. Con Fidel, los médicos cubanos enfrentaron el cólera en Haití y luego el ébola en África. Con él, celebramos el regreso de los Cinco. Caí en la cuenta de que nunca lo conocería personalmente aquella madrugada en que mi mamá me despertó con la funesta noticia que paralizó a Cuba; la noticia de vivir con él desde la inmortalidad. La sobrevida, o una nueva vida, le nació entonces a Fidel en cada cubano agradecido, como si Birán estuviera sembrado en nuestro propio ADN.

Fue para las actividades provinciales en saludo al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes de 2017 que escribí por primera vez sobre Fidel. Solo recuerdo haber afirmado que, en apenas un año de no estar físicamente, ya había demostrado estar en todas partes, incluso donde negaban que estuviera.

Luego, de paso por la universidad fidelista, estudiarlo, leerlo, solo afianzaron aquel pensamiento en unos años donde la vida del país comenzó a demandarnos la verdadera prueba de aprendizaje del concepto Revolución. Conocí a gente en el mundo que no tuvo a un Fidel en sus pueblos, y nos lo pedían prestado para avivar el fuego revolucionario del cambio.

Llegamos a Birán, cien años después. Y uno descubre que el viaje no termina aquí, porque después de 1926 dejó de ser un punto en el mapa para convertirse en obra que desbordó los límites de la finca, de la Isla, del siglo. El viento es un susurro que se parece a su voz, y uno comprende que los hombres como Fidel no caben en una fecha, y nunca terminan de viajar o de crecer.

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